miércoles, 14 de diciembre de 2016

Así es como las revistas mexicanas reflejan la discriminación racial en México

Tenemos que hablar del elefante en la habitación.


Más de la mitad de la población mexicana se considera a sí misma, morena.

Más de la mitad de la población mexicana se considera a sí misma, morena.
Ivan Pierre Aguirre / AP
Según el CONAPRED, el 64.6% de las personas en México se describen de piel morena y al mismo tiempo, la mitad de los mexicanos considera que a las personas se les insulta en la calle por su color de piel.

La discriminación racial es tal en México que casi un cuarto de la población ha admitido que no dejaría vivir en su casa a alguien de una raza distinta.

La discriminación racial es tal en México que casi un cuarto de la población ha admitido que no dejaría vivir en su casa a alguien de una raza distinta.
Grandriver / Getty Images
El pensamiento de que las comunidades afrodescendientes e indígenas viven en la pobreza “porque no trabajan” es un claro ejemplo de este fenómeno racial.

Y aún cuando en México, existen alrededor de 15.7 millones de personas que se consideran indígenas…

Y aún cuando en México, existen alrededor de 15.7 millones de personas que se consideran indígenas...
Hector Guerrero / AFP / Getty Images
Una versión anterior de este post establecía que habían 450,000 afromexicanos en México, de acuerdo a cifras del CONAPRED. Se ha actualizado con la cifra correcta de 1.4 millones de mexicanos de ascendencia africana, de acuerdo a estadísticas del INEGI.

Los medios no parecen reflejar la realidad de México.

Los medios no parecen reflejar la realidad de México.
Alfredo Estrella / AFP / Getty Images
En 2011, el periodista José Agustín Ortiz Pinchetti utilizó el término pigmentocracia para referirse al documental El Despertar: el hecho de que la gente de piel más clara esté en el estrato superior de las clases sociales y por ende, se promueva la desigualdad.
El fisiólogo chileno Alejandro Lipschutz fue el primero en acuñar dicho término a mediados del siglo XX al darse cuenta que el tono de piel era un “elemento generador de jerarquías al interior de una estructura socio-racial y de clase.”

Es por eso que analizamos 15 de las revistas mexicanas más leídas en busca de esta representación (o la falta de).

Para escogerlas, consideramos el tiraje y su relevancia en cada género (sociales, moda y estilo de vida). 
Todos los ejemplares pertenecen al mes de diciembre.

Los títulos seleccionados fueron los siguientes:

Los títulos seleccionados fueron los siguientes:
Editorial Televisa / Grupo Expansión / Condé Nast / Notmusa / Media MKT
Las variables de medición fueron:
- Grupo editorial
- Tipo de revista
- Número de páginas
- Audiencia clave
- Persona en portada
- Tez y nacionalidad de la persona en portada
- Número de personas en total que aparecen en la revista*
- Número de personas de tez blanca
- Número de personas de tez morena/negra
- Número de hombres
- Número de mujeres
El conteo consideró personas a las que se les viera el rostro, tanto en contenido como en anuncios publicitarios. No se tomaron en cuenta portadas de libros ni imágenes de películas y/o televisión.

Esto fue lo que encontramos:

El porcentaje de representación de personas con tez morena fue igual o menor al 20% en TODAS las revistas.

El porcentaje de representación de personas con tez morena fue igual o menor al 20% en TODAS las revistas.
BuzzFeed
En un cuarto de 10 personas, en la vida real 6 serían morenas.
A ojos de las revistas, únicamente 2 serían de tez morena o negra.

La revista con mayor inclusión de personas con tez morena fue la 15 a 20.

La revista con mayor inclusión de personas con tez morena fue la 15 a 20.
BuzzFeed México
De las 63 personas que aparecen, 13 son de tez morena. Dos de ellos, son youtubers mexicanos. Y aún así, 20% sigue siendo una cifra extremadamente baja.

La Quién, revista de sociales de Grupo Expansión, es la más baja: solo tiene una representación del 2%.

La Quién, revista de sociales de Grupo Expansión, es la más baja: solo tiene una representación del 2%.
BuzzFeed México

La mayoría de las revistas analizadas oscila entre el 5% y el 9% de representación.

La mayoría de las revistas analizadas oscila entre el 5% y el 9% de representación.
BuzzFeed México
Desde moda, estilo de vida y lujo, hasta espectáculos y sociales, las revistas mexicanas se niegan a reflejar la realidad racial de la sociedad.

Ninguna de las personas en portada es morena.

Ninguna de las personas en portada es morena.
BuzzFeed México
A pesar de que 10 de 15 revistas tienen a una persona mexicana al frente, ninguna puede ser considerada de tez morena.

La escasa inclusión de mexicanos de tez morena sucede generalmente cuando las revistas se refieren a eventos de carácter filantrópico o social.

