jueves, 19 de mayo de 2016

Alfabeto racista mexicano (III)

La homogeneidad racial es la fantasía de una élite, un discurso, contra la pluralidad social, política y cultural que nunca ha dejado de existir, cuyo propósito es fijar una imagen única de los mexicanos.

| Diccionario Racismo



F de Federico

El día en que nací, una tía acomedida felicitó a mi madre con las siguientes palabras: “Por suerte no salió tan morenito”. La pulla me colocó de lleno en la dolorosa historia de la escala cromática de mi familia (ver Colores).
En efecto, mi mamá era la “More” de su casa, y ese cariñoso epíteto racial la colocaba por debajo en la escala de belleza y orgullo familiar de sus hermanas las “güeras”. El cabello de la More era “malo” (un término que se aplica en todo nuestro continente a las conformaciones capilares que no se ajustan al ideal lacio y claro de la blancura), lo que justificó brutales ataques a su dignidad personal por parte de un tío, quien la hizo rapar contra su voluntad en una peluquería de varones al menos en dos ocasiones. Por cruel ironía, ella había sido bautizada con el nombre del pariente agresor.
Escuchar estas y otras anécdotas de la discriminación racial de que fue víctima mi madre cuando no podía ni sabía defenderse, y constatar las profundas heridas que dejaron en la imagen que tenía de sí misma, me hizo crecer con la convicción de que México era y es un país brutalmente racista, y que esta violencia, como tantas otras formas de agresión, se ejerce de manera particularmente cruel entre parientes y amigos. Tal vez su caso fue extremo, pero estoy seguro que no tiene nada de excepcional en el México de mediados del siglo XX, ni en el actual.
Recuerdo que cuando tenía seis años un fotógrafo de fiesta se negó a tomarme una instantánea al lado de mis primos “güeros”, argumentando que yo no era suficientemente bonito. Pero, sobre todo, quedó marcada en mi memoria la airada y dolorida reacción de mi madre. Ella seguramente trataba de protegerme del tipo de desprecio que había sufrido, pero sólo consiguió que todo el incidente me resultara más humillante.
Esa convicción se comprobó cuando mis amigos de adolescencia, alumnos de escuelas progresistas e ilustradas del sur de la Ciudad de México, me bautizaron con una serie de apodos racistas, aludiendo a mi parecido a personajes indígenas del cine nacional y a ciertos monolitos prehispánicos, combinados, como debía de ser en nuestro régimen multidiscriminatorio (ver Discriminación), con el uso del femenino que ponía en duda mi hombría. Debo señalar que todos practicábamos las burlas más diversas a nuestros amigos por ser gorditos, narigones, tener muchos barros, o por sus supuestas preferencias sexuales, o cualquier otro rasgo que los diferenciara. Algunos de esos amigos, sin embargo, también utilizaban la palabra “indio” como un insulto, lo que implica que la dimensión racial tenía un peso particular en su imaginario, o más bien en la total falta de imaginación con que regurgitaban los prejuicios del medio, pese a la educación marxista y activa que recibían. Todavía recuerdo la vehemencia con que uno de ellos argumentaba que “indio” sí era un insulto legítimo, pues había aborígenes muy primitivos; lo mismo que “maricón” porque los “putos”… (no pienso repetir aquí sus argumentos homófobos).
No pretendo afirmar que estas discriminaciones hayan pasado nunca de la humillación personal. Mi madre pudo estudiar y desempeñarse con gran éxito en la profesión que eligió. A lo largo de mi vida, mi condición de miembro de la clase media me ha abierto mucho más puertas de las que me pudo haber cerrado mi color de piel “no tan morenito”. Después de todo, en la década de 1980 y 1990, como decía un amigo de entonces, había dos cosas absolutamente fáciles para los jóvenes clasemedieros con un mínimo de educación (aunque quizá no tanto para las mujeres, pero eso no era algo que nos preocupara entonces): publicar nuestros textos en revistas literarias y fumar mariguana.
Hablando de puertas, sin embargo, hasta hace pocos años, cada vez que me ponía huaraches, los guardias que vigilan los edificios privados me examinaban de pies a cabeza con insolencia y me preguntaban con tono insultante por qué motivo me atrevía a penetrar en las ciudadelas de privilegio que les tocaba custodiar. Sospecho que mis amigos más “güeritos” no eran tratados con el mismo desprecio, aun cuando vestían las mismas ropas informales, pero no he realizado el experimento social correspondiente. Tampoco sé si la cosa sigue siendo así, porque, la verdad, dejé de ponerme huaraches. Como tantos otros morenos y “no tan morenos” mexicanos preferí gastar un poco más en zapatos y ahorrarme las humillaciones. Sin embargo, en la R de Respeto discutiré varias encuestas que demuestran que en nuestro país la confianza, la respetabilidad y la honestidad se asocian más fácilmente con personas de tez clara.
En suma, estas historias de racismo familiar y amistoso no han tenido consecuencias políticas o sociales, no son la base de un régimen de apartheid ni han derivado en linchamientos. Tal vez algunos podrían argumentar que no son como el racismo gringo o sudafricano que tanto nos gusta invocar a los mexicanos para exculpar nuestras prácticas discriminatorias.
A mí, estas experiencias me han vuelto muy susceptible a cualquier forma de discriminación; un poco paranoico, incluso; excesivamente suspicaz de nuestras formas de burlarnos de los otros, de definir quién es bello y quién no. Tal vez sea por estos complejos personales que defiendo la corrección política que les gusta denostar socarronamente a tantos de nuestros intelectuales. O tal vez sea porque no puedo olvidar que a lo largo de su vida mi madre nunca dejó de sentir el dolor que le provocó la brutalidad de su tío y las distinciones cromáticas de su familia.

