lunes, 19 de septiembre de 2016

El racismo soterrado

La premisa fundamental del racismo (como lo vivimos en este continente) es que ser blanco es mejor que ser negro y esta idea está tan arraigada que hasta se convierte en un «gusto personal».


Por: Diego Rodríguez Eternod

En México, el racismo no es un problema. No está en la agenda política, ni en la opinión pública. Contados son las académicos o las instituciones que se dedican a estudiar el tema y, generalmente, lo hacen desde el indigenismo. Aquí no es como en Estados Unidos, en donde sí existen negros y blancos. Aparte de los indígenas, «que son muy pocos», todos las mexicanos somos mestizos y, como todos tenemos la misma raza, el racismo no es un asunto de interés público que sea necesario atender.

Las ideas anteriores son un mito de proporciones bíblicas. Sí, los indígenas son víctimas constantes del racismo. Pero eso no es todo el problema, sino solo una parte. Muchas personas morenas o negras, que no se consideran indígenas, también son víctimas del racismo. Los mexicanos no somos mestizos en el sentido histórico de la combinación de sangre indígena y española.

En el México colonial no solo habitaban indígenas y españoles, sino también africanos, asiáticos y otros europeos.[1] Los mulatos (hijos de españoles y negros) fueron la segunda «casta» más grande, después de los mestizos, durante el siglo XVIII. Así de grandes son nuestras raíces africanas. A partir de 1650, la inmigración forzada de esclavos disminuyó, por lo que la población negra y mulata dejó de existir prácticamente para 1800.[2] No obstante, que desaparecieran como «casta» no significa que fueron exterminados, sino que se mezclaron. El mito del mestizaje indígena-español, el cual fue construido después de la Independencia y reforzado en la época posrevolucionaria con el propósito de unificar a la nación, funcionó en la medida en que la raza no se ha considerado un «tema» en la agenda pública: los mexicanos no nos pensamos como un país multirracial, sino como un país con una sola raza (o un continuo racial indígena-español). Sin embargo, el mito fracasó porque no se desmontó el sistema racial construido en la Colonia: que «desaparezcan formalmente las razas» no significa que el racismo deje de existir.[3] El problema no es el mito en sí mismo. El problema es que el mito invisibiliza la discriminación racial.

En una ocasión que estaba con un amigo de la universidad en el automóvil, unos menonitas se acercaron a vendernos queso. Cuando la luz del semáforo se puso en verde, mi amigo me comentó que «los güeritos» —haciendo referencia a las personas blancas— «no deberían trabajar en la calle». «No se ve bien», me dijo. Yo no consideraba a mi amigo racista, pero por su comentario me di cuenta de lo naturalizado y arraigado que está el racismo en nosotros. Este ejemplo no muestra la discriminación de las personas negras o morenas en su más cruda expresión, pero sí muestra cómo el racismo pretende establecer los lugares y las funciones que a cada quien le corresponden en la sociedad: vender cosas en la calle no es de blancos, sino de indígenas, morenos o negros. El racismo puede ser sutil, pero es poderoso.


¿Cuántas veces han escuchado «pinche negro» o «pinche indio» en bromas o en ataques de furia en contra de personas muy morenas, negras o indígenas? En infinidad de ocasiones también he escuchado (en formas más complejas y disfrazadas) que alguien «está guapx porque está blanquitx». Evidentemente hay grados de racismo. No es lo mismo salir a la calle al estilo del Ku Klux Klan, que limitarse sistemáticamente a no escoger negros o muy morenos como parejas sexuales. Como políticamente está mal visto, el racismo adquiere formas más complejas y se esconde muchas veces detrás de «gustos personales». Pero no escoger negros o muy morenos como parejas sexuales, por ejemplo, es racista. La premisa fundamental del racismo (como lo vivimos en este continente) es que ser blanco es mejor que ser negro y esta idea está tan arraigada que hasta se convierte en un «gusto personal». (Para los tele-adictos, la primera temporada deAmerican Crime, disponible en Netflix, es un gran ejemplo de las formas y los grados de racismo en el contexto gringo).
La raza, al igual que el género, es un sistema de poder y de dominación que estructura la vida de las personas. Concretamente, la raza es una construcción social sin ningún fundamento científico, que clasifica a las personas por su apariencia (fenotipo), especialmente por su color de piel, y existe en la medida en que le atribuimos significados y la utilizamos en nuestras vidas.[4]

