lunes, 21 de septiembre de 2015
ENTREVISTA | Es molesto el racismo de la televisión mexicana, dice la actriz Iazua Larios
martes, 21 de julio de 2015
"NO SE TE OLVIDE QUE ERES UN INDIO", ARGUMENTO PARA EXPULSAR A UNIVERSITARIO
LUNES, 13 DE JULIO DE 2015
Floriberto Nuñez Martínez, un joven universitario, fue dado de baja de su licenciatura, debido a su origen indígena, por el secretario académico de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas
Hace cuatro días se lanzó una petición a través de la plataforma Change.org para solicitar que el ingeniero Roberto Domínguez Castellanos, rector de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, permita a Floriberto Nuñez Martínez, un estudiante indígena, concluir sus estudios de Odontología.
El joven estudiaba la carrera en esta institución, y para sostenerse, vendía cacahuates y habas, además de trabajar en la cafetería de la universidad. Sin embargo, fueron constantes las trabas que el personal le ponía. Una de ellas, por ejemplo, era que su español "no era suficientemente bueno" para poder seguir cursando sus estudios académicos. Y es que su lengua natal es al tzeltal.
Por esta razón, el universitario fue dado de baja temporalmente, por lo que acudió con Pedro García Rentería, el también iniciador de la petición y profesor de Español, para mejorar su pronunciación.
A la par de esta situación, sus pagos por laborar en la cafetería fueron detenidos, por lo que exigió que se le pagara lo que le correspondía. Sin embargo, las autoridades de la universidad le comunicaron que ya había sido dado de baja definitivamente de la licenciatura.
Floriberto Nuñez acudió al gobierno del estado, que a su vez solicitó al rector que lo reinscribiera. Cuando el joven se presentó a la cita con el secretario académico de la universidad, éste le comentó: "No se te olvide que eres un indio", para recalcarle que no podría continuar con sus estudios.
Hasta el momento la petición cuenta con 17 mil 493 firmas por lo que faltan siete mil 507 firmas para llegar a la meta de 25 mil. Se pretende que se respeten los derechos del joven estudiante de Odontología.
Puedes encontrar aquí la petición
http://www.domingoeluniversal.mx/historias/detalle/%22No+se+te+olvide+que+eres+un+indio%22,+argumento+para+expulsar+a+universitario-4019
domingo, 9 de febrero de 2014
La Rebel realiza insultos racistas
domingo, 10 de noviembre de 2013
Aeromexico discrimina a indígenas de Oaxaca, les niegan abordar avión
07 Noviembre 2013
Oaxaca.- La línea Aeroméxico discriminó a un grupo de siete indígenas provenientes de Sola de Vega y San Jacinto Tlacotepec, Oaxaca, al impedirles abordar el avión cuando ya habían adquirido sus boletos para viajar a la Ciudad de Hermosillo, Sonora el pasado 6 de noviembre.
A través de Francisco Caseres, supervisor de la línea Aeromexico, la empresa les impidió abordar la aeronave en el aeropuerto internacional de Oaxaxaca, ubicado en el municipios de Santa Cruz Xoxocotlán, debido a su origen indígena y forma de vestir.
Sandra Mónica Ramírez, empleada de mostrador ejecuto las instrucciones del supervisor, y les negó el abordaje a Rojas José, Bautista Florentino, López Severiana, Ruiz Gilberto, Heras Benedicto, Pérez Marcelo, y Bartolo Pérez.
El vuelo estaba programado a las 12:00 horas, Oaxaca- México en el vuelo 544 y México – Hermosillo, a las 15:00 horas, en el vuelo 706, de la línea Aeromexico.
Los representantes de la agencia de viajes Reforma, Sofía Santana y Neftali Bautista, señalaron que Francisco Caseres, supervisor de la línea Aeromexico, les canceló su vuelo y se negó a reasignarles otro debido a su origen y forma de vestir, mientras que a otro grupo de pasajeros si atendieron adecuadamente.
Los pasajeros peguntaron por qué no podían abordar el avión y el señor Cáceres prepotentemente les contestó: "Háganle como quieran".
Neftalí Bautista, dijo que los boletos fueron adquiridos con tiempo el pasado 28 de octubre, y el día miércoles, abordarían el avión con el número de vuelo 544 y 706, los cuales harían escala en la Ciudad de México.
Los siete indígenas, anunciaron que acudirán a la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) para interponer una queja en contra de dicha aerolínea, ya que no descartaron que fueran discriminados por su apariencia de indígenas nativos de Sola de Vega.
Los siete pasajeros iban a visitar a algunos de sus familiares que viven en Hermosillo y otros en busca de empleos y nuevas oportunidades, en el país vecino del norte.
Las siete personas son humildes y radican en zonas de alta marginación, por lo que decidieron denunciar los hechos para que no se vuelva a ocurrir con otras personas.
http://www.oaxacain.com/noticias/20-principal/9691-niegan-abordar-avion.html
miércoles, 27 de febrero de 2013
Es necesario redefinir conceptos para evitar el racismo y el olvido: Kalu Tatyisavi
jueves, 13 de mayo de 2010
Retiren a las mujeres vestidas como indias
jueves, 11 de septiembre de 2008
Denise Dresser: Normalidad anormal
En México estos días ya todo es normal. Rutinario. Parte del paisaje. La violencia cotidiana en Ciudad Júarez y las muertas que produce. La impunidad rampante y los cadáveres que permite. La caricatLaura de "Memín Pinguín" y las defensas hiper-nacionalistas que engendra.
La discriminación hacia los que son diferentes y el recelo oculto que revela. Todos los días, a todas las horas, en todos los lugares: los ojos cerrados. Cerrados frente a miles de mujeres acechadas, hombres perseguidos, mexicanos maltratados.
Mexicanos que se matan los unos a los otros, que se burlan los unos a los otros, que se discriminan entre sí. Pensando que eso es normal.
Pensando que así es la vida. Que así es el país. Que la violencia y el odio y la homofobia y el racismo no son motivos de alarma. Que no son problemas profundos que requieren soluciones urgentes.
Que la sociedad sólo enfrenta divisiones de clase más no de raza o de género o de preferencia sexual. Que México no es Estados Unidos, ese país "históricamente excluyente y cargado de racismo". Que México no tiene por qué ser sensible a las denominaciones raciales porque nunca ha sido un país racista.
Nunca ha sido un país excluyente. Nunca ha sido un país intolerante. Dicen aquellos que se erigen en defensores de la caricatura de un hombre negro y lo que representa. Dicen aquellos que ignoran los códigos de conducta del lugar que habitan.
Porque esos argumentos ignoran a millones de mexicanos forzados a vivir a la intemperie. Sin la protección de la ley. Sin el paraguas de la igualdad. Sin el cobertor de la ciudadanía. Sin el arropo de los derechos civiles.