G de Güero

“Cómprele, güero.”
“Caite para los chescos, güerito.”
“¿Cómo nos arreglamos, güera?”
Estas invitaciones y sus infinitas variantes se repiten todos los días en mercados y calles, en paraderos y puestos de la Ciudad de México y de tantas otras ciudades del país. No importa que el “güero” invitado a comprar una baratija, a pagar un servicio informal, o a dar una mordida, tenga la piel morena y el cabello oscuro. En nuestras interacciones cotidianas el “güero” es el cliente, el que tiene “la lana”, quien ocupa una posición más elevada en la jerarquía social. En ese sentido el término social no siempre corresponde al color de piel y de cabello al que alude, pero la correspondencia es tan frecuente como para que no pierda su exactitud racial.
Debido a su asociación con el privilegio y con el estatus “superior” de la blancura (ver Colores Whiteness/Blancura), “güero” suele ser un término adulatorio. Ser “güero” es Aspiracional, es “chido”, por eso tantas personas añaden el calificativo a su nombre. El término se utiliza para halagar a alguien y así convencerlo de que pague, seducirla para que preste, chantajearlo para que se moche.
En otras ocasiones, sin embargo, cuando el adjetivo es acompañado por una actitud amenazante o por el despliegue de un arma, llamar a alguien “güero” o peor “güerita”, puede ser mucho más ominoso: la advertencia de que se ha convertido en blanco de violencia.
El diminutivo “güerita” coloca a las mujeres de piel más blanca y de clase social más alta en una posición que es a la vez de superioridad, frecuentemente inalcanzable, y de vulnerabilidad, con frecuencia extrema. En el mundo social mexicano, las güeritas habitan las pantallas de la tele y se exhiben en los espectaculares de la calle, se pasean en los espacios de privilegio y ahí se convierten en imposibles objetos de deseo para buena parte de la población. Sin embargo cuando se suben al metro o incursionan en espacios no tan “reservados” (que por otro lado les pertenecen plenamente) corren el riesgo de convertirse en víctimas de acoso y agresión sexual. Tras nuestra implacable violencia contra las mujeres, además de los complejos machistas y de las prácticas patriarcales, de la impunidad legal y de la complicidad vergonzante de tantos varones, se agazapa también este fantasma racial y de clase: la distinción brutal entre la élite bonita y la mayoría que no lo es, la arrogancia de la primera transformada en resentimiento de la segunda. Ésta no pretende ser ningún tipo de justificación, simplemente una radiografía de nuestras escisiones fenotípicas y sociales.
Por eso podemos decir que lo que da la fuerza social al término “güero” es la distinción que confirma, la manera en que nos recuerda en que hay mexicanos que lo son y otros que no.
Claro que existen los “güeros de rancho”. Esta expresión es el equivalente nacional de la brutal categoría de white trash (basura blanca) con que se desprecia en Estados Unidos a los blancos pobres, una clase baja que no tienen ni siquiera el encanto multicultural de la diferencia racial. Sin embargo, su carácter paradójico también comprueba que los rubios pobres son considerados excepcionales en nuestro país, y en su honor nos encanta tejer leyendas de prolíficos invasores franceses y de curas poco célibes.
(En el artículo de K de Kapitalismo discutiremos los colores de piel que asume la desigualdad económica en México, y la increíble y triste historia de la niña güera que pedía limosna en Guadalajara.)

