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sábado, 8 de mayo de 2010

El racismo en México

Por Agustín Basave

No nos gusta admitirlo, pero en México hay racismo. A contrapelo de una educación pública formalmente indigenista e hispanófoba, y con mucha mayor eficacia, se difunden en nuestra sociedad paradigmas culturales y arquetipos estético eróticos que denigran a la gran mayoría de nuestra población. Contra la visión escrita de los vencidos se impone la historia oral de los vencedores. Los libros de texto gratuitos no han podido contrarrestar el influjo de muchas generaciones de criollos privilegiados, apuntalados por los publicistas y por los guionistas y los encargados del casting de las telenovelas. Ya no se publicita cínicamente a “la rubia Superior” pero se sigue vendiendo la misma fórmula: blancura igual a belleza, inteligencia y riqueza.

El fenómeno se origina en el encontronazo entre dos mundos y sus secuelas. Los españoles derrotaron a los indios y los sojuzgaron, quedando unos en condición de patrones y otros en calidad de sirvientes. Los descendientes de ambos conservaron, en mayor o menor medida y salvo pocas excepciones, esos papeles. Durante más de cuatro siglos quienes han acaparado el dinero y la educación tienen pinta de europeos, y los que han cargado con la pobreza y la ignorancia se parecen más a los indígenas. Ante a esa realidad, tan lacerante como ostensible, la discriminación y el complejo de inferioridad proliferan. No es fácil para los mestizos desechar las pretensiones de los criollos de ser los poseedores de la virtud absoluta, cuando los hechos con los que se topan en su vida cotidiana les reiteran que siguen perdiendo la batalla por los mejores espacios socioeconómicos, políticos y culturales. Entre los desfavorecidos hay quienes se dan cuenta de que el terreno de juego no es parejo, de que no hay igualdad de oportunidades, pero muchos otros simplemente se allanan a la injusticia. Desarrollan así aspiraciones antinaturales y caen consciente o inconscientemente en la frustración.

El tema es tabú. A los mexicanos nos gusta pensar que no somos racistas, que ése es un estigma de otros países. Pero la verdad es que aquí el racismo no sólo existe sino que en cierto modo es peor que el que prevalece, por ejemplo, en Estados Unidos o Europa, porque allá se trata de mayorías que discriminan minorías mientras que aquí es a la inversa. Sí, tenemos una suerte de apartheid informal cuyas bases no son las leyes sino las reglas no escritas. Y es que permanece la correlación entre raza y clase que Andrés Molina Enríquez describió en Los grandes problemas nacionales: casi todos los criollos somos burgueses y casi todos los burgueses somos criollos, como en su inmensa mayoría la población indomestiza y el proletariado son lo mismo. Y esa inequidad es causa y efecto de los más destructivos, nefastos y estúpidos prejuicios.

En México el criollo es rico y el indomestizo es pobre. Si observamos nuestra pirámide social podemos apreciar la correlación: el vértice lo monopolizan los mexicanos de raza blanca, cuyo número disminuye conforme baja el ingreso en la misma proporción en que aumenta, hasta colmar la base, el de los mexicanos morenos. Quien niega esta realidad aduciendo la dificultad de distinguir unos de otros se engaña a sí mismo. Es evidente que en las élites partidistas, empresariales y hasta sindicales predomina el criollaje. El fenómeno es un poco menos obvio en la jerarquía eclesiástica y, sobre todo, en la cúpula militar, porque afortunadamente nuestras Fuerzas Armadas no tienen la raigambre aristocrática de otros ejércitos latinoamericanos. Pero aún en esas dos instituciones las excepciones confirman la regla.

Ahora bien, denunciar nuestro racismo presupone demostrar que aquí la pigmentación cutánea y la fisonomía inciden en el ascenso social. Y es que habrá quien argumente que las causas de la segregación mexicana son meramente históricas, que se limitan a la continuación de la división socioétnica que mencioné anteriormente. El argumento es endeble, sin embargo, porque lo que distingue a una sociedad de clases de una estructura de castas es precisamente la capilaridad. En cualquier país capitalista es difícil que una persona nazca pobre y muera rica, pero la dificultad es menor si no hay barreras de discriminación racial que desnivelen más la cancha de las oportunidades. Y creo que es evidente que en México los indomestizos, por el sólo hecho de serlo, tienen una desventaja que los criollos sólo experimentamos las pocas veces que nos toca padecer la otra cara de la moneda racista.