Hostigados por depredadores sexuales, mutilados por secuestradores, asaltados por hombres abusivos, asesinados por su género o su edad o su etnia. Millones de mujeres que viven la violencia y millones de indígenas que padecen la discriminación. Miles de homosexuales que enfrentan la homofobia y miles de discapacitados que sufren el rechazo.
Cifra tras cifra, dato tras dato, expediente tras expediente: allí está la realidad de un país violento, de un país asustado, de un país intolerante.
Un país donde más de 600 personas han muerto en la frontera durante el último año. Donde la violencia se ha adueñado de las calles y las conciencias. Donde las leyes son parte del problema y no su solución. Donde pararse en un alto después de la medianoche produce temor.
Donde millones viven mirando de reojo, cuidándose las espaldas. Donde según lo revela la Encuesta Nacional sobre la Discriminación, 48.4 por ciento de la población no permitiría que en su casa vivieran homosexuales. Donde 42.1 por ciento no permitiría que vivieran extranjeros. Donde 38.3 por ciento rechaza a las personas con ideas diferentes a las suyas.
Donde muchos mexicanos temen a los "otros" por su raza o su color de piel. Donde todo esto es percibido como normal.
La normalidad cotidiana de los asesinatos y los secuestros y las muertas de Juárez. La rutina recalcitrante de los cadáveres encontrados y los policías ajusticiados. El miedo compartido de quienes caminan en las calles de Nuevo Laredo y Ciudad Juárez.
La noción apoyada por 1 de cada 5 mexicanos a quienes les parece "natural" que a las mujeres se les prohiban más cosas que a los hombres. La experiencia común de la violencia familiar.
Los ojos cerrados frente a la pobreza desgarradora. El uso extendido de expresiones derogatorias como "indio" y "naco" y "vieja" y "gata" y "nahual". El odio en las calles y en las casas. Los puños alzados, las pistolas desenfundadas, las miradas esquivas.
Pero esta realidad no agravia lo suficiente. No indigna lo suficiente. No produce los cambios necesarios y las reformas imprescindibles. Porque México vive la anormalidad como algo normal.
Porque las mayorías complacientes ignoran a las minorías marginadas. Porque la peor violencia la padecen los pobres. Porque las mujeres son vistas como ciudadanas de segunda categoría. Porque los indígenas son ignorados hasta que el subcomandante Marcos manda comunicados sobre su condición.
Porque México se cubre los ojos con la máscara de los mitos. Esos mitos fundacionales; esos mitos definitorios. El mito del país mestizo, incluyente, tolerante. El mito del país que es clasista más no racista. El mito del país que abolió la esclavitud y con ello eliminó la discriminación.
El mito del país progresista donde un indio zapoteca pudo ser presidente. El mito del país con instituciones sólidas que vigilan el interés público.
Esas ficciones indispensables, esas ideas aceptadas: el mestizaje civilizador, la violencia redentora, el indio noble, la mujer como Madre Patria, la revolución institucionalizada, el pasado glorioso.
Esas medias verdades que son como bálsamo, como ungüento. Que permiten el perdón de los pecados y la realidad intachable. La realidad aceptable. La realidad "normal". La realidad de un país que no quiere confrontarla. Que se precia de sus buenos modales y su gentileza.
Donde nadie nunca dice "no". Donde todos se besan en la mejilla y se apuñalan en la espalda. Donde el presidente declara que fue "malentendido" cuando se refirió a "los negros" como lo hizo. Donde nadie nunca se declara homofóbico o racista o machista o en favor de la violencia. Donde muchos por acción u omisión lo son y lo están.
Y el pequeño escándalo desatado por "Memín Pingüín" lo revela. La intelligentsia mexicana se levanta embravecida a defender el honor nacional. A defender a la Patria frente a una nueva agresión estadounidense. A decir que México no es racista contra los negros y nunca lo ha sido. A explicar que hoy no hay negros precisamente porque se mezclaron tan bien; porque fueron tan aceptados, tan queridos, tan elogiados. Y por eso se les conmemora con una caricatura.
Con un dibujo divertido que, según dicen, de ninguna manera refuerza los estereotipos negativos que los negros han peleado tanto por combatir. Con un timbre que, según argumentan, no tiene nada de ofensivo. Nada de anti-democrático. Nada de anormal.
Pero ese es el problema. La "normalidad" en México es la "anormalidad" en otras partes. En otros países verdaderamente multiculturales, con políticas públicas que también lo son. En otros sistemas políticos que promueven los derechos y la dignidad de sus minorías.
En otras sociedades con estándares de "corrección política" que en México parecen risibles, pero tienen razón de ser. Las reglas escritas y no escritas, que protegen a los negros y a las mujeres y a los homosexuales y a los indígenas y a los discapacitados tienen razón de existir. Están allí para asegurar todos los derechos para todos. Para prevenir las burlas y los albures y los linchamientos y la violencia. Para crear un país de ciudadanos iguales frente a la ley, al margen de la edad, el género, el grosor de sus labios, el color de su piel, el origen de sus padres, el camino andado.
En México todavía es posible reírse de la fisonomía de los negros; todavía es posible burlarse de la forma de hablar de los indios; todavía es posible descalificar a personas por su nacionalidad; todavía es posible despedir de un trabajo a empleadas embarazadas; todavía es posible discriminar a los discapacitados; todavía es posible matar a una mujer sin recibir un castigo por ello.
Todavía es posible. Todavía es permisible. Todavía es justificable. Se vale. Por la historia o por la tradición o por la cultura o por el ánimo de hacer reír o por la excepcionalidad. Como México no hay dos, dicen. Como "Memín Pingüín" no hay dos; es una creación específicamente mexicana y debe ser apreciada como tal, reiteran.
Pero en lugares donde hay poblaciones negras de peso, ese argumento no sería válido. En democracias liberales con minorías representadas y participativas, esa justificación no lo sería. Alguien con sensibilidad democrática y ánimo cívico hubiera parado la publicación del timbre por considerarlo ofensivo, lastimoso, innoble. Tan ofensivo como la caricatura de un judío con la nariz grande, de un árabe con la piel acaramelada, de un chino con los ojos restirados, de un homosexual con ademanes femeneizados, de una mujer voluptuosa y semi-desnuda.
Tan ofensivo como cualquier clasificación basada en los rasgos distintivos y no en los derechos compartidos. Y si la caricatura en realidad no tiene ninguna carga tras de sí; si de verdad no revela más que el negrito grabado en ella, pues México debería exigir la reciprocidad.
Debería exigir su propio timbre en Estados Unidos. Uno con la efigie del indio pequeño con el sombrero grande, sentado bajo un cactus tomando la siesta. Porque según la lógica de los defensores de "Memín Pingüín", tampoco alimentaría un estereotipo. O si?