H de Homogeneidad racial

A fines del siglo XIX los varones educados, adinerados, serios e inteligentes que tenían que tomar esas determinaciones decidieron que si México quería participar en el “concierto de las naciones civilizadas” como las potencias de Europa y de América del Norte, y también como el emergente imperio japonés, debía aspirar a alcanzar la homogeneidad racial que los caracterizaba. Según las palabras de nuestros políticos e intelectuales, y de acuerdo con las acciones de los regímenes porfirista y revolucionario a lo largo de más de cien años, homogeneizar racialmente a México en una nación mestiza era indispensable para que pudiéramos progresar.
Según dice el lugar común de nuestra historia, y celebran muchos intelectuales, esta ansiada homogeneización del pueblo mexicano se ha logrado de manera exitosa por medio del mestizaje. Sin embargo, esto no es más que una ilusión o, peor, una mentira.
No pretendo negar que el México de 1970 era significativamente más uniforme que lo que era la nación de 1850, aunque en los últimos 50 años se ha vuelto nuevamente diverso. Pero esta gran confluencia no tuvo casi ningún componente biológico o racial efectivo. Ni en ese siglo (ni antes en la historia de México) se juntaron grandes números de mujeres indígenas y hombres europeos y tuvieron hijos racialmente mestizos. La mezcla racial es una leyenda de la historia nacionalista y una ideología de poder en nuestra sociedad, no una verdad histórica (ver Mestizaje).
La unificación de México entre 1880 y 1970 no fue racial. Se logró en primer lugar por medio del idioma. La educación y la administración pública, así como los medios de comunicación, atacaron de manera sistemática a las lenguas indígenas que hablaba la mayoría de la población e impusieron sin cortapisas el español como la única lengua del país (ver Español, lengua nacional). También se logró por medio de la generalización de la ideología liberal entre la población y de las ideas de ciudadanía individual y de progreso económico que la sustentaban. Otro componente fue el guadalupanismo católico.
La gran unificación fue producto, sobre todo, del desarrollo del capitalismo: de la industrialización urbana y del crecimiento de las haciendas y minas en el campo, de las grandes migraciones que produjo la modernización. También fue resultado de las guerras extranjeras, civiles y revolucionarias que hicieron moverse y transformaron a la población.
Sin embargo, la unificación de la lengua, la política, la religión y la economía mexicanas no produjeron nunca, y menos ahora en el siglo XXI, una sociedad realmente homogénea, ni en lo racial, ni en lo lingüístico, ni en lo cultural. El número de mexicanos que hablan una lengua materna distinta al español crece cada día. Igualmente conviven en México muchas maneras diferentes de concebir la política y la participación ciudadana más allá del individualismo y de los partidos políticos. Además nuestro territorio está poblado con una amplia gama de grupos sociales (“indígenas” y “mestizos”) que han encontrado maneras de crear y de defender ámbitos económicos y sociales que escapan a las leyes de la ganancia y la acumulación capitalista. La milagrosa supervivencia de la milpa de autosubsistencia, pese a los ataques incesantes de las reformas neoliberales de los últimos 20 años, es un ejemplo de ello.
El problema con el proyecto de la homogeneización racial mestiza no es que haya fracasado: en realidad nuestras élites nunca quisieron construir una nación de iguales, sino reproducir las diferencias que garantizaban su poder, y modernizar a la mayoría indígena de la población para apropiarse de sus tierras y convertirla en una masa manejable de trabajadores del campo y la ciudad.
El problema es que sigue vivo. A nombre de las supuestas ventajas de la homogeneidad se niegan derechos a los indígenas y también a las mujeres, a las minorías sexuales, a las diferentes religiones, a todos aquellos que no correspondan a los ideales patriarcales y excluyentes de la élite. Los defensores de la homogeneidad no se cansan de buscar y denostar las diferencias condenables que siguen existiendo en México. A nombre de la falsa homogeneidad mestiza y de la pureza democrática, los intelectuales no dejan de despreciar y descalificar las formas de hacer política de la mayoría de la población como clientelares y corporativas (como mostraron en Horizontal Alejandra Leal y Antonio Álvarez Prieto). Cuando en 2006 el politólogo Carlos Elizondo afirmó que en México existen dos “repúblicas” contrapuestas, una moderna, individualista, democrática, eficientemente capitalista y obediente de la ley y la otra atrasada, corporativa, clientelista, aferrada a la economía informal y fuera de la legalidad, no proponía un pacto entre dos formas distintas de ser mexicano, sino clamaba por la eliminación de la república que consideraba inferior. Ya hemos visto la retórica racista que llegan a adoptar en nuestro país los discursos modernizadores que preconizan la necesaria desaparición de grupos y prácticas “caducos”, es decir que son diferentes a los que los intelectuales pretenden tener.
En suma la homogeneidad racial (y cultural) mexicana es una fantasía de una élite ilustrada, y de unos gobiernos autoritarios, que quieren decidir cómo deben ser todos los mexicanos y que transforman la pluralidad y las diferencias sociales, políticas y culturales que nunca han dejado de existir en nuestro país en defectos y en amenazas. Es una forma de intolerancia que se disfraza de modernidad.
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Alfabeto racista mexicano (II)

Podemos encontrar registros racistas en el idioma, en el reparto desigual de los bienes materiales e, incluso, en los relatos históricos. El principal peligro del racismo es que acentúa todas las demás formas de discriminación.

| Diccionario Racismo


Segunda entrada de la serie.