Los sistemas de control social no operan por separado. La raza, el género y la clase son sistemas que continuamente interaccionan y se traslapan. Por ejemplo, es «curioso» cómo en las colonias más ricas, en general, viven las personas más blancas o cómo las trabajadoras domésticas, que son principalmente mujeres, pobres y morenas, son de los grupos más discriminados en este país. Así, para poder comprender las dinámicas del racismo, es necesario estudiarlo en conjunto con otros sistemas y no como sistemas de poder separados.
El racismo es un problema porque afecta la vida de las personas: se utiliza para negar beneficios o derechos a unos, al mismo tiempo que privilegia a otros. No reconocer la sangre negra de México significa no admitir una parte importante de nuestro origen y de nuestra identidad, y significa no reconocer que a las personas de piel oscura —y no solo los indígenas— son víctimas de discriminación racial. Necesitamos académicos, instituciones gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil que estudien y combatan las consecuencias de quinientos años de racismo. Necesitamos hacer del racismo un problema.

* Diego Rodríguez Eternod es Licenciado en Políticas Públicas por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y miembro del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos (@DSyR).


[1] Las Filipinas también fueron una colonia española, por lo que durante la Colonia llegó a México un grupo importante de filipinos. Ver: Douglas Cope, The Limits of Racial Domination: Plebeian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720 (Madison: The University of Wisconsin Press, 1994). En México también se establecieron colonias de chinos en el norte del país. Ver: José Luis Trueba Lara,Los chinos en Sonora: una historia olvidada (Hermosillo: Universidad de Sonora, 1990).
[2] Cope, The Limits of Racial Domination, 83.
[3] Abril Saldaña Tejeda, “Racismo, proximidad y mestizaje: el caso de las mujeres en el servicio doméstico en México”, Trayectorias, número 37 (julio-diciembre 2013): 78.
[4] Saldaña, Racismo, proximidad y mestizaje, 76-77.

miércoles, 1 de junio de 2016

El “error” de Jacinta: ser mujer, ser indígena, ser pobre

Alegatos por Miguel Pulido


Hay injusticias que tendrían que ser simplemente inaceptables. Por ejemplo, la violencia institucional contra los más débiles. Así es la historia de Jacinta Francisco Marcial, quien la ha experimentado en carne propia.
En forzado resumen, su historia es esta:
Todo empezó el 26 de marzo de 2006 cuando seis agentes sin uniforme confiscaron en un tianguis mercancía que alegaban era piratería. Los tianguistas protestaron, se armó una trifulca y, al ser retenidos y sometidos por los comerciantes, los agentes se vieron obligados a pedir ayuda.

Sus jefes llegaron al lugar y negociaron pagar en efectivo los daños causados. Como garantía de que regresarían, un agente se quedó con los comerciantes.

Pero… cinco meses después tres mujeres indígenas fueron detenidas y acusadas de haber secuestrado a esos seis agentes durante el operativo.

Desacostumbrada a que las averiguaciones previas sean resultado de la investigación y se sustenten en evidencia, la PGR acusó a estas 3 indígenas ñhä-ñhú (otomíes) con una fotografía publicada en un diario local y declaraciones contradictorias de los propios agentes involucrados en la gresca.

Entonces, los nombres de Jacinta (Francisco), Teresa (González) y Alberta (Alcántara)alcanzaron notoriedad pública. Primero por ser objeto de una acusación que se debatía entre lo ridículo y lo inverosímil. ¿Cómo 3 mujeres indígenas vendedoras de un mercado público habían sido capaces de someter y retener por la fuerza a 6 agentes de una corporación policial federal?

Después, sus nombres volvieron a tomar relevancia cuando se conocieron los detalles de la forma tan absurda en la que se les condenó. Se trató de un proceso que fue acumulando irregularidades y barbaridades por igual.
A la fabricación de delitos y culpables le siguieron omisiones gravísimas. En el caso de Jacinta, los peritajes demostraron al momento de su detención su comprensión del español era menos del 20%.

Ningún intérprete la asistió ni durante su declaración preparatoria, ni durante las demás diligencias del juicio. Jacinta participó en un juicio sin comprender qué sucedía, de qué se le acusaba y por qué. A pesar de ello fue condenada a 21 años de prisión y a pagar una multa de 90 mil pesos.