En México estos días ya todo es normal. Rutinario. Parte del paisaje. La violencia cotidiana en Ciudad Júarez y las muertas que produce. La impunidad rampante y los cadáveres que permite. La caricatLaura de "Memín Pinguín" y las defensas hiper-nacionalistas que engendra.
La discriminación hacia los que son diferentes y el recelo oculto que revela. Todos los días, a todas las horas, en todos los lugares: los ojos cerrados. Cerrados frente a miles de mujeres acechadas, hombres perseguidos, mexicanos maltratados.
Mexicanos que se matan los unos a los otros, que se burlan los unos a los otros, que se discriminan entre sí. Pensando que eso es normal.
Pensando que así es la vida. Que así es el país. Que la violencia y el odio y la homofobia y el racismo no son motivos de alarma. Que no son problemas profundos que requieren soluciones urgentes.
Que la sociedad sólo enfrenta divisiones de clase más no de raza o de género o de preferencia sexual. Que México no es Estados Unidos, ese país "históricamente excluyente y cargado de racismo". Que México no tiene por qué ser sensible a las denominaciones raciales porque nunca ha sido un país racista.
Nunca ha sido un país excluyente. Nunca ha sido un país intolerante. Dicen aquellos que se erigen en defensores de la caricatura de un hombre negro y lo que representa. Dicen aquellos que ignoran los códigos de conducta del lugar que habitan.
Porque esos argumentos ignoran a millones de mexicanos forzados a vivir a la intemperie. Sin la protección de la ley. Sin el paraguas de la igualdad. Sin el cobertor de la ciudadanía. Sin el arropo de los derechos civiles.
Hostigados por depredadores sexuales, mutilados por secuestradores, asaltados por hombres abusivos, asesinados por su género o su edad o su etnia. Millones de mujeres que viven la violencia y millones de indígenas que padecen la discriminación. Miles de homosexuales que enfrentan la homofobia y miles de discapacitados que sufren el rechazo.
Cifra tras cifra, dato tras dato, expediente tras expediente: allí está la realidad de un país violento, de un país asustado, de un país intolerante.
Un país donde más de 600 personas han muerto en la frontera durante el último año. Donde la violencia se ha adueñado de las calles y las conciencias. Donde las leyes son parte del problema y no su solución. Donde pararse en un alto después de la medianoche produce temor.
Donde millones viven mirando de reojo, cuidándose las espaldas. Donde según lo revela la Encuesta Nacional sobre la Discriminación, 48.4 por ciento de la población no permitiría que en su casa vivieran homosexuales. Donde 42.1 por ciento no permitiría que vivieran extranjeros. Donde 38.3 por ciento rechaza a las personas con ideas diferentes a las suyas.
Donde muchos mexicanos temen a los "otros" por su raza o su color de piel. Donde todo esto es percibido como normal.
La normalidad cotidiana de los asesinatos y los secuestros y las muertas de Juárez. La rutina recalcitrante de los cadáveres encontrados y los policías ajusticiados. El miedo compartido de quienes caminan en las calles de Nuevo Laredo y Ciudad Juárez.
La noción apoyada por 1 de cada 5 mexicanos a quienes les parece "natural" que a las mujeres se les prohiban más cosas que a los hombres. La experiencia común de la violencia familiar.
Los ojos cerrados frente a la pobreza desgarradora. El uso extendido de expresiones derogatorias como "indio" y "naco" y "vieja" y "gata" y "nahual". El odio en las calles y en las casas. Los puños alzados, las pistolas desenfundadas, las miradas esquivas.
Pero esta realidad no agravia lo suficiente. No indigna lo suficiente. No produce los cambios necesarios y las reformas imprescindibles. Porque México vive la anormalidad como algo normal.
Porque las mayorías complacientes ignoran a las minorías marginadas. Porque la peor violencia la padecen los pobres. Porque las mujeres son vistas como ciudadanas de segunda categoría. Porque los indígenas son ignorados hasta que el subcomandante Marcos manda comunicados sobre su condición.
Porque México se cubre los ojos con la máscara de los mitos. Esos mitos fundacionales; esos mitos definitorios. El mito del país mestizo, incluyente, tolerante. El mito del país que es clasista más no racista. El mito del país que abolió la esclavitud y con ello eliminó la discriminación.
El mito del país progresista donde un indio zapoteca pudo ser presidente. El mito del país con instituciones sólidas que vigilan el interés público.
Esas ficciones indispensables, esas ideas aceptadas: el mestizaje civilizador, la violencia redentora, el indio noble, la mujer como Madre Patria, la revolución institucionalizada, el pasado glorioso.
Esas medias verdades que son como bálsamo, como ungüento. Que permiten el perdón de los pecados y la realidad intachable. La realidad aceptable. La realidad "normal". La realidad de un país que no quiere confrontarla. Que se precia de sus buenos modales y su gentileza.
Donde nadie nunca dice "no". Donde todos se besan en la mejilla y se apuñalan en la espalda. Donde el presidente declara que fue "malentendido" cuando se refirió a "los negros" como lo hizo. Donde nadie nunca se declara homofóbico o racista o machista o en favor de la violencia. Donde muchos por acción u omisión lo son y lo están.
Y el pequeño escándalo desatado por "Memín Pingüín" lo revela. La intelligentsia mexicana se levanta embravecida a defender el honor nacional. A defender a la Patria frente a una nueva agresión estadounidense. A decir que México no es racista contra los negros y nunca lo ha sido. A explicar que hoy no hay negros precisamente porque se mezclaron tan bien; porque fueron tan aceptados, tan queridos, tan elogiados. Y por eso se les conmemora con una caricatura.
Con un dibujo divertido que, según dicen, de ninguna manera refuerza los estereotipos negativos que los negros han peleado tanto por combatir. Con un timbre que, según argumentan, no tiene nada de ofensivo. Nada de anti-democrático. Nada de anormal.
Pero ese es el problema. La "normalidad" en México es la "anormalidad" en otras partes. En otros países verdaderamente multiculturales, con políticas públicas que también lo son. En otros sistemas políticos que promueven los derechos y la dignidad de sus minorías.
En otras sociedades con estándares de "corrección política" que en México parecen risibles, pero tienen razón de ser. Las reglas escritas y no escritas, que protegen a los negros y a las mujeres y a los homosexuales y a los indígenas y a los discapacitados tienen razón de existir. Están allí para asegurar todos los derechos para todos. Para prevenir las burlas y los albures y los linchamientos y la violencia. Para crear un país de ciudadanos iguales frente a la ley, al margen de la edad, el género, el grosor de sus labios, el color de su piel, el origen de sus padres, el camino andado.