Ch de Chino

Aunque los chinos, originarios del país asiático han sido tal vez las principales víctimas de la violencia racista en México en el siglo XX, este tema se abordará en la S de “Sinofobia”. En este artículo hablaremos en cambio de otros seres humanos que fueron llamados “chinos”, las personas de origen africano que llegaron a México en el periodo colonial y cuyos descendientes constituyen hoy un grupo generalmente ignorado de la población nacional.
El término chino, como zambo, lobo, coyote o mulato se usaba en esos tiempos para referirse a las personas de extracción africana. Pocos recuerdan que entre los siglos XVI y XVIII llegaron a México decenas de miles de esclavos africanos, tal vez más que los inmigrantes europeos. Según las estimaciones de Gonzalo Aguirre Beltrán, en 1740 vivían en la Nueva España el doble de africanos que de españoles (veinte mil contra diez mil) y los que él llama “afromestizos” eran casi medio millón, un mayor número que los mestizos hijos de indígenas y españoles (Aguirre Beltrán, Gonzalo, La población negra en México, un estudio etnohistórico, México, Fondo de Cultura Económica-Universidad Veracruzana-INI, 1989).
Por su condición de esclavitud, los africanos fueron el sector más despreciado y discriminado de la sociedad novohispana, aunque muchos consiguieron la libertad de sus hijos gracias a matrimonios con mujeres indígenas. Los resultantes chinos y mulatos, conservaban, sin embargo, el estigma de su origen africano, que se consideraba imborrable.
Las personas de origen africano (mezcladas o no) eran altamente visibles en la sociedad novohispana: como capataces de los indios y de los otro esclavos, como arrieros, como pequeños comerciantes. Dos de los más importantes dirigentes de los ejércitos insurgentes pertenecieron a este grupo: José María Morelos y Vicente Guerrero.
Sin embargo, cuando los gobiernos del México abolieron la esclavitud y las distinciones legales que segregaban a los mulatos y los africanos del resto de la población, los “negros” se hicieron casi invisibles en el mapa social de nuestro país. Muchos de ellos han seguido viviendo hasta hoy en las comunidades costeras de Veracruz, Oaxaca y Guerrero; otros se integraron a la creciente “plebe” definida como “mestiza” que incluía también a indios que habían abandonado sus pueblos y a “blancos” pobres.
Para fines del siglo XIX, pocos recordaban la existencia de las personas de origen africano en nuestra población. Forjando patria, el himno al mestizaje mexicano escrito por Manuel Gamio en 1916, no menciona una sola vez la existencia de este grupo humano.
Fue hasta mediados del siglo XX que Aguirre Beltrán “descubrió” el pasado “negro” de México y clasificó a las personas de origen africano grupos como “afromestizos”, afirmando que debían mezclarse con el resto de la población nacional.
En la actualidad, los mexicanos que se definen a sí mismos como “afrodescendientes” son víctimas de todo tipo de discriminación racial. La más grave es la duda de que sean realmente ciudadanos de nuestro país. Por ello, es frecuente que se les pidan papeles para acreditar su nacionalidad y ha habido casos de mexicanos que han sido incluso deportados por tener la piel “negra”.
Los afrodescendientes mexicanos buscan hoy darse a conocer como integrantes de pleno derecho de nuestra nación y pugnan por el reconocimiento constitucional de su existencia y de sus derechos.