La versión corta es que Jacinta pasó 3 años en la cárcel por un delito que no cometió. La realidad es que esto fue posible por niveles de discriminación estructural, por el descontrol con el que se ejerce el poder y por la falta de profesionalismo de las instituciones de justicia.
Su historia (como la de Alberta y Teresa) tendría que ser excepcional. Extraordinaria. Errores tan garrafales como escasos. Pero no es así.

En marzo pasado, la Comisión Para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas reconoció que más de 9,000 indígenas están presos por la falta de intérpretes.

Un estudio del CIDE reconoce que el 75% de las personas presas son las que no tuvieron para pagar un defensor particular, es decir, tuvieron un defensor de oficio. Un alto porcentaje de ellas son inocentes o podrían estar libres de haber contado con una defensa adecuada.

Tenemos un sistema que no sólo es incapaz de respetar derechos, sino que se ensaña con los más débiles. Con los indígenas. Con los pobres. Con las mujeres. El caso de Jacinta, es apenas un botón de muestra.

En cambio, lo que sí es excepcional es la lucha que Jacinta ha seguido por la justicia. O por desatornillar aunque sea un poco la injusticia.

Jacinta ha ganado todas y cada una de las batallas que ha tenido contra la PGR. Acompañada por las abogadas y abogados del Centro Pro, primero fue liberada cuando la Suprema Corte de Justicia enmendó la plana del desastroso proceso en su contra. Eso fue en 2009.
Después, en 2014, ganó una resolución histórica ante el Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa que ordena a la PGR que se le repare el daño causado por la acusación infame de la que fue víctima.

Hace apenas unos días, 9 años después de que la PGR se ensañara con ella, Jacinta volvió a ganar una resolución en contra de la Procuraduría. Un nuevo Tribunal (un Colegiado de Circuito, cuyas resoluciones son definitivas e inapelables) ha condenado a la PGR a cumplir con las medidas de reparación del daño.

Pero las sencillas palabras de Jacinta han dejado claro que lo que ella vivió es una injustica irreparable. El caso de Jacinta nos deja durísimas lecciones de nuestro sistema judicial y de la fragilidad de los ciudadanos frente a las instituciones que tendrían que protegernos.
Ella ha puesto ya un ejemplo de dignidad, honestidad y valor.

Nos toca al resto de nosotros pelear para que la PGR y otras instituciones guarden de una vez por todas ese manual con el que operan… el manual de la violencia institucional, o la guía de la perfecta injusticia.

http://aristeguinoticias.com/2705/mexico/el-error-de-jacinta-ser-mujer-ser-indigena-ser-pobre/




jueves, 19 de mayo de 2016

Alfabeto racista mexicano (IV)

Alfabeto racista mexicano (IV)

En México la estratificación social está marcada por el color de piel, es decir, la discriminación practicada por los grupos privilegiados obstaculiza el ascenso social de las personas con piel morena.

| Diccionario Racismo

Cuarta entrega de la serie.