Podría decirse que algo similar ocurre en Estados Unidos y en Europa, y es verdad. La diferencia es que allá, además de pobres negros, asiáticos o latinos, hay muchos pobres blancos; de hecho hay ocasiones en que la única forma de distinguir en un restaurante caro a un mesero de un comensal es la ropa que uno y otro traen puesta. Aquí no. Cuéntense en los comederos elegantes de México los clientes mestizos y los empleados criollos, o cuéntense en los barrios proletarios a los vecinos criollos y en las colonias de lujo a los residentes mestizos. Sobran dedos de la mano. Y el ejercicio puede realizarse en cualquier ciudad del país, porque la migración ha borrado la supuesta diferencia entre el México conquistado del sur y el México colonizado de norte.

Entre muchos mexicanos la palabra “indio” sigue siendo un insulto, sinónimo de hombre incivilizado o tonto. Las etimologías del vocablo “naco” están asociadas al mundo prehispánico. Y en la sexualidad, nuestros paradigmas estéticos son mediterráneos o nórdicos, no mestizoamericanos. Cuando la soberbia ignara lleva a decir que una mujer “tiene tipo corriente” o “parece sirvienta” quiere decirse que posee facciones indígenas, y si se califica a un hombre como “distinguido” es porque tiene rasgos norteamericanos o europeos. Peor aún, en la advertencia a quienes buscan ciertos empleos (“se requiere buena presentación”) el mensaje implícito es que a mayor aspecto caucásico mayores probabilidades de obtener el trabajo. Y qué decir de aquellos letreros de “nos reservamos el derecho de admisión” que se despliegan en centros nocturnos; pregúntese en corto a quienes aplican el filtro si el color de tez de los candidatos a entrar influye o no en su criterio.

Conste que hablo de un mal de muchos. He aquí lo más grave de nuestro racismo: ya no sólo se incuba sólo en la minoría criolla sino incluso dentro de la mismísima mayoría mestiza, lo cual explica nuestro complejo de inferioridad. Que un criollo celebre a un inmigrante por su blancura y no por sus cualidades aduciendo que “hay que mejorar la raza” es una señal de imbecilidad, pero que lo haga un mestizo es un síntoma de degradación social. Y eso sucede con mayor o menor disimulo. Se trata de una interpretación de la realidad que se ha popularizado: aunque la historia oficial exalta al indio muerto por el esplendor de sus civilizaciones, las reglas del social-climbing vilipendian al indio vivo por su miseria. Se ha inculcado así en algunos mestizos una pulsión aspiracional que los hace soñar no sólo con ganar más dinero sino también con blanquear su descendencia, como algunos orientales anhelan operarse sus ojos rasgados para parecer occidentales. Si eso no es un instinto autodestructivo, no sé qué sea.

México es un país habitado por una mayoría mestiza. En el mestizaje cultural reside el germen de nuestra identidad y de nuestra grandeza, aunque les pese a algunos multiculturalistas. Es autodenigrante que nuestra televisión y nuestros referentes sociales privilegien, a veces más que los europeos o norteamericanos, arquetipos de minorías, y es absurdo que haya quien piense que la población criolla es más bella o inteligente que la indomestiza. Hace más de medio siglo se superaron las falacias de que la raza es la variable que determina el progreso humano y de que hay grupos raciales superiores e inferiores. Mientras persistan entre nosotros esos prejuicios y nos empeñemos en mantenerlos como el secreto mejor guardado vamos a alentar el suicidio nacional. La solución es resolver nuestra crisis identitaria y cimentar la autoestima de nuestro pueblo mediante la educación, la formal y la informal. Sólo así podremos acabar de una vez por todas con el racismo mexicano.

martes, 6 de noviembre de 2007

Tus derechos en el antro

Al acudir a una disco toma en cuenta que no pueden seleccionarte al entrar, ni tampoco condicionarte la mesa por el consumo. Los precios deben estar a la vista o en la carta

Rubén Castro / ELUNIVERSAL.com.mx
El Universal
Jueves 28 de diciembre de 2006


Una noche en la capital dos grupos de amigos decidieron, cada quien por su lado, ir a bailar en uno de los diversos antros que existen en la ciudad.