En México todavía es posible reírse de la fisonomía de los negros; todavía es posible burlarse de la forma de hablar de los indios; todavía es posible descalificar a personas por su nacionalidad; todavía es posible despedir de un trabajo a empleadas embarazadas; todavía es posible discriminar a los discapacitados; todavía es posible matar a una mujer sin recibir un castigo por ello.
Todavía es posible. Todavía es permisible. Todavía es justificable. Se vale. Por la historia o por la tradición o por la cultura o por el ánimo de hacer reír o por la excepcionalidad. Como México no hay dos, dicen. Como "Memín Pingüín" no hay dos; es una creación específicamente mexicana y debe ser apreciada como tal, reiteran.
Pero en lugares donde hay poblaciones negras de peso, ese argumento no sería válido. En democracias liberales con minorías representadas y participativas, esa justificación no lo sería. Alguien con sensibilidad democrática y ánimo cívico hubiera parado la publicación del timbre por considerarlo ofensivo, lastimoso, innoble. Tan ofensivo como la caricatura de un judío con la nariz grande, de un árabe con la piel acaramelada, de un chino con los ojos restirados, de un homosexual con ademanes femeneizados, de una mujer voluptuosa y semi-desnuda.
Tan ofensivo como cualquier clasificación basada en los rasgos distintivos y no en los derechos compartidos. Y si la caricatura en realidad no tiene ninguna carga tras de sí; si de verdad no revela más que el negrito grabado en ella, pues México debería exigir la reciprocidad.
Debería exigir su propio timbre en Estados Unidos. Uno con la efigie del indio pequeño con el sombrero grande, sentado bajo un cactus tomando la siesta. Porque según la lógica de los defensores de "Memín Pingüín", tampoco alimentaría un estereotipo. O si?
http://www.noroeste.com.mx/opinion.php?tipo=1&id=2704
sábado, 15 de marzo de 2008
México es uno de los países que peor trata a migrantes: ONU
EFE
El Universal
Ciudad de México
Sábado 15 de marzo de 2008
La relator especial de los Derechos Humanos de la ONU sobre los Migrantes, Jorge Bustamante, alertó hoy sobre la desintegración de miles de familias mexicanas que tienen hijos estadounidenses, un fenómeno nuevo y debido a la creciente deportación de mexicanos indocumentados desde Estados Unidos.
Bustamante dijo que no hay datos sobre cuántas familias se han desintegrado por esta política de EU de redadas policiales contra los migrantes indocumentados, pero citó que el año pasado fueron deportadas 100 mil familias mexicanas, sin poder precisar cuántas de ellas tenían hijos estadounidenses.
El relator, quien hoy concluye una visita a México de cinco días durante la cual se entrevistó con altos funcionarios y viajó a ciudades fronterizas con Estados Unidos y Guatemala, dijo que es nuevo para México el fenómeno de padres mexicanos con hijos estadounidenses que desconocen el país e incluso el español y sufren desajustes emocionales.
Uno de los casos más emblemáticos es el de la mexicana Elvira Arellano, quien fue deportada el año pasado a México y separada temporalmente de su hijo, Saúl, ciudadano estadounidense y con quien logró reunirse después de varia semanas.
Bustamante dijo que "fracasaron" las pruebas para el muro virtual en la frontera con México, anunciado por el Gobierno de Estados Unidos para detectar el ingreso de indocumentados, después de que se han invertido 110 millones de dólares en equipos tecnológicos.
El funcionario de la ONU citó a un diario estadounidense que aseguró que el muro virtual se pospondrá tres años, por lo que Bustamante pronosticó que en ese periodo cruzarán la frontera hacia Estados Unidos 1.5 millones de mexicanos indocumentados.
Afirmó que no hay probabilidad de que México y Estados Unidos lleguen a un acuerdo migratorio debido a que el tema en Washington lo maneja como política doméstica el Congreso.
"Veo más probabilidades de un acuerdo entre México y Cuba, que entre México y Estados Unidos", recalcó.
También reiteró su denuncia de que en México se violan más los derechos humanos de los inmigrantes centroamericanos que de los mexicanos en Estados Unidos.
Esa denuncia la planteó el martes pasado ante un grupo de legisladores a quienes dijo que "hay violaciones de derechos humanos de los inmigrantes centroamericanos en México peores de las que padecen nuestros compatriotas en Estados Unidos".
Informó de que en su vista fue advertido por Organizaciones no Gubernamentales de que está creciendo el número de secuestros de centroamericanos en las ciudades fronterizas de Tijuana (norte) y Tapachula (sur) por parte de autoridades policiales que les exigen los números telefónicos de sus familias para llamarles y extorsionarles.
Dijo que no tiene datos concretos de cuántos secuestros de este tipo ocurren, pero aseguró que las ONG le dijeron que el fenómeno está creciendo y puso como ejemplo una entrevista que sostuvo con un salvadoreño víctima de un plagio.
En ese sentido señaló que México está entre los primeros lugares de los países que violan los derechos humanos, sin citar cuáles son los otros.
Aseguró que no le sorprendió que en México se sigan violando los derechos humanos de los indocumentados, pero sí que en el estado de Chiapas haya mejorado la atención a estas personas y que incluso el Ministerio del Trabajo local contemple a los centroamericanos, principalmente guatemaltecos, en las labores productivas de este estado.
Finalmente, puso en duda un informe del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que asegura que el 50% de los migrantes mexicanos son mujeres, y dijo que esperará un estudio para poder valorar la situación.
Explicó que hace 30 años la presencia de mujeres migrantes era de 2% y hace tres años de 25 por ciento.
Bustamante dijo que no podía dar una valoración detallada de su visita a México porque primero tiene que presentar su informe en Naciones Unidas.
martes, 11 de marzo de 2008
Frenar discriminación a mujeres entre indígenas, piden a Calderón
- La zapoteca Eufrosina Cruz denuncia que por su sexo le impiden ser candidata a alcaldesa
■ La igualdad de género “duerme como niño en el rebozo de su madre”, asevera la quejosa
■ El mandatario presenta el programa Proigualdad; exige que usos y costumbres respeten derechoClaudia Herrera Beltrán (Enviada)
Emiliano Zapata, Mor., 10 de marzo. La zapoteca Eufrosina Cruz Mendoza, a quien por ser mujer impidieron ser alcaldesa de Santa María Quiegolani, Oaxaca, demandó al presidente Felipe Calderón que las indígenas puedan votar y ser votadas, aunque advirtió que su causa no es la de los partidos políticos.
“De hecho, siento un profundo temor cuando escucho a las legisladoras, a los líderes de partidos políticos, cuando afirman que hay que hacer algo para que se calle esta pobre mujer”, explicó la indígena ante el jefe del Ejecutivo.