Indígenas

En días recientes una diputada local priista del estado de Guanajuato, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos y Atención a Grupos Vulnerables, respondió con estas palabras a un grupo de conciudadanas suyas, hablantes de pame y chichimeco jonás, que acudieron a solicitarle apoyo para el desarrollo de empresas propias y para tener acceso mejores oportunidades educativas (ver Kapitalismo):
No me las imagino en una fábrica, no me las imagino haciendo el aseo de un edificio, no me las imagino detrás de un escritorio, yo me las imagino en el campo, yo las creo en sus casas haciendo artesanías, yo las pienso y las visualizo haciendo el trabajo de sus comunidades indígenas. Y sé que eso es lo que ustedes quisieran realizar y hacer. […] Porque si ustedes deciden abandonar sus tierras y tradiciones, el pueblo mexicano nos quedamos sin nuestras raíces.
Esta cándida declaración muestra cómo amplios grupos de nuestra sociedad mantienen un imaginario colonial de castas en que los indios deben resignarse a ser felizmente la posición más humilde de la sociedad (ver este artículo sobre el gobernador de Chiapas y su esposa). Al mismo tiempo, la reacción generalizada de indignación en las redes sociales y en la prensa es un indicio alentador de la creciente conciencia social contra la discriminación que son objeto los pueblos indígenas de nuestro país. Tal vez sea esta una de las secuelas más duraderas y positivas del movimiento zapatista de hace dos décadas.
La explosión social, política y mediática de 1994 conquistó un lugar incuestionable para los indígenas en el panorama social mexicano, que ha sido mantenido y expandido por la movilización paralela y constante de centenares de grupos e iniciativas políticas y culturales procedentes de los más variados pueblos y animadas por agendas igualmente diversas.
Por ello, y no por ninguna generosidad de nuestra parte, muchos mexicanos hemos reconocido su existencia y sus derechos culturales –que se han incluido, incluso, en la Constitución. Esta es una posición infinitamente mejor a la que ocupaban hace cinco décadas, cuando el Estado propugnaba su integración racial y su etnocidio por medio del indigenismo. Hoy, grupos como los huicholes o los mayas de Chiapas disfrutan de un alto grado de “carisma étnico”: la sociedad mexicana y mundial valora en gran medida sus manifestaciones culturales, sus producciones artísticas y sus demandas políticas.
No obstante, los indígenas del siglo XXI siguen siendo asediados por las más variadas formas de racismo y discriminación.
Para empezar son el grupo social con menor ingreso, con menos acceso a los servicios públicos y a la justicia. Para mostrarlo presento un solo dato: el sueldo mensual promedio de los jornaleros agrícolas indígenas en México (una de las ocupaciones más frecuentes de las mujeres, los hombres y los niños de estos pueblos) es de apenas 900 pesos, la mitad exactamente de lo que ganan los que no son indígenas (Desigualdad Extrema en México, informe de Oxfam México).
En las ciudades de todo el país viven hoy millones de hablantes de lenguas indígenas que son objeto de discriminaciones muy diversas. Sus vestimentas tradicionales les pueden servir para vender “artesanías”, pero nunca para conseguir un trabajo o entrar a un establecimiento comercial. ¿Por qué en Estados Unidos, ese país que tanto nos gusta criticar por racista, los migrantes pueden tener una estación de radio en su idioma y no en la Ciudad de México, o en Sinaloa, o en Baja California?
Las mujeres indígenas padecen una auténtica constelación de discriminaciones: de género, raciales, lingüísticas, educativas, religiosas, políticas, muchas de ellas practicadas por sus propias familias y sus propias comunidades (si bien hay también excepciones como la comunidad de Guelatao en Oaxaca).
También me parece que existe en nuestro país otra forma de discriminación contra las mujeres y hombres indígenas, menos negativa desde luego, pero que también amenaza con privarlos de su autonomía y capacidad de acción (una de las consecuencias negativas de todo racismo). De manera pedestre, la cita de la diputada hacía eco de una visión idealizadora que coloca a los pueblos indígenas en una realidad “diferente” a la nuestra, que los quiere auténticos y ecologistas, cercanos a la tierra, místicos, custodios obligados de la tradición milenaria de un México profundo que no debe cambiar para que nosotros, los “mestizos” (ver Mestizo), sí podamos seguir cambiando.
Aun con la mejor de las voluntades, esta posición encasilla a los indígenas, les niega la posibilidad de cambiar e incorporar a sus culturas y a sus forma de vida los elementos modernos que nosotros tanto valoramos. Así lamentamos que “pierdan” su lengua, pero tampoco les damos chance de hablar “bien” español o inglés; nos quejamos de que ya no usen sus “trajes”, porque no concebimos que puedan ser punks. Tampoco concebimos que puedan programar computadoras, como los ciberactivistas mixes y zapotecos.
En suma, queremos que sigan diferentes, pero de acuerdo con la manera en que nosotros definimos la diferencia, que no cambien porque eso sería una traición a nuestro ideal de pureza.