La escasa inclusión de mexicanos de tez morena sucede generalmente cuando las revistas se refieren a eventos de carácter filantrópico o social.
BuzzFeed México
En la revista Esquire, los dos mexicanos de tez morena que aparecen son de la campaña de Pepe y Toño, del Consejo de la Comunicación.
En la Vanity Fair México, solo aparece un niño indígena en sus páginas y es de la publicidad de “Niños con Alegría”. Las otras tres personas mexicanas de piel morena aparecen en un evento con la pareja presidencial.
En la Quién, la activista Eufrosina Cruz es de las pocas personas de tez morena que aparece en la revista, vestida con su traje típico zapoteca.
En Vanidades, la celebración de Día de Muertos que se realizó en España el mes pasado fue la única ocasión donde aparecieron tres personas de carácter indígena.
En Marie Claire, la mayoría de las personas morenas aparecen en un fotoreportaje de La Habana, Cuba.

El resto de las personas de tez morena o negra que aparecen en las revistas son celebridades o figuras políticas no mexicanas.

El resto de las personas de tez morena o negra que aparecen en las revistas son celebridades o figuras políticas no mexicanas.
BuzzFeed México
Entre ellas: Rihanna, Obama, Beyoncé, la modelo Joan Smalls, John Legend, Bruno Mars, Jessica Alba, Selena Gomez y Eva Longoria.

En resumen:

En resumen:
BuzzFeed México

BuzzFeed México contactó a los editores de las 15 revistas en espera de comentarios.

Al respecto de los hallazgos de esta investigación, Mamen Sánchez, directora de ¡Hola! México, comentó: “Jamás en mi vida- ni como profesional del periodismo, ni como ser humano- he hecho la menor distinción por causa del color de la piel de una persona. Siempre he sabido ver lo que hay detrás de algo tan nimio como color, belleza, género, perfección, o cualquier otro baremo que sirva para medir a las personas en cualidades diferentes a las de su dignidad como seres humanos.” Al mismo tiempo que exigió una disculpa de parte de BuzzFeed.
Por parte de Marie Claire México, Daniela Von Wobeser, directora editorial expresó que en su revista a lo largo del año “existe una representación versátil de las mujeres, no sólo por su color de piel.”
Estresó que en su redacción promueven “profundamente la inclusión de todas las voces de nuestro género sin importar religión, raza, orientación sexual, capacidades diferentes o talla. Es nuestra tarea de todos los días seguir representando a más mujeres y cambiar paulatinamente los conceptos anticuados de ‘aspiración’ y los cánones de belleza. Todavía queda mucho por hacer sin embargo en Marie Clairetenemos la firme tarea de seguir promoviendo la diversidad en sus páginas y contenidos.”
Ligia Bang, editora de la revista Fernanda, destacó que éste “es un fenómeno que lleva décadas ocurriendo, y que para mal o para bien, todos hemos fomentado posiblemente de manera inconsciente: consumidores, lectores, medios, anunciantes, televisoras… a través de nuestras decisiones de compra, de nuestras actitudes, de nuestras elecciones, nuestros comentarios.”
Sobre la cuestión de la disponibilidad de imágenes para representar a los mexicanos apropiadamente, Ligia indicó que una de las razones por las que no han podido lograr esto “ha sido por no contar quizá con más opciones de modelos de tez morena, o con fotos de banco con personajes mexicanos.”
En respuesta a la falta de personas de tez morena que aparecen en las portadas, la directora editorial de 15 a 20, Mariana Gallardo, comentó que las decisiones editoriales de la revista “se basan en el talento de quienes aparecen en nuestras páginas. Nos consideramos una revista 100% incluyente.”
“Nuestras decisiones de portada como en interiores, no obedecen a estereotipos físicos, sino al talento y popularidad”, dijo a BuzzFeed México.
Este artículo se irá actualizando conforme recibamos comentarios por parte de los grupos editoriales.
Karla Agis es redactora de BuzzFeed y vive en la Ciudad de México.
Mireya Hernández es redactora de BuzzFeed México y vive en la Ciudad de México
Javier Aceves (Baxter) es editor/fundador de BuzzFeed México y vive en la Ciudad de México.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El racismo de aquí cerquita

Alegatos por Miguel Pulido

Cuando Donald Trump aún era esa cosa entre broma y delirio, conversé con varios compatriotas que vivían en Estados Unidos. Profundamente conmovido por varios de esos testimonios publiqué –el 31 de marzo– este artículo. Lo edité mínimamente para publicarlo una vez más. Lo hago porque esas conversaciones que tuve hace nueve meses me tienen sitiado por su pertinencia. Miren.

***
Es fácil irritarse con los comentarios racistas, xenófobos y misóginos de Donald Trump. No conozco a ninguna persona que no considere desproporcionadas e injustas sus críticas hacia los mexicanos. Sus palabras y sus hechos están llenos de un odio que lastima, de una supremacía que aterra y de una insensibilidad que enfurece.
Pero… ¿es sólo él?
“El racismo de Trump ni es nada comparado a lo que nos hacían allá en México. Nos discriminaban en el trabajo, en la calle y el gobierno. Te duele más porque viene de tu misma gente” me dijo Zenaida en una entrevista.

Con la intención de documentar cómo afecta el discurso antiinmigrante a las y los mexicanos en Estados Unidos conversé con varios de ellos. En esas platicas una y otra vez apareció una comparación: la discriminación y el racismo en Estados Unidos frente al que se vive en México.
Es sabido que las regiones indígenas del país son predominantes en las llamadas zonas de expulsión. Migración es sinónimo de supervivencia para muchas comunidades de Guerrero, Oaxaca, Puebla, Veracruz y Chiapas. Hay que huir, ya sea a la ciudad o a Estados Unidos. Migrar o morir es la ecuación.