Invitada al templete por Calderón, la indígena se convirtió así en símbolo en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, que sirvió de contexto para anunciar el programa Proigualdad y la publicación del reglamento de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en vigor desde hace un año.
Tras escuchar el testimonio de Cruz Mendoza, el michoacano anunció que hizo una adición de última hora a dicho reglamento, para que se hagan valer usos y costumbres en concordancia con el respeto a los derechos humanos.
El panista estuvo acompañado por su esposa, Margarita Zavala, y por el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), José Luis Soberanes, quien apenas hace una semana había criticado fuertemente la aprobación de la reforma judicial, impulsada por el Ejecutivo.
Con un “gusto, felicidades, que estén bien”, Calderón saludó en principio a su esposa y a la del gobernador Marco Antonio Adame, Mayela Alemán, y luego presentó a la indígena como ejemplo de coraje y gallardía por enfrentase a un mundo “terriblemente machista, injusto, misógino”.
Embestida caciquil
Parada al lado de Calderón, Eufrosina leyó una carta donde relató que el 4 de noviembre compitió para ser presidenta municipal de Quiegolani bajo el régimen de usos y costumbres, pero los “caciques, el poder, la violencia, la intimidación y la intolerancia de los hombres del poder me arrebataron el triunfo que mis paisanos me habían concedido”.
Al relatar su historia, aseguró que ser mujer y profesionista (es contadora) en Quiegolani “más que privilegio es delito y es casi un pecado”, lo que se extendió a autoridades electorales y al Congreso de Oaxaca, donde “ni los hombres ni las mujeres” creyeron que obtuvo la mayoría de votos pero le fueron anulados debido a su género.
Tras remarcar que la CNDH acogió su reclamo, aseguró que la dignidad de la mujer y la equidad de género en las comunidades indígenas “duermen como un niño en el rebozo de su madre. Por favor, señor Presidente, ayúdenos a que ese niño despierte y viva en un mundo mejor, diferente al mío: que no vivan la pesadilla que nuestras abuelitas de Quiegolani han vivido”.
Luego, sosteniendo unos alcaltraces, flores obsequiadas por la ex candidata a alcaldesa y que han sido el emblema de su lucha, Calderón ofreció hacer suya la causa de esta mujer y se hizo eco de la frase “¡no estás sola!”, que gritó un grupo de mujeres presentes en la ceremonia.
Reconoció que no es fácil vivir dentro de una cultura que se aferra a valores, a costumbres, a prácticas machistas.
Para luchar contra este problema, anunció que el nuevo Programa Nacional por la Igualdad entre Mujeres y Hombres se propone que todos los servicios y apoyos del gobierno federal beneficien a ambos sexos por igual.
De las metas propuestas, destacó que para 2012 la legislación de todos los estados se actualice y recoja los mandatos de la citada ley, así como las convenciones internacionales suscritas por México.
Otro proyecto es reducir por lo menos en 50 por ciento la discriminación de ingresos que padece el sexo femenino, así como en 30 por ciento los hogares encabezados por mujeres que viven en extrema pobreza y en al menos 70 por ciento el hostigamiento sexual en sus lugares de trabajo.
http://www.jornada.unam.mx/2008/03/11/index.php?section=sociedad&article=042n1soc
martes, 6 de noviembre de 2007
El reto de ser chino en México
Esa comunidad se ha sobrepuesto al racismo para poder salir adelante
Gardenia Mendoza Aguilar
Corresponsal de La Opinión
06 de agosto de 2007
"No es fácil vivir en medio de una cultura con costumbres tan arraigadas", comenta Jimmy Li, representante de la Cámara de Empresarios Chinos en México [que aglutina unas 150 firmas], quien llegó al país hace 18 años y adoptó la ciudadanía. "Si te adaptas, no puedes irte de aquí".
Li era funcionario de la paraestatal petrolera Xino Chen, que lo contrató por su dominio del idioma español —estudió idiomas y relaciones internacionales en Shanghai— para trabajar en México. Estuvo de 1989 a 1994. Después de ese período creyó que era el momento de volver a su tierra natal.
Su sorpresa en Asia fue que ¡extrañaba la tierra del chile! Y sus amigos le insistían con vehemencia que regresara: "Tú ya no eres chino", decían, "ya piensas diferente, mejor vete a México".
Empacó sus maletas y regresó para emprender un negocio de importaciones y exportaciones. Se casó con una muchacha china y hoy tiene dos hijas mexicanas por nacimiento, una compañía próspera y dice "canijo" e "híjole", dos localismos.
Para Li, la integración al mercado mexicano ha sido relativamente fácil porque tiene como política no competir con los productos locales. "Importo mercancías de todo tipo que no se elaboran en México como aisladores, gasas hemostáticas, termómetros, jalea real", revela orgulloso de su habilidad para armonizar con los dos mundos.
De hecho, su oficina es una especie de museo de "encuentro de dos mundos" con banderas, libros en mandarín y castellano, billetes con Maos y Benitos Juárez, dragones y quetzalcóatls en escritorios, paredes, repisas, tableros y cristales.
La mayoría de los chinos es más nacionalista, sobre todo cuando se habla de comercio. Y poco a poco están penetrando en el país: desde 2003 el "Tigre Asiático" es el segundo socio comercial de México después de Estados Unidos, pero le vende más de lo que compra.
El Centro de Estudios China México (Cechimex) documenta que en 2004 la relación entre las importaciones y exportaciones provenientes de ese país asiático fue de 31 a 1.
Además, cuenta con 278 empresas establecidas formalmente, entre ellas TCL, la mayor productora de televisiones en el mundo; Lenovo, la tercera fabricante global de computadoras, y Sinatex, que forma parte de un conglomerado industrial de textiles, maquinaria y farmacéuticos.
A pesar de esta expansión, la comunidad china en México aún no percibe recelo, envidia, desconfianza o sentimientos racistas por parte de los mexicanos como sucedió a principios del siglo XX cuando cerca de 12 mil chinos fueron contratados para laborar como jornaleros, mineros y constructores en los estados de Sonora, Baja California, Coahuila y Chiapas.
El movimiento antichino se inició con la matanza de 303 chinos en Torreón, Coahuila, en 1911, perpetrada por fuerzas revolucionarias al mando de Emilio, hermano de Francisco I. Madero.
La cultura del ahorro y su habilidad comercial había ayudado a los chinos a abrir sus propios negocios. Después formaron agrupaciones y partidos políticos, despertando la xenofobia de los nativos.
Los gobiernos de los estados con el visto bueno del entonces presidente Pascual Ortiz Rubio acosaron a los chinos por decreto imponiendo cuotas, anulando sus garantías individuales y hasta sus matrimonios con mexicanas y acusándolos de mercadear drogas: se les persiguió y deportó hasta casi el exterminio.