Judíos

Hace unos años, una pareja de amigos me contaron la siguiente anécdota. Viajando en Israel, él conoció a un joven amigable y cuando le contó que venía de México, él le dijo con visible resentimiento: “Yo sé que a los judíos les va muy bien en México, que tienen mucho dinero. Pero no se confíen, algún día también ahí serán perseguidos y tendrán que huir, perdiéndolo todo.” Cuando mi amigo expresó su franco desconcierto ante esta ominosa predicción, su mujer, nacida en el Medio Oriente, asintió con fatalismo para darle la razón al desconocido. Sin embargo, añadió que por el momento los mexicanos no le parecían muy proclives a actuar violentamente a causa del odio, ni a los judíos ni a nadie.
A lo largo de los años he escuchado diversos comentarios antisemitas, de personas más o menos educadas en México. Unos extrapolaban una experiencia particular con una persona a una condena más general de su “grupo” o “raza”. En otros casos se trataba de prejuicios que fueron “confirmados”, casi inevitablemente como sucede con los estereotipos, en la interacción con las personas que ya habían sido encasilladas por ellos. Un ejemplo particularmente repulsivo del funcionamiento de este antisemitismo nacional lo encontramos en este oficio girado por un funcionario migratorio mexicano en 1934 para negarle la entrada al país a un refugiado judío:
[Debe evitarse] la colonización del territorio de Baja California, a base del elemento extranjero, y menos del elemento judío, cuya arrogancia y orgullo raciales son universalmente conocidos, y han provocado graves conflictos en otras naciones.
No solamente en época de crisis, sino en cualquier época normal, debe buscarse de preferencia la inmigración susceptible de asimilación a nuestro medio y la adaptación a nuestras costumbres y a nuestras leyes, y salta de manifiesto que en este caso no se encuentra la inmigración judía.
Según la mezquina visión de este burócrata los judíos eran culpables incluso de las persecuciones a las que los sometían los nazis y otros gobiernos intolerantes. Pese a ello México sí dejó entrar a otros muchos refugiados de este pueblo, aunque nunca dejó de observarlos con un cierto recelo. El antisemitismo, según nos dicen los académicos, no llegó a cuajar en un movimiento fuerte, ni ha desencadenado los programas vaticinados por la envidia de ese joven israelí (ver, por ejemplo, los textos de Pablo Yankelevich). En nuestro país, en general, el odio racial, puro y simple, no ha sido el motor de partidos o regímenes políticos. Toquemos madera, pero no olvidemos que la xenofobia (particularmente contra los chinos, ver Sinofobia) y la misoginia sí han desencadenado violencias más serias. Reconozcamos también que mientras no hagamos una autocrítica sincera de nuestras maneras de discriminar, la amenaza no dejará de estar latente.
Por otro lado, en mi larga convivencia con diversos miembros de la comunidad judía he aprendido las maneras sutiles y no tan sutiles como se dividen entre sí. Recuerdo todavía la manera en que un amigo ilustrado menospreció a una colega suyo con la frase: “seguro sus abuelos todavía comían cebollas en el gueto”. También aprendí la distinción entre “idish” y “shajatos”, en que los segundos son objeto frecuente de escarnio y desprecio por sus orígenes no tan europeos. El léxico judío latinoamericano define así este término:
“palabra degradante para shamis y halebis; alguien prepotente (MEX)”; frases ejemplares: “Es muy shajato gritar así al mesero”; Etimología: del árabe: “sandalia o chancla que llevaban los hombres en el mercado”.
 Como el término naco (ver artículo), este término combina de manera aviesa una designación relativa al origen, o “raza”, de una persona o grupo, con un defecto de carácter, la prepotencia. Por ello mis amigos que lo empleaban con un tono claramente despectivo, argumentaban, como quienes defienden el primer término, que no se referían a personas de cierta proveniencia sino a una “forma de ser”. Durante años pensé que esta clasificación era universal, pero colegas de otras latitudes me han aclarado que es endémica de la comunidad de nuestro país. Otra cereza en nuestro pastel tricolor de discriminaciones y prejuicios.