D de Discriminación

Podríamos afirmar, sin exagerar, que en nuestro país lo único que no discriminamos es la discriminación misma. Los mexicanos somos practicantes continuos e incansables de un auténtico arcoíris de prejuicios: desde el desprecio a las mujeres, a los homosexuales y a las personas transgénero, pasando por el cultivo de todo un folclor despectivo contra “nacos”, “negros”, “argentinos” y “chinos”, hasta los menosprecios a los más pobres y la exclusión a quienes practican religiones diferentes o hablan distinto. En nuestro humor y nuestra vida cotidiana no desperdiciamos la oportunidad de ofender y menospreciar a todas y todos los que son diferentes a nuestro modelo de masculinidad mestiza y acomplejada, hispanoparlante y prepotente. De hecho, hasta nuestros machos son objeto de escarnio si no lo demuestran suficientemente por medio de… la práctica de más discriminación.
El reciente caso de Andrea Noel, quien sufrió un ataque sexual en las calles de la Ciudad de México y luego fue agredida en las redes sociales y amenazada en la vida real por atreverse a denunciarlo, es evidencia de cómo la discriminación contra las mujeres se transforma con espeluznante facilidad en agresión y violencia.
Claro que muchos aducen que esto no es racismo, que despreciar a las mujeres y a los menos favorecidos socialmente, negar derechos a los miembros de “sectas” protestantes, burlarse de los acentos diferentes, es pura y llana intolerancia o clasismo, como si eso fuera menos grave. Cuando la antropóloga Eugenia Iturriaga denunció las prácticas racistas de las élites de la ciudad de Mérida, la justificación de algunos fue que ellos desprecian a las personas por sus apellidos, no por su color de piel (como si los apellidos en Yucatán no fueran producto de toda una historia de diferencia racial). Una escritora afirmó incluso que los grupos encumbrados a los que ella se adscribe no son racistas porque tratan muy bien a su servidumbre.
El peligro es que el racismo acentúa todas las demás formas de discriminación y clasismo, en una espiral de desprecio y agresión. Si el pobre, además de pobre es moreno, más razón para ningunearlo. Si las mujeres son marginales y su aspecto físico no “aspiracional”, corren el riesgo de ser devoradas por una de los vórtices de feminicidios que asuelan nuestro país sin que a nadie le importe. El etcétera es tan largo que llenaría otro alfabeto de exclusión, odio y violencia.
México no vive bajo un régimen “multicultural” ni es presa de la “corrección política”, como lamentan algunos. Vivimos bajo la tiranía de la “multidiscriminación” racista, sexista y clasista. La defensa de este régimen sin correcciones se ha convertido incluso en asunto de orgullo nacional. En 2005 cuando los estadounidenses criticaron a Memín Pinguín por su representación abiertamente estereotípica de los rasgos raciales africanos, tanto funcionarios como intelectuales salieron a la defensa de nuestras burlas raciales, afirmando, como la escritora yucateca, que eran formas mal comprendidas de amor fraterno.
Nosotros somos así, como decía Bef con ironía: nos gusta burlarnos de los que son diferentes, pero lo hacemos con afecto, porque no somos de ninguna manera racistas; simplemente no toleramos las diferencias. Esa es nuestra idiosincrasia.

E de Español, lengua nacional

Desde la segunda mitad del siglo XIX, México ha vivido una situación excepcional en su larguísima historia: un sólo idioma, el español, se ha convertido en la lengua mayoritaria del país. Antes, el náhuatl era probablemente la lengua más hablada y en el territorio nacional se usaban centenares de otros idiomas.
Esta unificación lingüística de México no sucedió por azar: fue una imposición deliberada del gobierno que forzó a la mayoría del país a adoptar una lengua que no era suya. Las leyes se escribieron solo en español, que fue utilizado de manera exclusiva en periódicos, radio y televisión, así como en la vida política y económica. También se convirtió en el único vehículo de la educación: en las escuelas públicas, los niños que habían aprendido lenguas indígenas en sus casas, eran objeto de burla, escarnio e incluso castigos físicos si continuaban hablándolas. Muchos padres no enseñaron lenguas diferentes a sus hijos porque sabían que hablarlas los convertiría en objeto de desprecio y de discriminación. Desde hace 150 años cualquier camino al ascenso social en México pasa por hablar español, considerado sin razón alguna como la única lengua civilizada y moderna.
Pese a esta intolerancia lingüística, México sigue siendo y no dejará de ser un país plurilingüe. El día de hoy más de diez millones de ciudadanas y ciudadanos tienen una lengua materna diferente al castellano y hay también más de diez millones de personas de origen mexicano en Estados Unidos que hablan inglés. De hecho, el número de mexicanos que no hablan español como su primer idioma está creciendo, en vez de disminuir.
Lamentablemente en nuestra cultura oficial se sigue practicando una discriminación feroz contra quienes no “hablan bien” el español. La lengua se ha hecho sinónimo de nacionalidad y de patriotismo. Hace unos años, un comentarista ilustrado negaba a otro ciudadano la posibilidad de ser “realmente mexicano” porque hablaba con acento extranjero:
habla un idioma que, por supuesto, ya no es chino; pero que mucho menos es español. Con oírlo hablar 30 segundos sale uno de dudas y se establece el diagnóstico: este no es mexicano, pero ni a mentadas de madre.
Esta procaz defensa de la integridad “nuestro” idioma y nuestra nacionalidad demuestra con qué facilidad la intolerancia en el idioma deriva en el abierto racismo. Lo mismo pasa con el prejuicio que afirma que los indígenas hablan “mal español” (sin entender que lo hablan como segunda lengua) y que, por lo tanto, los considera ridículos y menos capaces que los hablantes nativos de castellano, en vez de reconocer la riqueza cultural y lingüística que tienen. La lingüista hablante de mixe Yásnaya Aguilar ha criticado con lucidez estos prejuicios.
Lo más grave es que la intolerancia a nombre del español está en ascenso. Un artículo en la reciente ley de telecomunicaciones pretende imponer la “lengua nacional” (dando por sentado que es el español, desde luego, no el mixteco o el triqui) como la única que se puede emplear legalmente en radio y televisión, fuera de las áreas indígenas. Afortunadamente la valiente labor de Mardonio Carballo logró un amparo en la Suprema Corte contra esta legislación abiertamente discriminatoria.
En este contexto, me parece indefendible la iniciativa para convertir el español en el “idioma oficial” de México, una medida que no servirá para nada más que para profundizar la discriminación contra los millones de mexicanos que hablan otros idiomas y para perpetuar la identificación cada vez más falsa entre ser mexicano y hablar esa lengua.
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Alfabeto racista mexicano (I)