Buscando entender la estructura racista del extranjero me encontré inevitablemente con la nuestra. Algunas respuestas retratan un país y una sociedad descompuesta. Una en la que no nos queremos reconocer. ¿Le tienes miedo a que el gobierno te deporte? le pregunté a una mujer oaxaqueña. “Sí, pero más miedo le tengo a lo que me hacían en México. Es muy duro ser indígena allá?”

“Yo trabajaba desde bien chiquita con familias de Puebla” me dice Zenaida. “Tuve de todo, patrones buenos y malos. Pero ahora sé que no tenía derechos.” Continúa “no se trata nomás de dinero sino de cómo te ven. En México te ven indígena y creen que sólo eres sirvienta. No te tienen respeto.”

Doña Malena me cuenta que llegó a Estados Unidos muy joven. Acá se ha preparado, organizado, politizado. Sus palabras retratan lo que vivimos. “A muchos les preocupa lo que dice Trump pero es porque se sienten discriminados no porque estén contra la discriminación. Estoy segura que los mismos que me maltrataban por ser pobre, indígena y no hablar español deben andar bien encabronados con Trump.”

“¿Dices que les preocupa lo que nos pasa a nosotros acá?” me contesta desafiando la sinceridad de mi planteamiento. “No es cierto. Cualquiera se pelea con el racista que está lejos y del otro lado de la frontera, pero mejor que se peleen contra el racista que está ahí cerquita, el que llevan dentro. Por culpa de ese es que estamos acá”.

Entonces…  ¿somos tan racistas?

En corto: sí. Permítame ir a un ejemplo concreto. El trabajo doméstico es la síntesis de nuestra sociedad clasista, misógina y racista.

La encuesta “Percepciones sobre el trabajo doméstico: Una visión desde las Trabajadoras y las Empleadoras” refleja que la mayor fuente de conflicto laboral deriva del trato con desprecio por ser indígena (33%), seguida por la prohibición de hablar alguna lengua indígena (25%), 14% ha recibido maltrato, 12% ha sufrido de acoso sexual y 11% ha sido tratada con desprecio.
Como si estuviéramos en el siglo XIX o en una sociedad sin leyes, el 7% ha sido golpeada y el 96% de las contrataciones de trabajadoras del hogar son “de palabra”. Las empleadoras menores de 35 años y de nivel socioeconómico medio alto son quienes más están en desacuerdo en formalizar la relación laboral. Es un sistema de explotación socialmente normalizado: 7 de cada 10 trabajadoras no tienen ninguna prestación formal, 7 de cada 10 ganan menos de 2 salarios mínimos, 8 de cada 10 no cuentan con una pensión para su retiro.

Encabezadas por admirables liderezas, entre ellas Marcelina Bautista y acompañadas notablemente por el CONAPRED, muchas trabajadoras del hogar se han organizado para pedir lo justo. Impulsan que México suscriba el tratado 189 de la OIT sobre trabajo doméstico. Proponen tener relaciones laborales formales, con contratos y con claridad en derechos y responsabilidades.

Si usted va a iniciar con un conjunto de descalificaciones como: son unas rateras, son unas flojas, son ignorantes y similares, le propongo que revise sus prejuicios. No vaya a ser que como las de Trump, sus palabras y sus hechos estén llenos de un odio que lastima, de una supremacía que aterra y de una insensibilidad que enfurece.

Hay que pelear sin tregua contra el racismo… empecemos, como diría Malena, con el que tenemos ahí cerquita.

***



Si además de “encabronarse” con Trump quieren tener más información y promover relaciones de trabajo doméstico justas, los invito a que visiten y recomienden: Hogar justo Hogar (https://www.facebook.com/Hogar-Justo-Hogar-786094411429584/)

http://aristeguinoticias.com/1711/mexico/el-racismo-de-aqui-cerquita/

lunes, 19 de septiembre de 2016

El racismo soterrado

La premisa fundamental del racismo (como lo vivimos en este continente) es que ser blanco es mejor que ser negro y esta idea está tan arraigada que hasta se convierte en un «gusto personal».


Por: Diego Rodríguez Eternod

En México, el racismo no es un problema. No está en la agenda política, ni en la opinión pública. Contados son las académicos o las instituciones que se dedican a estudiar el tema y, generalmente, lo hacen desde el indigenismo. Aquí no es como en Estados Unidos, en donde sí existen negros y blancos. Aparte de los indígenas, «que son muy pocos», todos las mexicanos somos mestizos y, como todos tenemos la misma raza, el racismo no es un asunto de interés público que sea necesario atender.

Las ideas anteriores son un mito de proporciones bíblicas. Sí, los indígenas son víctimas constantes del racismo. Pero eso no es todo el problema, sino solo una parte. Muchas personas morenas o negras, que no se consideran indígenas, también son víctimas del racismo. Los mexicanos no somos mestizos en el sentido histórico de la combinación de sangre indígena y española.