Kapitalismo

(Me atengo a los usos de Horizontal, y a la tradición de Eduardo del Río.)
Comienzo con la increíble y triste historia de la güerita limosnera. En octubre de 2012 un conductor de Guadalajara encontró en una esquina de esa ciudad a una niña rubia y de ojos claros que mendigaba entre otros chiquillos y adultos de piel más morena. Esto le produjo tal sorpresa que dedujo de inmediato que la güerita debía haber sido víctima de un secuestro. Sin vacilar, le tomó una foto con su celular y acudió a la policía para denunciar el presunto delito. Cuando las autoridades le informaron que solo podían atender una queja de los parientes de la menor, el preocupado automovilista “posteó” la foto en su página de Facebook para intentar localizar a la familia de la niña. En el texto explicaba su recelo de que ella fuera rubia y sus “papás” (así, entre comillas) fueran morenos y su sospecha o más bien certeza de que había sido “secuestrada, trasquilada y quién sabe qué otras cosas”. En un fin de semana la imagen se “viralizó”, siendo compartida más de sesenta mil veces. Otra mujer aventuró: “si lo pueden ver con lupa la niña se ve que tiene poco de haber sido raptada ya que su vestimenta y su apariencia es de una niña nutrida y de casa”. Según este razonamiento la evidencia misma de que la niña era bien atendida por sus familiares confirmaba que había sido víctima de un secuestro.
Orillados por esta pequeña tormenta en las redes sociales, las autoridades de la ciudad detuvieron a la “güerita” y a sus hermano, a su mamá y a su tía. La madre explicó que la niña tenía el cabello claro porque su padre era un turista de Estados Unidos y exhibió el acta de nacimiento que acreditaba legalmente su maternidad de sus dos hijos. Pese a ello, el DIF separó a la familia. Ni siquiera las pruebas forzosas de ADN que confirmaron la filiación fueron suficientes para que regresaran a los niños a la custodia legal de su madre. A esas alturas las autoridades argüían que ella era negligente porque los obligaba a pedir limosna; consideración que, sin embargo, no las ha conducido a detener a todos los padres de niños pordioseros la ciudad de Guadalajara. Solo al cabo de nueve meses de separación forzosa y arbitraria, la madre pudo recuperar la custodia de su hija.
Esta lamentable anécdota nos confirma lo que todos sabemos: en México la pobreza tiene piel morena. Los automovilistas que cada día pasan con naturalidad o indiferencia frente a decenas, si no es que centenares, de niños limosneros de piel morena y cabello oscuro, estallaron en una tormenta de preocupaciones al encontrar a una “güerita” en esa triste condición. Las historias de secuestro y abuso que tejieron para explicar tal imposibilidad dicen mucho también de la visión que tienen del sector más marginado de nuestra sociedad: no solo son pobres y prietos, sino también criminales y abusadores.
La racialización de la desigualdad económica de nuestro kapitalismo es confirmada por un estudio sociológico de Andrés Villarreal de 2010. El profesor de la Universidad de Maryland aprovechó la encuesta nacional de electores realizada por el IFE en 2005 para cruzar la información sobre su condición socioeconómica con el color de piel de los encuestados. La muestra es suficientemente amplia y representativa para darnos un panorama confiable de la sociedad mexicana, y los hallazgos de Villarreal son contundentes:
1) La distinción de los encuestados por su color de piel (20% fueron definidos como blancos, 50% como morenos claros y 30% como morenos oscuros) fue consistente a lo largo de las etapas de la encuesta. Esto confirma que los mexicanos estamos acostumbrados a clasificar a las personas por su aspecto físico. Significativamente, la distinción entre personas con piel blanca y morena es más consistente y tajante que la que existe entre personas con piel morena clara y morena oscura.