Así se explica la escasa población china. Actualmente la embajada china contabiliza tres mil residentes chinos y 20 mil mexicanos de origen chino dedicados principalmente a la gastronomía y el comercio y en menor escala a la burocracia y a la vida profesional.
Están distribuidos principalmente en las ciudades fronterizas de Tijuana, Mexicali Chiapas y en el Distrito Federal, donde cada año realizan la "Fiesta del Dragón", en el barrio chino, y una peregrinación a La Villa, para "agradecer la hospitalidad de la Virgen de Guadalupe".
Algunos están en México porque sus antepasados se aferraron al país y regresaron cuando terminó la persecución de chinos, a finales de los años 30. Es el caso de Juvencio Wing Shum, uno de los catedráticos más destacados en economía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El padre de Wing Shum era un emigrante cantonés que se aventuró a trabajar en la construcción del ferrocarril en Oaxaca en 1914 contratado por una compañía inglesa que le daba trato de esclavo. Huyó a la Ciudad de México en 1927, en plena campaña antichina, y fue deportado.
En China se casó por segunda vez con una muchacha de 14 años a quien convenció de que México era la "maravilla del mundo" y regresó para establecerse en Minatitlán, Veracruz, al sur del país, donde vio nacer a su siete hijos, entre ellos Juvencio.
"Éramos muy pobres, pero salimos adelante. Todos los hermanos estudiamos en la universidad mexicana", cuenta el académico, quien también tiene un doctorado en economía del desarrollo en la Universidad de París.
"Con esfuerzo se puede todo. Lo único que no he logrado es que mis compatriotas mexicanos me consideren uno de ellos sólo porque tengo rasgos orientales. Siempre he sido ‘el chino’. Mi hija que es mitad mexicana también es ‘la china’".
Uno de los esfuerzos más intensos para eliminar los prejuicios lo encabeza Eduardo Auyón, un intelectual oriundo de Guangdong, China, pero que vive en Mexicali, Baja California, desde hace 52 años, ha fundado la Alianza Pro Unificación Pacífica de China en México e impulsado vehementemente la Asociación China local.
"Mi deseo es abrir un museo en honor a los chinos caídos en México para que se conozcan sus contribuciones y sacrificios
http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00000000000002078950
Tus derechos en el antro
Rubén Castro / ELUNIVERSAL.com.mx
El Universal
Jueves 28 de diciembre de 2006
El primer grupo, compuesto por tres empleados de oficina, arribó a un bar al sur de la ciudad. La mesa que les dieron fue con la condición de consumir una botella que superaba los mil pesos y además de dudosa procedencia, ya que carecía de etiqueta.
Al segundo grupo no le fue mejor: tres estudiantes universitarias ni siquiera pudieron entrar a una disco al poniente de la capital. El motivo: una de ellas era morena, además de que vestía con jeans y tenis, por lo que le dieron el “visto malo”.
Por desgracia, ambas historias fueron reales, aunque tal vez lo más grave es que ninguno de ellos denunció tales acciones ante las autoridades, más allá de externar su molestia a los encargados y retirarse del lugar.
No sólo en fechas de alta demanda para discotecas, tal como lo fue el periodo de posadas y ahora el año nuevo, es importante conocer los derechos que tienes al asistir a este tipo de establecimientos.
La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) da a conocer cinco derechos básicos que tienen los consumidores al momento de acudir a un antro:
Si no te respetan alguno de estos derechos puedes denunciar el abuso llamando al Teléfono del Consumidor: 01-800-468-8722. También puedes acercarte a la Delegación Profeco más cercana.
Al presentar tu queja deberás indicar tu nombre, dirección, teléfono, datos del proveedor, motivo de tu denuncia, fecha y hora; si cuentas con nota o factura que avale tu denuncia anéxala. La Procuraduría destaca que tu denuncia es confidencial.
La idea original de orientar a los consumidores sobre sus derechos en los antros fue de la Delegación Profeco en Puebla.
El objetivo del programa, según explican, es evitar privilegios en las discotecas, ya que “nosotros somos los clientes y todos deben ser tratados de la misma manera”.
Lo anterior está estipulado en la Ley Federal de Protección al Consumidor.
Botella que no has de beber....
Por lo regular, en estas fechas la Procuraduría Federal del Consumidor implementa un programa especial que incluye visitas de verificación a discotecas, centros nocturnos y restaurantes.
De cualquier manera, al momento de adquirir cualquier tipo de bebida alcohólica es importante seguir una serie de recomendaciones por parte de Profeco. Las mismas también aplican para la compra fuera de un antro, tal como vinaterías:
Como te ven ¿te tratan?
Tal como le sucedió al trío de estudiantes, negarte el acceso a un lugar de esparcimiento por tus rasgos físicos o incluso por tu forma de vestir es un acto fuera de la ley.
Según define la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal la discriminación racial es “toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivo de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto anular o menoscabar el reconocimiento de los derechos humanos y las libertades fundamentales”.
México ratificó la Convención Internacional sobre la eliminación de este problema. En el artículo 133 de la Constitución se estipula que la convención es parte del derecho positivo mexicano, por lo que el Estado está obligado a respetarla y garantizarla a través de mecanismos de protección accesibles y efectivos.
Puedes visitar la página de la Comisión para aclarar tus dudas al respecto: www.cdhdf.org.mx.
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domingo, 28 de octubre de 2007
México: el racismo que no se nombra
Francesca Gargallo
Masiosiare
A pesar de las evidencias abrumadoras, en nuestro país se sigue negando la existencia de prácticas de discriminación racial. El presidente puede hablar de los trabajos que ni los negros hacen y unos sindicalistas pintar suásticas en Paseo de la Reforma. Nada pasa. Quizá porque el racismo a la mexicana es, digamos, "más sutil" o porque el nuestro es un racismo sobre todo contra los indígenas y los morenos en general, un racismo de exclusión.
Nadie en México admite ser racista, así como nadie quiere verse más oscuro de lo que un canon no dicho de aceptación social exige. Según el Consejo Nacional para prevenir la Discriminación (Conapred), 40% de los mexicanos está dispuesto a organizarse con otras personas para solicitar que no se establezca cerca de su comunidad un grupo de indígenas. Y es lógico, pues 43% opina que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales.
La declaración del presidente Vicente Fox sobre los trabajos que ni los negros quieren, declaración de la que nunca se retractó, demuestra el vergonzante racismo que todos padecemos.
¿Qué es el racismo para que la mayoría de las personas se sientan intimidadas frente a su sola mención? La Real Academia ofrece dos definiciones: "exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otros", la primera; y "doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior", la segunda. Dicho de esta forma, el racismo parecería algo casi limpio, libre de connotaciones económicas, de género o de acceso a los servicios públicos. Peor aún, una especie de locura o de fobia, individual o colectiva: una "enfermedad" de la que ninguna persona es plenamente responsable.