En el México colonial no solo habitaban indígenas y españoles, sino también africanos, asiáticos y otros europeos.[1] Los mulatos (hijos de españoles y negros) fueron la segunda «casta» más grande, después de los mestizos, durante el siglo XVIII. Así de grandes son nuestras raíces africanas. A partir de 1650, la inmigración forzada de esclavos disminuyó, por lo que la población negra y mulata dejó de existir prácticamente para 1800.[2] No obstante, que desaparecieran como «casta» no significa que fueron exterminados, sino que se mezclaron. El mito del mestizaje indígena-español, el cual fue construido después de la Independencia y reforzado en la época posrevolucionaria con el propósito de unificar a la nación, funcionó en la medida en que la raza no se ha considerado un «tema» en la agenda pública: los mexicanos no nos pensamos como un país multirracial, sino como un país con una sola raza (o un continuo racial indígena-español). Sin embargo, el mito fracasó porque no se desmontó el sistema racial construido en la Colonia: que «desaparezcan formalmente las razas» no significa que el racismo deje de existir.[3] El problema no es el mito en sí mismo. El problema es que el mito invisibiliza la discriminación racial.

En una ocasión que estaba con un amigo de la universidad en el automóvil, unos menonitas se acercaron a vendernos queso. Cuando la luz del semáforo se puso en verde, mi amigo me comentó que «los güeritos» —haciendo referencia a las personas blancas— «no deberían trabajar en la calle». «No se ve bien», me dijo. Yo no consideraba a mi amigo racista, pero por su comentario me di cuenta de lo naturalizado y arraigado que está el racismo en nosotros. Este ejemplo no muestra la discriminación de las personas negras o morenas en su más cruda expresión, pero sí muestra cómo el racismo pretende establecer los lugares y las funciones que a cada quien le corresponden en la sociedad: vender cosas en la calle no es de blancos, sino de indígenas, morenos o negros. El racismo puede ser sutil, pero es poderoso.


¿Cuántas veces han escuchado «pinche negro» o «pinche indio» en bromas o en ataques de furia en contra de personas muy morenas, negras o indígenas? En infinidad de ocasiones también he escuchado (en formas más complejas y disfrazadas) que alguien «está guapx porque está blanquitx». Evidentemente hay grados de racismo. No es lo mismo salir a la calle al estilo del Ku Klux Klan, que limitarse sistemáticamente a no escoger negros o muy morenos como parejas sexuales. Como políticamente está mal visto, el racismo adquiere formas más complejas y se esconde muchas veces detrás de «gustos personales». Pero no escoger negros o muy morenos como parejas sexuales, por ejemplo, es racista. La premisa fundamental del racismo (como lo vivimos en este continente) es que ser blanco es mejor que ser negro y esta idea está tan arraigada que hasta se convierte en un «gusto personal». (Para los tele-adictos, la primera temporada deAmerican Crime, disponible en Netflix, es un gran ejemplo de las formas y los grados de racismo en el contexto gringo).
La raza, al igual que el género, es un sistema de poder y de dominación que estructura la vida de las personas. Concretamente, la raza es una construcción social sin ningún fundamento científico, que clasifica a las personas por su apariencia (fenotipo), especialmente por su color de piel, y existe en la medida en que le atribuimos significados y la utilizamos en nuestras vidas.[4]

Los sistemas de control social no operan por separado. La raza, el género y la clase son sistemas que continuamente interaccionan y se traslapan. Por ejemplo, es «curioso» cómo en las colonias más ricas, en general, viven las personas más blancas o cómo las trabajadoras domésticas, que son principalmente mujeres, pobres y morenas, son de los grupos más discriminados en este país. Así, para poder comprender las dinámicas del racismo, es necesario estudiarlo en conjunto con otros sistemas y no como sistemas de poder separados.
El racismo es un problema porque afecta la vida de las personas: se utiliza para negar beneficios o derechos a unos, al mismo tiempo que privilegia a otros. No reconocer la sangre negra de México significa no admitir una parte importante de nuestro origen y de nuestra identidad, y significa no reconocer que a las personas de piel oscura —y no solo los indígenas— son víctimas de discriminación racial. Necesitamos académicos, instituciones gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil que estudien y combatan las consecuencias de quinientos años de racismo. Necesitamos hacer del racismo un problema.

* Diego Rodríguez Eternod es Licenciado en Políticas Públicas por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y miembro del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos (@DSyR).


[1] Las Filipinas también fueron una colonia española, por lo que durante la Colonia llegó a México un grupo importante de filipinos. Ver: Douglas Cope, The Limits of Racial Domination: Plebeian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720 (Madison: The University of Wisconsin Press, 1994). En México también se establecieron colonias de chinos en el norte del país. Ver: José Luis Trueba Lara,Los chinos en Sonora: una historia olvidada (Hermosillo: Universidad de Sonora, 1990).
[2] Cope, The Limits of Racial Domination, 83.
[3] Abril Saldaña Tejeda, “Racismo, proximidad y mestizaje: el caso de las mujeres en el servicio doméstico en México”, Trayectorias, número 37 (julio-diciembre 2013): 78.
[4] Saldaña, Racismo, proximidad y mestizaje, 76-77.

miércoles, 1 de junio de 2016

El “error” de Jacinta: ser mujer, ser indígena, ser pobre

Alegatos por Miguel Pulido


Hay injusticias que tendrían que ser simplemente inaceptables. Por ejemplo, la violencia institucional contra los más débiles. Así es la historia de Jacinta Francisco Marcial, quien la ha experimentado en carne propia.
En forzado resumen, su historia es esta:
Todo empezó el 26 de marzo de 2006 cuando seis agentes sin uniforme confiscaron en un tianguis mercancía que alegaban era piratería. Los tianguistas protestaron, se armó una trifulca y, al ser retenidos y sometidos por los comerciantes, los agentes se vieron obligados a pedir ayuda.