2) Hay una clara correlación clara entre el color de piel y el nivel educativo: las personas con piel morena clara tienen 30% menos probabilidad, según el estudio, de tener educación superior que las de piel blanca; las de piel morena oscura tienen 58% menos probabilidad.
3) Las mismas diferencias por color de piel se encuentran en el trabajo. 91% de los trabajadores manuales tienen piel morena (clara u obscura) y solo el 9% tienen piel blanca. En contraste, 28% de los profesionistas tienen la piel blanca. En la categoría más alta, personas que son dueñas de un negocio con más de 10 empleados, la muestra casi no encontró a personas con piel morena oscura, mientras que el 45% tenían la piel blanca.
4) También la pobreza y la riqueza se reparten de manera diferente por el color de piel. Las personas de piel morena oscura tienen 51% menos de probabilidad de ser ricas que las personas de piel blanca. Sin embargo, Villarreal no encontró evidencias de que las personas con piel morena en su conjunto (80% de la población) tengan más probabilidades de ser pobres, si tomamos en cuenta otros factores como su nivel educativo y su ocupación. Esto lo llevó a concluir que si bien las personas de piel más oscura pueden escapar de la pobreza (por medio de la educación y el avance profesional), tienen menos posibilidades de ser aceptados en los círculos más ricos de la sociedad. En otras palabras, la discriminación practicada por los grupos privilegiados del país puede ser un obstáculo al ascenso social de las personas con piel morena (ver Whiteness/Blancura).
5) El estudio de Villarreal sugiere que la diferencia de nivel socioeconómico entre personas con piel más blanca y más morena tiene como factor principal, pero no único, la diferencia en su acceso a la educación, es decir, a un servicio público. En este caso (como en el de Ayotzinapa, a mi juicio) podemos afirmar entonces que sí “Fue el Estado”: pues es él quien discrimina de manera generalizada a las personas más pobres (que tienen en general la piel más oscura) limitando su acceso a la educación y otros servicios de calidad. Tal vez nuestro Estado no sea estructuralmente racista, pero la única defensa que le queda es que es irremediablemente inepto (aunque las declaraciones, por ejemplo, que hizo Rosario Robles, antes encargada de los programas sociales del país, sobre las familias indígenas con más de tres hijos sí rayan en el terreno del racismo abierto).
6) Las conclusiones de Villarreal merecen ser citadas:
Las diferencias en la condición socioeconómica entre los mexicanos con diferente color de piel son realmente grandes […] comparables a las que existen entre los africanoamericanos y los blancos en Estados Unidos.
Volviendo a nuestra increíble y triste historia: el automovilista que desató el escándalo que condujo al brutal atropello de los derechos de la niña limosnera y de su familia negó en todo momento haber sido impulsado por el racismo. No tengo ninguna razón para dudarlo. Después de todo el hecho de que la pobreza en nuestro país tenga la piel morena no es un asunto de prejuicios privados, ni de sesgos cognitivos de personas resentidas, sino es una realidad social innegable, producto de siglos y décadas de desigualdades y explotación, perpetuada por prácticas discriminatorias, acentuada por políticas públicas fallidas. Reconocer esto debería hacer dudar a quienes disculpan nuestro racismo alegando que no es tan grave como el de Estados Unidos o Sudáfrica (ver U de Universal).
http://horizontal.mx/alfabeto-mexicano-racista-iv/#sthash.0utm6REb.dpuf