Por ello, una amiga en París pudo soltar durante una cena: "De Bush puede decirse cualquier cosa, menos que sea racista. Mira que nombrar a una mujer negra en la Secretaría de Estado...". Según ella no existe razón alguna para llamar racista a un presidente que redujo los fondos para la manutención de los diques de Nueva Orleáns: fue un mal cálculo económico que sería tendencioso relacionar con el hecho que la capital de Luisiana estaba habitada precisamente en 80% por población negra y pobre.
Las dos definiciones tampoco explican el racismo que no se nombra en México. No hay corriente o partido político que reivindique algún tipo de superioridad racial y la oficial definición de México como país mestizo acalla cualquier exaltación de un grupo étnico. No obstante, es indudable que los habitantes de los 62 pueblos indios y las minorías negra y asiática de México sufren discriminación, invisibilización, pauperización y difícil acceso a los servicios públicos como consecuencia de una discriminación racial tan difusa como negada.
Durante el Foro Regional de México y Centroamérica sobre Racismo, Discriminación e Intolerancia, que se llevó a cabo en la ciudad de México en noviembre de 2000, Ariel Dulitzky afirmó que la discriminación racial es negada en América Latina y que este afán por ocultar, tergiversar o encubrir el racismo dificulta las medidas efectivas que pueden tomarse en su contra. La igualdad, sea racial, de género, étnica, religiosa u económica, dista aún de ser vista en la región como un requisito esencial y fundacional de la democracia. Todo acto de racismo es, por lo tanto, negado "aquí no estamos en Europa donde queman a los migrantes", interpretado "decir que los indios no tienen cultura no es racismo, es que no tienen acceso a la escuela" o justificado "sí, se les metió a la cárcel, pero no entendíamos qué decían, no hablan español".
Los chistes, en México, ridiculizan todos los grupos raciales y étnicos que no sean el mayoritario o el de elite (blancos ricos), subrayando algunas de las características propias de su condición de marginados. Al mismo tiempo que no puede verse un solo comercial televisivo o cartel publicitario en el que aparezca un bebé o niño de rasgos indígenas, ser indio es sinónimo de ser inculto y portarse como ranchero es demostrar timidez o poco savoir faire; los negros se cenan entre sí y nadie puede diferenciar a un chino de otro. Todos los lugares comunes del racismo están comúnmente en nuestras bocas y no hay familia que no esgrima un abuelo español, una tía inglesa o un primo francés para subir de categoría social.
El mestizaje encubridor
Mestiza es la persona que nació de madre y padre con fenotipos distintos o pertenecientes a etnias de culturas diversas. En México y Centroamérica es la persona hija de europeo y amerindia, aparentemente sin preferencia hacia ninguna de sus raíces. No obstante, el mestizaje encubre una gran mentira, la de la armonía entre grupos étnicos y raciales gracias a la violencia sexual colonial, que sigue siendo cimiento de las jerarquías de género y de raza en la actualidad. De hecho, el papel de las mujeres indígenas y negras es rechazado en la formación de la cultura nacional; la desigualdad entre hombres y mujeres es erotizada; y la violencia sexual contra las amerindias y negras ha sido convertida en un romance, como en el caso de Cortés y la Malinche. Según la brasileña Ángela Gilliam, a este conjunto de prácticas culturales, a la vez sexistas y racistas, se le podría llamar en América "la gran teoría del esperma blanco en la formación nacional". Quizá por eso entre los mestizos ser güero es poder reivindicar un padre o bien creerse superior, hermoso y con derechos.
Al fin y al cabo, conquista, colonización y racismo han sido indisociables y la cultura colonialista no ha desaparecido con la independencia política. La violencia es hija de esta tríada que hambrea, mata y ofende por segregación.
El colombiano Carlos Arocha Rodríguez insiste: la idea que todos somos mestizos, todos somos café con leche, todos tenemos sangre indígena o negra, impide el desarrollo y la identificación de grupos raciales específicos. Mientras este mito se utiliza para impedir el desarrollo de identidades y reivindicaciones propias, no se le utiliza para conseguir mayor grado de igualdad e integración social. La ideología oficial del mestizaje transforma a la diversidad en invisible, niega el derecho al disenso y permite, al mismo tiempo, la exclusión de todos aquellos que quedan fuera de la norma del mestizo. De hecho, aunque todos seamos mestizos, a los más blancos les va mejor.
En México, el mestizaje fue una "invención" de los liberales criollos cuando, al finalizar la guerra de Independencia, tuvieron que construir al "ciudadano" para no reconocer a los pueblos indios ni su protagonismo ni sus derechos ancestrales, que eran incompatibles con el proyecto capitalista. Mestizo era alguien que no se identificaría con lo indio, a la vez que era descartado como blanco. Desde entonces, el imperativo categórico de los que querían llegar lejos era el de "mejorar la raza", que se traducía en "casarse con una güerita". Hoy la Iglesia católica ha venido a reforzarles el poder de la confusión: ha beatificado al indio Juan Diego, cuyo retrato oficial lo muestra tan barbado como un español.
Según Sueli Carneiro, las que podrían ser consideradas historias o reminiscencias del periodo colonial permanecen vivas en el imaginario social y adquieren nuevos ropajes y funciones en un orden social supuestamente democrático que mantiene intactas las relaciones de género según el color, la raza, la lengua que se habla y la religión instituidas en el periodo de los encomenderos y los esclavistas.
La extensión y perdurabilidad de estas prácticas, que acompañan el mito de la democracia racial de los mestizos, llevan a que la población en general esté poco dispuesta a explicar las disparidades sociales en términos de inequidades raciales, prefiriendo las explicaciones basadas en disparidades económicas. La primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, de 2005, revela que uno de cada tres mexicanos opina que lo único que deben hacer los indígenas para salir de la pobreza es no comportarse como indígenas.
En 1994, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la OEA observó que México "no parece percatarse de que la discriminación latente que padecen 56 grupos de indígenas (...) queda comprendida en la definición de discriminación racial... Es inadecuada la descripción de la difícil situación de esos grupos como una mera participación desigual en el desarrollo socioeconómico". Amnistía Internacional hoy ratifica que en la base de las desapariciones, invasiones de tierras, encarcelamientos arbitrarios, violencia contra las mujeres, pobreza y baja escolaridad en las zonas indígenas de México está el racismo.