Sus jefes llegaron al lugar y negociaron pagar en efectivo los daños causados. Como garantía de que regresarían, un agente se quedó con los comerciantes.

Pero… cinco meses después tres mujeres indígenas fueron detenidas y acusadas de haber secuestrado a esos seis agentes durante el operativo.

Desacostumbrada a que las averiguaciones previas sean resultado de la investigación y se sustenten en evidencia, la PGR acusó a estas 3 indígenas ñhä-ñhú (otomíes) con una fotografía publicada en un diario local y declaraciones contradictorias de los propios agentes involucrados en la gresca.

Entonces, los nombres de Jacinta (Francisco), Teresa (González) y Alberta (Alcántara)alcanzaron notoriedad pública. Primero por ser objeto de una acusación que se debatía entre lo ridículo y lo inverosímil. ¿Cómo 3 mujeres indígenas vendedoras de un mercado público habían sido capaces de someter y retener por la fuerza a 6 agentes de una corporación policial federal?

Después, sus nombres volvieron a tomar relevancia cuando se conocieron los detalles de la forma tan absurda en la que se les condenó. Se trató de un proceso que fue acumulando irregularidades y barbaridades por igual.
A la fabricación de delitos y culpables le siguieron omisiones gravísimas. En el caso de Jacinta, los peritajes demostraron al momento de su detención su comprensión del español era menos del 20%.

Ningún intérprete la asistió ni durante su declaración preparatoria, ni durante las demás diligencias del juicio. Jacinta participó en un juicio sin comprender qué sucedía, de qué se le acusaba y por qué. A pesar de ello fue condenada a 21 años de prisión y a pagar una multa de 90 mil pesos.

La versión corta es que Jacinta pasó 3 años en la cárcel por un delito que no cometió. La realidad es que esto fue posible por niveles de discriminación estructural, por el descontrol con el que se ejerce el poder y por la falta de profesionalismo de las instituciones de justicia.
Su historia (como la de Alberta y Teresa) tendría que ser excepcional. Extraordinaria. Errores tan garrafales como escasos. Pero no es así.

En marzo pasado, la Comisión Para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas reconoció que más de 9,000 indígenas están presos por la falta de intérpretes.

Un estudio del CIDE reconoce que el 75% de las personas presas son las que no tuvieron para pagar un defensor particular, es decir, tuvieron un defensor de oficio. Un alto porcentaje de ellas son inocentes o podrían estar libres de haber contado con una defensa adecuada.

Tenemos un sistema que no sólo es incapaz de respetar derechos, sino que se ensaña con los más débiles. Con los indígenas. Con los pobres. Con las mujeres. El caso de Jacinta, es apenas un botón de muestra.

En cambio, lo que sí es excepcional es la lucha que Jacinta ha seguido por la justicia. O por desatornillar aunque sea un poco la injusticia.

Jacinta ha ganado todas y cada una de las batallas que ha tenido contra la PGR. Acompañada por las abogadas y abogados del Centro Pro, primero fue liberada cuando la Suprema Corte de Justicia enmendó la plana del desastroso proceso en su contra. Eso fue en 2009.
Después, en 2014, ganó una resolución histórica ante el Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa que ordena a la PGR que se le repare el daño causado por la acusación infame de la que fue víctima.

Hace apenas unos días, 9 años después de que la PGR se ensañara con ella, Jacinta volvió a ganar una resolución en contra de la Procuraduría. Un nuevo Tribunal (un Colegiado de Circuito, cuyas resoluciones son definitivas e inapelables) ha condenado a la PGR a cumplir con las medidas de reparación del daño.

Pero las sencillas palabras de Jacinta han dejado claro que lo que ella vivió es una injustica irreparable. El caso de Jacinta nos deja durísimas lecciones de nuestro sistema judicial y de la fragilidad de los ciudadanos frente a las instituciones que tendrían que protegernos.
Ella ha puesto ya un ejemplo de dignidad, honestidad y valor.

Nos toca al resto de nosotros pelear para que la PGR y otras instituciones guarden de una vez por todas ese manual con el que operan… el manual de la violencia institucional, o la guía de la perfecta injusticia.

http://aristeguinoticias.com/2705/mexico/el-error-de-jacinta-ser-mujer-ser-indigena-ser-pobre/




jueves, 19 de mayo de 2016

Alfabeto racista mexicano (IV)

Alfabeto racista mexicano (IV)

En México la estratificación social está marcada por el color de piel, es decir, la discriminación practicada por los grupos privilegiados obstaculiza el ascenso social de las personas con piel morena.

| Diccionario Racismo

Cuarta entrega de la serie.