El primer grupo, compuesto por tres empleados de oficina, arribó a un bar al sur de la ciudad. La mesa que les dieron fue con la condición de consumir una botella que superaba los mil pesos y además de dudosa procedencia, ya que carecía de etiqueta.

Al segundo grupo no le fue mejor: tres estudiantes universitarias ni siquiera pudieron entrar a una disco al poniente de la capital. El motivo: una de ellas era morena, además de que vestía con jeans y tenis, por lo que le dieron el “visto malo”.

Por desgracia, ambas historias fueron reales, aunque tal vez lo más grave es que ninguno de ellos denunció tales acciones ante las autoridades, más allá de externar su molestia a los encargados y retirarse del lugar.

No sólo en fechas de alta demanda para discotecas, tal como lo fue el periodo de posadas y ahora el año nuevo, es importante conocer los derechos que tienes al asistir a este tipo de establecimientos.

La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) da a conocer cinco derechos básicos que tienen los consumidores al momento de acudir a un antro:

  • No pueden seleccionarte al entrar
  • No pueden condicionarte la mesa por el consumo de algo
  • Los precios deben estar a la vista o en la carta
  • El consumo mínimo no es válido
  • No te pueden cobrar el servicio o exigirte propina (es voluntaria)

    Si no te respetan alguno de estos derechos puedes denunciar el abuso llamando al Teléfono del Consumidor: 01-800-468-8722. También puedes acercarte a la Delegación Profeco más cercana.

    Al presentar tu queja deberás indicar tu nombre, dirección, teléfono, datos del proveedor, motivo de tu denuncia, fecha y hora; si cuentas con nota o factura que avale tu denuncia anéxala. La Procuraduría destaca que tu denuncia es confidencial.

    La idea original de orientar a los consumidores sobre sus derechos en los antros fue de la Delegación Profeco en Puebla.

    El objetivo del programa, según explican, es evitar privilegios en las discotecas, ya que “nosotros somos los clientes y todos deben ser tratados de la misma manera”.

    Lo anterior está estipulado en la Ley Federal de Protección al Consumidor.

    Botella que no has de beber....

    Por lo regular, en estas fechas la Procuraduría Federal del Consumidor implementa un programa especial que incluye visitas de verificación a discotecas, centros nocturnos y restaurantes.

    De cualquier manera, al momento de adquirir cualquier tipo de bebida alcohólica es importante seguir una serie de recomendaciones por parte de Profeco. Las mismas también aplican para la compra fuera de un antro, tal como vinaterías:

  • Verifica que la tapa de la botella esté perfectamente cerrada y que ésta cuente con los sellos correspondientes.
  • Desconfía de los precios excesivamente bajos. Si te ofrecen un producto por debajo del precio promedio, de ninguna manera puede ser una bebida original.
  • No olvides que las llamadas “bebidas pirata” representan un serio riesgo para la salud de quien las consume.
  • En el caso del Tequila, verifica que la botella incluya en su etiqueta principal la palabra Tequila en forma destacada y legible, categoría a la que pertenece (100% de agave o 100% puro de agave) y tipo (blanco, joven u oro, reposado y añejo).
  • Asegúrate de que incluya además el contenido neto, porcentaje de alcohol y marca registrada.
  • Asimismo, revisa la información adicional que algunos productores incluyen -aunque la NOM no los obliga a hacerlo-, tales como nombre o razón social del productor o de la fábrica autorizada, domicilio, la leyenda “Hecho en México”, contraseña oficial, lote, leyenda precautoria y logotipo de envasado de origen.

    Como te ven ¿te tratan?

    Tal como le sucedió al trío de estudiantes, negarte el acceso a un lugar de esparcimiento por tus rasgos físicos o incluso por tu forma de vestir es un acto fuera de la ley.

    Según define la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal la discriminación racial es “toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivo de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto anular o menoscabar el reconocimiento de los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

    México ratificó la Convención Internacional sobre la eliminación de este problema. En el artículo 133 de la Constitución se estipula que la convención es parte del derecho positivo mexicano, por lo que el Estado está obligado a respetarla y garantizarla a través de mecanismos de protección accesibles y efectivos.

    Puedes visitar la página de la Comisión para aclarar tus dudas al respecto: www.cdhdf.org.mx.

  • http://www.el-universal.com.mx/tudinero/1955.html