El propósito de este diccionario es analizar los discursos que sostienen y refuerzan las prácticas racistas en todos los órdenes de la sociedad mexicana.

| Diccionario Racismo

En las siguientes semanas publicaré una serie de artículos de diccionario con definiciones concisas de los principales ideas, prácticas, discursos y prejuicios que alimentan, refuerzan y representan el racismo en México. Este alfabeto tiene un afán polémico y un tono irreverente que busca despertar el debate y hacernos conscientes de la fuerza y prevalencia de nuestras costumbres racistas y las formas de pensar que las acompañan. Las ideas que presentaré en este repertorio se desarrollarán con más detalle en el libro México racista: una denuncia, que será publicado por la editorial Grijalbo en mayo de este año.

A de Aspiracional

La primera vez que escuché esta palabra pensé que se trataba de un nuevo tipo de electrodoméstico.
Sin embargo, la sabiduría infinita de internet me proporcionó la siguiente definición mercadotécnica: “Se trata de intentar asociar la compra del producto con la obtención de esa situación ideal que puede estar relacionada con un estatus social superior, con la fama, con la belleza física o con un lugar idílico.”
En nuestro México racista, diría cualquier publicista que se respete, ser “aspiracional” significa en primer lugar ser blanco. Sólo las personas con aspecto europeo merecen ser asociadas con todo lo bueno de la vida, como los seres etéreos y sublimes que aparece en los anuncios de Liverpool o del Palacio de Hierro.
Hace un par de años, cuando una funcionaria de un museo de la Ciudad de México intentó hacer un cartel promocional con un retrato de una familia mexicana morena y feliz, no pudo conseguir ninguna fotografía con ese tipo de modelos. Ante su desconcierto, el empleado de una agencia de publicidad le explicó sin vacilación: “los morenos no son aspiracionales”. En otras palabras, según los custodios de nuestro paraíso del consumo, nadie en México soñaría con convertirse en moreno, sólo en güero.
Esta afirmación lapidaria confirma lo que todos ya sabemos: la publicidad y más en general la televisión y otros medios electrónicos practican el racismo más feroz e implacable. En ese régimen de apartheid mediático los morenos, los negros, los chinos, sólo pueden ocupar papeles de pobres o extranjeros; la nación del consumo prestigioso, de la riqueza y del glamour, es exclusivamente blanca, como si viviéramos encerrados en la fantasía de un bóer sudafricano de hace cincuenta años.
(Ver también: Colores, Whiteness/Blancura, Güero, Vanidad.)