Indígenas

En días recientes una diputada local priista del estado de Guanajuato, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos y Atención a Grupos Vulnerables, respondió con estas palabras a un grupo de conciudadanas suyas, hablantes de pame y chichimeco jonás, que acudieron a solicitarle apoyo para el desarrollo de empresas propias y para tener acceso mejores oportunidades educativas (ver Kapitalismo):
No me las imagino en una fábrica, no me las imagino haciendo el aseo de un edificio, no me las imagino detrás de un escritorio, yo me las imagino en el campo, yo las creo en sus casas haciendo artesanías, yo las pienso y las visualizo haciendo el trabajo de sus comunidades indígenas. Y sé que eso es lo que ustedes quisieran realizar y hacer. […] Porque si ustedes deciden abandonar sus tierras y tradiciones, el pueblo mexicano nos quedamos sin nuestras raíces.
Esta cándida declaración muestra cómo amplios grupos de nuestra sociedad mantienen un imaginario colonial de castas en que los indios deben resignarse a ser felizmente la posición más humilde de la sociedad (ver este artículo sobre el gobernador de Chiapas y su esposa). Al mismo tiempo, la reacción generalizada de indignación en las redes sociales y en la prensa es un indicio alentador de la creciente conciencia social contra la discriminación que son objeto los pueblos indígenas de nuestro país. Tal vez sea esta una de las secuelas más duraderas y positivas del movimiento zapatista de hace dos décadas.
La explosión social, política y mediática de 1994 conquistó un lugar incuestionable para los indígenas en el panorama social mexicano, que ha sido mantenido y expandido por la movilización paralela y constante de centenares de grupos e iniciativas políticas y culturales procedentes de los más variados pueblos y animadas por agendas igualmente diversas.
Por ello, y no por ninguna generosidad de nuestra parte, muchos mexicanos hemos reconocido su existencia y sus derechos culturales –que se han incluido, incluso, en la Constitución. Esta es una posición infinitamente mejor a la que ocupaban hace cinco décadas, cuando el Estado propugnaba su integración racial y su etnocidio por medio del indigenismo. Hoy, grupos como los huicholes o los mayas de Chiapas disfrutan de un alto grado de “carisma étnico”: la sociedad mexicana y mundial valora en gran medida sus manifestaciones culturales, sus producciones artísticas y sus demandas políticas.
No obstante, los indígenas del siglo XXI siguen siendo asediados por las más variadas formas de racismo y discriminación.
Para empezar son el grupo social con menor ingreso, con menos acceso a los servicios públicos y a la justicia. Para mostrarlo presento un solo dato: el sueldo mensual promedio de los jornaleros agrícolas indígenas en México (una de las ocupaciones más frecuentes de las mujeres, los hombres y los niños de estos pueblos) es de apenas 900 pesos, la mitad exactamente de lo que ganan los que no son indígenas (Desigualdad Extrema en México, informe de Oxfam México).
En las ciudades de todo el país viven hoy millones de hablantes de lenguas indígenas que son objeto de discriminaciones muy diversas. Sus vestimentas tradicionales les pueden servir para vender “artesanías”, pero nunca para conseguir un trabajo o entrar a un establecimiento comercial. ¿Por qué en Estados Unidos, ese país que tanto nos gusta criticar por racista, los migrantes pueden tener una estación de radio en su idioma y no en la Ciudad de México, o en Sinaloa, o en Baja California?
Las mujeres indígenas padecen una auténtica constelación de discriminaciones: de género, raciales, lingüísticas, educativas, religiosas, políticas, muchas de ellas practicadas por sus propias familias y sus propias comunidades (si bien hay también excepciones como la comunidad de Guelatao en Oaxaca).
También me parece que existe en nuestro país otra forma de discriminación contra las mujeres y hombres indígenas, menos negativa desde luego, pero que también amenaza con privarlos de su autonomía y capacidad de acción (una de las consecuencias negativas de todo racismo). De manera pedestre, la cita de la diputada hacía eco de una visión idealizadora que coloca a los pueblos indígenas en una realidad “diferente” a la nuestra, que los quiere auténticos y ecologistas, cercanos a la tierra, místicos, custodios obligados de la tradición milenaria de un México profundo que no debe cambiar para que nosotros, los “mestizos” (ver Mestizo), sí podamos seguir cambiando.
Aun con la mejor de las voluntades, esta posición encasilla a los indígenas, les niega la posibilidad de cambiar e incorporar a sus culturas y a sus forma de vida los elementos modernos que nosotros tanto valoramos. Así lamentamos que “pierdan” su lengua, pero tampoco les damos chance de hablar “bien” español o inglés; nos quejamos de que ya no usen sus “trajes”, porque no concebimos que puedan ser punks. Tampoco concebimos que puedan programar computadoras, como los ciberactivistas mixes y zapotecos.
En suma, queremos que sigan diferentes, pero de acuerdo con la manera en que nosotros definimos la diferencia, que no cambien porque eso sería una traición a nuestro ideal de pureza.