La justificación de la discriminación por motivos de clase antes que de raza es un corolario de la premisa de la democracia racial y la máscara ideológica de las sociedades monolíticamente mestizas, con sus supuestas ausencias de prejuicios y discriminación. Si existe armonía racial porque hay sólo una raza (la mestiza), todas las diferencias deben explicarse en función de la pobreza, estatus social, educación. Nunca debe inferirse que la ausencia o escasez de servicios públicos a una determinada comunidad por su pertenencia étnica sea el factor que provoca su baja escolaridad, pobreza y marginación. Según Dulitzky, el sólo planteamiento de la cuestión racial es visto como algo foráneo mediante el cual se procura traer al país problemas que pertenecen a Estados Unidos (modelo del odio racial frente al que todas las demás organizaciones sociales deben ser comparadas).
El racismo en pocas palabras.
El dirigente maya Genaro Serech Sem describe al racismo en estos términos: "una creencia, una imaginación de las diferencias creadas en provecho de los explotadores contra el pueblo maya, para justificar sus privilegios y agresiones. El racismo en su esencia expresa prejuicios desfavorables, repugnancia, miedo, desconfianza, desprecio, hostilidad y odio hacia el pueblo maya, como mecanismo para esconder el estado de dominación, opresión y explotación que se ha cometido contra nuestro pueblo".
Nueve de cada diez indígenas entrevistados por el Conapred opinan que en México son discriminados por su condición, que tienen menos oportunidades para conseguir trabajo y para ir a la escuela que el resto de las personas. Dos de cada tres aseguran que son nulas las posibilidades de mejorar sus condiciones de vida y que no se les respetan sus derechos. A uno de cada cinco se le ha negado trabajo por el simple hecho de ser indígena.
La mayoría de los representantes indígenas del país, al hablar de racismo, enumeran las discriminaciones de sus prácticas culturales, religiosas, médicas y jurídicas, en el plano educativo y en el acceso a la salud, así como la opresión por parte de las autoridades, en particular el ejército y la policía, y las invasiones de sus tierras por parte de ganaderos. No faltan las denuncias de genocidio y de encarcelamiento de indígenas en Oaxaca, como "forma habitual del sistema social y político".
En general, las personas que no aceptan la existencia del racismo en México, frente a las denuncias indígenas y sus reivindicaciones de autonomía, aluden a la resistencia de los indios a la igualdad, les exigen que se vuelvan "mexicanos", que se porten como mestizos oscuros, sin sus indumentarias, sin su historia, sin ninguna dignidad, como hijos del avasallante universalismo colonizador con el cual los racistas se identifican.
En México, la población indígena se concentra en el centro y sur del país. En 803 municipios hay 17 mil localidades eminentemente indígenas que, por su tamaño y dispersión, por el desinterés de la federación y el desvío de recursos, cargan con elevados grados de pobreza y aislamiento, carencias de servicios públicos y escasa comunicación. Resienten de manera grave las consecuencias de la descapitalización del campo, la falta de inversión productiva, los altos niveles de erosión del suelo, la escasa o mala calidad de la educación pública y la ausencia de servicios médicos. Las comunidades negras de Oaxaca, Guerrero y Veracruz padecen de los mismos males y, como las indígenas, son culpadas de ser sus causantes.
El racismo en la vida cotidiana
Recuerdo la impresión que me provocó hace unos diez años haber llegado a la farmacia de Huejuquilla el Alto, Jalisco, atiborrada de personas que esperaban ser atendidas. Fui llamada de inmediato al mostrador. Cuando dije que había muchos antes que yo, la dueña me explicó que los demás eran huicholes, es decir indios. Todavía lamento no haber tenido el coraje de aguantarme el dolor de muelas y salirme.
Lorenza Gutiérrez, de Huechapan, una comunidad mixta de Puebla, recuerda que en la escuela las niñas se diferenciaban por su ropa, por la lengua que hablaban y por cómo se peinaban, aunque el color de la piel y el tamaño eran iguales. Durante toda la primaria, cada día, una de sus compañeras de salón le jaló las trenzas para ver cómo se aguantaban las indias. Hoy participa en organizaciones productivas de mujeres y afirma que la verdadera condición de indio es la de pobre, más aun "aquí sólo el indio pobre es indio".
En mayo de 2005, un domingo por la mañana, Juanita Pérez Martínez, tojolabal de Las Margaritas, Chiapas, tuvo un día libre durante un taller para mujeres indígenas que se impartía en la ciudad de México. Decidió salir a pasear con tres compañeras con quienes se encontró en Tacubaya. Desde que se subieron al metro, la discriminación se hizo patente y adquirió varios matices de racismo: un grupo de jóvenes que iba rumbo a Chapultepec se mofó de ellas por su indumentaria; dos hombres mayores les instaron para no demorarse en las escaleras mecánicas; una señora les gritó desde el andén opuesto que necesitaba una sirvienta y se ofendió cuando le contestaron que no buscaban trabajo. Una vez en Xochimilco, a la más joven de ellas el lanchero intentó seducirla y hasta la jaló de un brazo; cuando ella se alejó con sus amigas, el hombre le gritó "india fea" y "desagradecida".
En 1986, el antropólogo Iván Gomezcésar, en el centro de San Cristóbal de las Casas, saludó a unas muchachas tzotziles que se disponían a vender dulces caseros en el suelo de la plaza; poco después, un grupo de muchachitos coletos les arrebató sus mercancías, frente a la mirada indiferente de dos policías, para desafiar al "chilango" que fraternizaba con los indios. Poco después, esperando hacer una llamada, vio como en una farmacia vendían a los hombres formados en fila "Aceite Huapo", un veneno en forma de alcohol, para que se envalentonaran y "hablaran castilla".
Al hoy filósofo tzotzil Miguel Hernández, quien habla y escribe tzeltal y chol además de su lengua, al inscribirse en primaria le dijeron que no sería capaz de aprender nada porque no era "hombre de razón", pues no se expresaba en español.
No vayamos más lejos, todos hemos escuchado a alguien así: la mamá en el restaurante al niño que acaba de tirar la botella de refresco: "¡No seas indio!". El padre de familia explicando al compadre que por las tareas que desempeña le pagan muy mal: "Trabajo como negro". La vendedora en la farmacia convenciendo a una clienta que la crema es realmente blanqueadora: "Se va a ver como güera". La joven saliendo de la maternidad donde fue a conocer al recién nacido de su mejor amiga: "Lástima que sea morenito". La clasemediera entrada en años atrincherada detrás de su parasol en la playa: "Es que el sol me hace daño, me quedo renegrida como costeña". La mujer en la peluquería: "Si tengo pelos en las piernas es porque no soy india".
Frente a actitudes como éstas (cualquier persona que quisiera abrir ojos y oídos podría percibirlas a su alrededor, pues son cotidianas), es evidente que seguir diciendo que en México no hay racismo es la mejor forma para no enfrentarlo y seguirlo tolerando. La discriminación como determinante de la pobreza y la desigualdad es un tema obviado; ya es hora de afirmar que es un verdadero impedimento para la vida democrática.