Bartra, Roger

(A propósito de esta entrada en el diccionario, publicamos esta carta editorial.)
“La CNTE pertenece al viejo mundo de la cultura nacionalista revolucionaria que lentamente se está desvaneciendo y está contaminada por la putrefacción de una cultura sindical que se resiste a desaparecer del panorama político. Su reacción contra la reforma educativa es el estertor de un magisterio decrépito que se opone a la renovación y a la evaluación de su trabajo. […] Estamos ante el espectáculo de miles y miles de pobres maestros, que vienen de un mundo que se extingue y que se pudre. […] Las protestas de la CNTE revelan el peso de un mundo viejo que se derrumba, con sus caciques sindicales, sus mediaciones corruptas, sus costumbres caducas y la decadencia de una gran masa de maestros mal educados y malos educadores, que se resisten al cambio. Un mundo en camino de desaparecer es peligroso, pues alberga la desesperación de sectores sociales enervados llenos de rencor. Son seres humanos que sufren una gran dislocación y que deben hallar un lugar fuera del mundo que se deshace.”
Estas palabras del famoso intelectual mexicano fueron publicadas en el diario Reforma el 10 de septiembre de 2013, en el momento más álgido de la protesta de la coordinadora de maestros contra la reforma educativa impulsada por el gobierno federal. Las incluyo en este alfabeto porque reproducen sin pudor, y sin aparente autocrítica, las principales figuras del discurso racista más virulento de los últimos dos siglos.
Hablar de prácticas culturales y políticas “putrefactas”, “decadentes”, “condenadas a morir”, es retomar metáforas biológicas falsas y perniciosas que se han empleado para justificar el exterminio de muchos pueblos, culturas y “tribus” en Europa y América. Claro que el artículo se refiere una cultura sindical que considera “corrupta”, pero en su retórica, como en todo discurso racista, es demasiado fácil cruzar la línea de descalificar las acciones de un grupo a condenar a sus miembros.
El antropólogo se atribuye, como tantos profetas de la modernización, la capacidad de determinar qué formas sociales son “caducas” y por lo tanto merecen “extinguirse” y cuáles son modernas y merecen prosperar. En el presente y en el pasado reciente esta retórica ha justificado las más variadas agresiones contra los grupos definidos como obsoletos, transformados la descalificación en seres desechables: a nombre de la modernidad se colonizaron África y Asia y se exterminó a los pueblos indígenas de Estados Unidos y de Argentina.
Finalmente, el discurso desacredita de antemano la racionalidad y el valor político de cualquier reacción de los miembros del grupo discriminado, atribuyéndola al “enervamiento” y al “rencor”. Retóricas similares han sido empleadas una y otra vez en nuestro país y en el mundo para denigrar las demandas y las reivindicaciones de los movimientos campesinos y populares.
Este tipo de discursos de descalificación, por más que se pronuncien desde la supuesta neutralidad de una posición de sabiduría, son particularmente peligroso en un país como el nuestro, donde la impunidad (como en el caso de Topo Chico) y la crisis de derechos humanos (como explica el nuevo informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos) amenazan ya la vida misma de los grupos más marginales.
(Ver también: Feminicidios, Política de la muerte/Necropolítica.)

Colores

Nuestro racismo del siglo XXI es, antes que nada, una cuestión de colores, de piel, de cabello, de ojos.
En nuestra vida social las mexicanas y mexicanos nos colocamos continuamente, y somos colocados por los demás, en una escala cromática que asocia la blancura, natural o artificial, con el privilegio, el poder y la riqueza, y su “contrario”, es decir, la piel morena, con la marginalidad y la pobreza. Este escalafón de fenotipos nos permite determinar, de manera casi automática, quienes merecen nuestra admiración y envidia y quienes nuestro desprecio o lástima.
La jerarquización de colores nos demanda un constante esfuerzo de transformación y ascenso. El uso estratégico de tintes de pelo y otras productos y tecnologías de modificación corporal, la inversión en ropa a la moda, son los tributos que pagamos al dios de la blancura y su brillo “aspiracional”.
Sin embargo, como ha propuesto la socióloga Mónica Moreno Figueroa en sus estudios sobre las mujeres mestizas y sus ideales racializados de belleza, nuestra posición en esta gradación siempre es precaria, pues nunca falta quien esté dispuesto a rebajarnos un escalón; así como nosotros tampoco podemos resistirnos a menospreciar a quienes están debajo de nosotros. Este racismo cotidiano, más implacable porque ni siquiera lo reconocemos como tal, afecta constantemente nuestra imagen propia, pone en entredicho de manera continua nuestra propia hermosura.
Vistos desde esta perspectiva, los incesantes despliegues de glamour y moda de nuestra “primera dama” Angélica Rivera, apuntalados por un uso desmedido de cosméticos y un derroche en costosísimos desplegados publicitarios, provocan más lástima que escándalo: son testimonio conmovedor de su desesperada necesidad de mantenerse a toda costa en la primera posición de la resbalosa escalera cromática.
(Ver también: Aspiracional, Güero, Vanidad, Whiteness/Blancura.)

Córdova, Lorenzo


En la próxima entrega: Ch de “Chino”, D de “Discriminación”, E de “Español, lengua nacional”.
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10 frases que los mexicanos usan todos los días… y no saben que son racistas


Es un tema que a muchos mexicanos les cuesta reconocer: el país tiene un añejo problema de racismo y discriminación que no ha logrado erradicarse.
Según el gubernamental Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), seis de cada diez personas reconocen que se les insulta por el color de su piel.
Además, un 40% cree que es excluido de empleos o al solicitar un servicio por el hecho de ser morenos.
Los más afectados son los pueblos indígenas, que se encuentran también en las franjas de mayor pobreza en el país.
Pero, recientemente, el gobierno de Ciudad de México emprendió la campaña "Encara al Racismo".

El objetivo es fomentar la conciencia sobre "los prejuicios, estigmas y estereotipos que impiden ver el valor real de cada persona", señala el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la capital mexicana.