Judíos

Hace unos años, una pareja de amigos me contaron la siguiente anécdota. Viajando en Israel, él conoció a un joven amigable y cuando le contó que venía de México, él le dijo con visible resentimiento: “Yo sé que a los judíos les va muy bien en México, que tienen mucho dinero. Pero no se confíen, algún día también ahí serán perseguidos y tendrán que huir, perdiéndolo todo.” Cuando mi amigo expresó su franco desconcierto ante esta ominosa predicción, su mujer, nacida en el Medio Oriente, asintió con fatalismo para darle la razón al desconocido. Sin embargo, añadió que por el momento los mexicanos no le parecían muy proclives a actuar violentamente a causa del odio, ni a los judíos ni a nadie.
A lo largo de los años he escuchado diversos comentarios antisemitas, de personas más o menos educadas en México. Unos extrapolaban una experiencia particular con una persona a una condena más general de su “grupo” o “raza”. En otros casos se trataba de prejuicios que fueron “confirmados”, casi inevitablemente como sucede con los estereotipos, en la interacción con las personas que ya habían sido encasilladas por ellos. Un ejemplo particularmente repulsivo del funcionamiento de este antisemitismo nacional lo encontramos en este oficio girado por un funcionario migratorio mexicano en 1934 para negarle la entrada al país a un refugiado judío:
[Debe evitarse] la colonización del territorio de Baja California, a base del elemento extranjero, y menos del elemento judío, cuya arrogancia y orgullo raciales son universalmente conocidos, y han provocado graves conflictos en otras naciones.
No solamente en época de crisis, sino en cualquier época normal, debe buscarse de preferencia la inmigración susceptible de asimilación a nuestro medio y la adaptación a nuestras costumbres y a nuestras leyes, y salta de manifiesto que en este caso no se encuentra la inmigración judía.
Según la mezquina visión de este burócrata los judíos eran culpables incluso de las persecuciones a las que los sometían los nazis y otros gobiernos intolerantes. Pese a ello México sí dejó entrar a otros muchos refugiados de este pueblo, aunque nunca dejó de observarlos con un cierto recelo. El antisemitismo, según nos dicen los académicos, no llegó a cuajar en un movimiento fuerte, ni ha desencadenado los programas vaticinados por la envidia de ese joven israelí (ver, por ejemplo, los textos de Pablo Yankelevich). En nuestro país, en general, el odio racial, puro y simple, no ha sido el motor de partidos o regímenes políticos. Toquemos madera, pero no olvidemos que la xenofobia (particularmente contra los chinos, ver Sinofobia) y la misoginia sí han desencadenado violencias más serias. Reconozcamos también que mientras no hagamos una autocrítica sincera de nuestras maneras de discriminar, la amenaza no dejará de estar latente.
Por otro lado, en mi larga convivencia con diversos miembros de la comunidad judía he aprendido las maneras sutiles y no tan sutiles como se dividen entre sí. Recuerdo todavía la manera en que un amigo ilustrado menospreció a una colega suyo con la frase: “seguro sus abuelos todavía comían cebollas en el gueto”. También aprendí la distinción entre “idish” y “shajatos”, en que los segundos son objeto frecuente de escarnio y desprecio por sus orígenes no tan europeos. El léxico judío latinoamericano define así este término:
“palabra degradante para shamis y halebis; alguien prepotente (MEX)”; frases ejemplares: “Es muy shajato gritar así al mesero”; Etimología: del árabe: “sandalia o chancla que llevaban los hombres en el mercado”.
 Como el término naco (ver artículo), este término combina de manera aviesa una designación relativa al origen, o “raza”, de una persona o grupo, con un defecto de carácter, la prepotencia. Por ello mis amigos que lo empleaban con un tono claramente despectivo, argumentaban, como quienes defienden el primer término, que no se referían a personas de cierta proveniencia sino a una “forma de ser”. Durante años pensé que esta clasificación era universal, pero colegas de otras latitudes me han aclarado que es endémica de la comunidad de nuestro país. Otra cereza en nuestro pastel tricolor de discriminaciones y prejuicios.