Sin embargo, el problema no se queda sólo en las actitudes. En su lenguaje cotidiano los mexicanos utilizan frases que en sentido estricto son discriminatorias.
Y muchos, coinciden especialistas, no están conscientes de ello pues forman parte de sus conversaciones de todos los días.
BBC Mundo le presenta 10 frases de uso común en México, y que contienen algunos elementos de racismo:
Cásate con un güero para mejorar la raza"
En México un güero es una persona rubia o de tez blanca. Y la frase revela la creencia de que quienes son morenos pertenecen a un estrato social más bajo.
Algunos historiadores ubican su origen en los tiempos de la Colonia, cuando la sociedad se dividía en castas.
Los españoles peninsulares y criollos nacidos en la Nueva España se ubicaban en la escala social y económica más alta.
En los museos y archivos históricos existen documentos que muestran la división de castas que existía en esa época.
Trabajo como negro para vivir como blanco"

Quien menciona esta frase pretende mostrar que su jornada laboral es excesiva y que el salario obtenido es apenas suficiente para una vida modesta.

Sin embargo el origen del comentario se remite a la época de la esclavitud, no sólo en México sino en el resto de América, cuando el trabajo de las personas de piel negra sostenía la economía de muchas regiones.
Hace tres años, por cierto, en Uruguay surgió una campaña por internet parasolicitar a la Real Academia de la Lengua Española elimine la expresión"trabajar como negro".
Nunca falta un prietito en el arroz"
La idea es evidenciar que aún en las mejores circunstancias es frecuente que algo sale mal.
Pero en el origen la frase también señala que en un entorno de personas blancas desentona la presencia de un "prieto", es decir, alguien de piel morena.
No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre"
Es una expresión cotidiana para subrayar que la culpa por un error no es sólo de quien lo comete, sino también de quien le asignó esa responsabilidad.
La frase, sin embargo, parte de la idea de que los indígenas son personas incapaces o con escasas habilidades para alguna tarea complicada.

Como otras expresiones el origen se remonta a la época del dominio de los españoles en lo que hoy es México, cuando se consideraba que los pueblos originarios no formaban parte de la sociedad.
De hecho durante siglos fueron asignados a la protección de "encomenderos", personas responsables de su cuidado y seguridad pero que sólo se aprovecharon de los recursos y de su trabajo.
¡Ah, como eres indio!"
Quien dice estas palabras pretende advertir a otra persona que no sea tonta, o subrayar que ha cometido un error.
Pero la frase implica que los indígenas son ignorantes. Así, comparar a alguien con ellos se considera un insulto.
El comentario es más frecuente en estados del norte y el occidente de México, aunque también se escucha entre personas de clase media alta o adineradas.
Se fue como las chachas"
En México "chacha" es una forma despectiva de llamar a las empleadas domésticas, a quienes en muchos grupos sociales que las contratan les dicen "muchachas".

La frase se utiliza cuando alguien abandona un empleo sin avisar, o se va sin despedirse de alguna relación o encuentro.

Algunos también la usan para señalar que una persona se va por la puerta trasera de un lugar, o es despedido con deshonra.
En todo caso la expresión alude a una supuesta condición inferior de las trabajadoras de los hogares, quienes por lo general pertenecen a grupos con un mayor porcentaje de sangre indígena que sus patrones.
Se viste como las gatas"
La expresión pretende señalar que una mujer viste ropa barata o la usa de forma que no le favorece.
Pero también contiene un sentido de desprecio: en México la palabra gata es sinónimo de servidumbre, y muchos llaman así a las empleadas domésticas.
La frase entonces significa que la ropa de estas personas es ridícula o de mal gusto.
Me engañaron como a un chino"
Muchos la utilizan para decir que fue ingenuo o que cayó fácilmente en una trampa.
En el fondo la frase infiere que los chinos son personas a quienes fácilmente se les puede engañar.
La expresión viene de los tiempos en que llegaron los primeros emigrantes de China sin hablar español, y que sufrieron abusos o engaños por parte de empleadores mexicanos.
El niño es morenito, pero está bonito"
Muchos usan la frase como una broma, pero no por eso pierde su sentido original:
Quien la dice lamenta que un recién nacido no tenga la piel blanca, y surge del prejuicio de que las personas morenas son feas.

Una creencia que además se promueve desde los medios de comunicación, dondela mayoría de los protagonistas en publicidad, telenovelas, películas o programas de comedia son blancos.
Traes el nopal en la cara"
Es una forma de exhibir a alguien pretencioso o que quiere mostrarse distinto a quien en realidad es.
En la frontera norte del país algunos usan la frase para expresar molestia cuando una persona no quiere comunicarse en español.
"No presumas de gringo (estadounidense), si traes el nopal en la cara", señalan.
Pero la frase tiene un sentido de desprecio, pues se refiere a las personas que viven entre cultivos de nopales, generalmente comunidades indígenas.