Kapitalismo

(Me atengo a los usos de Horizontal, y a la tradición de Eduardo del Río.)
Comienzo con la increíble y triste historia de la güerita limosnera. En octubre de 2012 un conductor de Guadalajara encontró en una esquina de esa ciudad a una niña rubia y de ojos claros que mendigaba entre otros chiquillos y adultos de piel más morena. Esto le produjo tal sorpresa que dedujo de inmediato que la güerita debía haber sido víctima de un secuestro. Sin vacilar, le tomó una foto con su celular y acudió a la policía para denunciar el presunto delito. Cuando las autoridades le informaron que solo podían atender una queja de los parientes de la menor, el preocupado automovilista “posteó” la foto en su página de Facebook para intentar localizar a la familia de la niña. En el texto explicaba su recelo de que ella fuera rubia y sus “papás” (así, entre comillas) fueran morenos y su sospecha o más bien certeza de que había sido “secuestrada, trasquilada y quién sabe qué otras cosas”. En un fin de semana la imagen se “viralizó”, siendo compartida más de sesenta mil veces. Otra mujer aventuró: “si lo pueden ver con lupa la niña se ve que tiene poco de haber sido raptada ya que su vestimenta y su apariencia es de una niña nutrida y de casa”. Según este razonamiento la evidencia misma de que la niña era bien atendida por sus familiares confirmaba que había sido víctima de un secuestro.
Orillados por esta pequeña tormenta en las redes sociales, las autoridades de la ciudad detuvieron a la “güerita” y a sus hermano, a su mamá y a su tía. La madre explicó que la niña tenía el cabello claro porque su padre era un turista de Estados Unidos y exhibió el acta de nacimiento que acreditaba legalmente su maternidad de sus dos hijos. Pese a ello, el DIF separó a la familia. Ni siquiera las pruebas forzosas de ADN que confirmaron la filiación fueron suficientes para que regresaran a los niños a la custodia legal de su madre. A esas alturas las autoridades argüían que ella era negligente porque los obligaba a pedir limosna; consideración que, sin embargo, no las ha conducido a detener a todos los padres de niños pordioseros la ciudad de Guadalajara. Solo al cabo de nueve meses de separación forzosa y arbitraria, la madre pudo recuperar la custodia de su hija.
Esta lamentable anécdota nos confirma lo que todos sabemos: en México la pobreza tiene piel morena. Los automovilistas que cada día pasan con naturalidad o indiferencia frente a decenas, si no es que centenares, de niños limosneros de piel morena y cabello oscuro, estallaron en una tormenta de preocupaciones al encontrar a una “güerita” en esa triste condición. Las historias de secuestro y abuso que tejieron para explicar tal imposibilidad dicen mucho también de la visión que tienen del sector más marginado de nuestra sociedad: no solo son pobres y prietos, sino también criminales y abusadores.
La racialización de la desigualdad económica de nuestro kapitalismo es confirmada por un estudio sociológico de Andrés Villarreal de 2010. El profesor de la Universidad de Maryland aprovechó la encuesta nacional de electores realizada por el IFE en 2005 para cruzar la información sobre su condición socioeconómica con el color de piel de los encuestados. La muestra es suficientemente amplia y representativa para darnos un panorama confiable de la sociedad mexicana, y los hallazgos de Villarreal son contundentes:
1) La distinción de los encuestados por su color de piel (20% fueron definidos como blancos, 50% como morenos claros y 30% como morenos oscuros) fue consistente a lo largo de las etapas de la encuesta. Esto confirma que los mexicanos estamos acostumbrados a clasificar a las personas por su aspecto físico. Significativamente, la distinción entre personas con piel blanca y morena es más consistente y tajante que la que existe entre personas con piel morena clara y morena oscura.
2) Hay una clara correlación clara entre el color de piel y el nivel educativo: las personas con piel morena clara tienen 30% menos probabilidad, según el estudio, de tener educación superior que las de piel blanca; las de piel morena oscura tienen 58% menos probabilidad.
3) Las mismas diferencias por color de piel se encuentran en el trabajo. 91% de los trabajadores manuales tienen piel morena (clara u obscura) y solo el 9% tienen piel blanca. En contraste, 28% de los profesionistas tienen la piel blanca. En la categoría más alta, personas que son dueñas de un negocio con más de 10 empleados, la muestra casi no encontró a personas con piel morena oscura, mientras que el 45% tenían la piel blanca.
4) También la pobreza y la riqueza se reparten de manera diferente por el color de piel. Las personas de piel morena oscura tienen 51% menos de probabilidad de ser ricas que las personas de piel blanca. Sin embargo, Villarreal no encontró evidencias de que las personas con piel morena en su conjunto (80% de la población) tengan más probabilidades de ser pobres, si tomamos en cuenta otros factores como su nivel educativo y su ocupación. Esto lo llevó a concluir que si bien las personas de piel más oscura pueden escapar de la pobreza (por medio de la educación y el avance profesional), tienen menos posibilidades de ser aceptados en los círculos más ricos de la sociedad. En otras palabras, la discriminación practicada por los grupos privilegiados del país puede ser un obstáculo al ascenso social de las personas con piel morena (ver Whiteness/Blancura).
5) El estudio de Villarreal sugiere que la diferencia de nivel socioeconómico entre personas con piel más blanca y más morena tiene como factor principal, pero no único, la diferencia en su acceso a la educación, es decir, a un servicio público. En este caso (como en el de Ayotzinapa, a mi juicio) podemos afirmar entonces que sí “Fue el Estado”: pues es él quien discrimina de manera generalizada a las personas más pobres (que tienen en general la piel más oscura) limitando su acceso a la educación y otros servicios de calidad. Tal vez nuestro Estado no sea estructuralmente racista, pero la única defensa que le queda es que es irremediablemente inepto (aunque las declaraciones, por ejemplo, que hizo Rosario Robles, antes encargada de los programas sociales del país, sobre las familias indígenas con más de tres hijos sí rayan en el terreno del racismo abierto).
6) Las conclusiones de Villarreal merecen ser citadas:
Las diferencias en la condición socioeconómica entre los mexicanos con diferente color de piel son realmente grandes […] comparables a las que existen entre los africanoamericanos y los blancos en Estados Unidos.
Volviendo a nuestra increíble y triste historia: el automovilista que desató el escándalo que condujo al brutal atropello de los derechos de la niña limosnera y de su familia negó en todo momento haber sido impulsado por el racismo. No tengo ninguna razón para dudarlo. Después de todo el hecho de que la pobreza en nuestro país tenga la piel morena no es un asunto de prejuicios privados, ni de sesgos cognitivos de personas resentidas, sino es una realidad social innegable, producto de siglos y décadas de desigualdades y explotación, perpetuada por prácticas discriminatorias, acentuada por políticas públicas fallidas. Reconocer esto debería hacer dudar a quienes disculpan nuestro racismo alegando que no es tan grave como el de Estados Unidos o Sudáfrica (ver U de Universal).
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