Alfabeto racista mexicano (III)

La homogeneidad racial es la fantasía de una élite, un discurso, contra la pluralidad social, política y cultural que nunca ha dejado de existir, cuyo propósito es fijar una imagen única de los mexicanos.

| Diccionario Racismo



F de Federico

El día en que nací, una tía acomedida felicitó a mi madre con las siguientes palabras: “Por suerte no salió tan morenito”. La pulla me colocó de lleno en la dolorosa historia de la escala cromática de mi familia (ver Colores).
En efecto, mi mamá era la “More” de su casa, y ese cariñoso epíteto racial la colocaba por debajo en la escala de belleza y orgullo familiar de sus hermanas las “güeras”. El cabello de la More era “malo” (un término que se aplica en todo nuestro continente a las conformaciones capilares que no se ajustan al ideal lacio y claro de la blancura), lo que justificó brutales ataques a su dignidad personal por parte de un tío, quien la hizo rapar contra su voluntad en una peluquería de varones al menos en dos ocasiones. Por cruel ironía, ella había sido bautizada con el nombre del pariente agresor.
Escuchar estas y otras anécdotas de la discriminación racial de que fue víctima mi madre cuando no podía ni sabía defenderse, y constatar las profundas heridas que dejaron en la imagen que tenía de sí misma, me hizo crecer con la convicción de que México era y es un país brutalmente racista, y que esta violencia, como tantas otras formas de agresión, se ejerce de manera particularmente cruel entre parientes y amigos. Tal vez su caso fue extremo, pero estoy seguro que no tiene nada de excepcional en el México de mediados del siglo XX, ni en el actual.
Recuerdo que cuando tenía seis años un fotógrafo de fiesta se negó a tomarme una instantánea al lado de mis primos “güeros”, argumentando que yo no era suficientemente bonito. Pero, sobre todo, quedó marcada en mi memoria la airada y dolorida reacción de mi madre. Ella seguramente trataba de protegerme del tipo de desprecio que había sufrido, pero sólo consiguió que todo el incidente me resultara más humillante.
Esa convicción se comprobó cuando mis amigos de adolescencia, alumnos de escuelas progresistas e ilustradas del sur de la Ciudad de México, me bautizaron con una serie de apodos racistas, aludiendo a mi parecido a personajes indígenas del cine nacional y a ciertos monolitos prehispánicos, combinados, como debía de ser en nuestro régimen multidiscriminatorio (ver Discriminación), con el uso del femenino que ponía en duda mi hombría. Debo señalar que todos practicábamos las burlas más diversas a nuestros amigos por ser gorditos, narigones, tener muchos barros, o por sus supuestas preferencias sexuales, o cualquier otro rasgo que los diferenciara. Algunos de esos amigos, sin embargo, también utilizaban la palabra “indio” como un insulto, lo que implica que la dimensión racial tenía un peso particular en su imaginario, o más bien en la total falta de imaginación con que regurgitaban los prejuicios del medio, pese a la educación marxista y activa que recibían. Todavía recuerdo la vehemencia con que uno de ellos argumentaba que “indio” sí era un insulto legítimo, pues había aborígenes muy primitivos; lo mismo que “maricón” porque los “putos”… (no pienso repetir aquí sus argumentos homófobos).
No pretendo afirmar que estas discriminaciones hayan pasado nunca de la humillación personal. Mi madre pudo estudiar y desempeñarse con gran éxito en la profesión que eligió. A lo largo de mi vida, mi condición de miembro de la clase media me ha abierto mucho más puertas de las que me pudo haber cerrado mi color de piel “no tan morenito”. Después de todo, en la década de 1980 y 1990, como decía un amigo de entonces, había dos cosas absolutamente fáciles para los jóvenes clasemedieros con un mínimo de educación (aunque quizá no tanto para las mujeres, pero eso no era algo que nos preocupara entonces): publicar nuestros textos en revistas literarias y fumar mariguana.
Hablando de puertas, sin embargo, hasta hace pocos años, cada vez que me ponía huaraches, los guardias que vigilan los edificios privados me examinaban de pies a cabeza con insolencia y me preguntaban con tono insultante por qué motivo me atrevía a penetrar en las ciudadelas de privilegio que les tocaba custodiar. Sospecho que mis amigos más “güeritos” no eran tratados con el mismo desprecio, aun cuando vestían las mismas ropas informales, pero no he realizado el experimento social correspondiente. Tampoco sé si la cosa sigue siendo así, porque, la verdad, dejé de ponerme huaraches. Como tantos otros morenos y “no tan morenos” mexicanos preferí gastar un poco más en zapatos y ahorrarme las humillaciones. Sin embargo, en la R de Respeto discutiré varias encuestas que demuestran que en nuestro país la confianza, la respetabilidad y la honestidad se asocian más fácilmente con personas de tez clara.
En suma, estas historias de racismo familiar y amistoso no han tenido consecuencias políticas o sociales, no son la base de un régimen de apartheid ni han derivado en linchamientos. Tal vez algunos podrían argumentar que no son como el racismo gringo o sudafricano que tanto nos gusta invocar a los mexicanos para exculpar nuestras prácticas discriminatorias.
A mí, estas experiencias me han vuelto muy susceptible a cualquier forma de discriminación; un poco paranoico, incluso; excesivamente suspicaz de nuestras formas de burlarnos de los otros, de definir quién es bello y quién no. Tal vez sea por estos complejos personales que defiendo la corrección política que les gusta denostar socarronamente a tantos de nuestros intelectuales. O tal vez sea porque no puedo olvidar que a lo largo de su vida mi madre nunca dejó de sentir el dolor que le provocó la brutalidad de su tío y las distinciones cromáticas de su familia.

G de Güero

“Cómprele, güero.”
“Caite para los chescos, güerito.”
“¿Cómo nos arreglamos, güera?”
Estas invitaciones y sus infinitas variantes se repiten todos los días en mercados y calles, en paraderos y puestos de la Ciudad de México y de tantas otras ciudades del país. No importa que el “güero” invitado a comprar una baratija, a pagar un servicio informal, o a dar una mordida, tenga la piel morena y el cabello oscuro. En nuestras interacciones cotidianas el “güero” es el cliente, el que tiene “la lana”, quien ocupa una posición más elevada en la jerarquía social. En ese sentido el término social no siempre corresponde al color de piel y de cabello al que alude, pero la correspondencia es tan frecuente como para que no pierda su exactitud racial.
Debido a su asociación con el privilegio y con el estatus “superior” de la blancura (ver Colores Whiteness/Blancura), “güero” suele ser un término adulatorio. Ser “güero” es Aspiracional, es “chido”, por eso tantas personas añaden el calificativo a su nombre. El término se utiliza para halagar a alguien y así convencerlo de que pague, seducirla para que preste, chantajearlo para que se moche.
En otras ocasiones, sin embargo, cuando el adjetivo es acompañado por una actitud amenazante o por el despliegue de un arma, llamar a alguien “güero” o peor “güerita”, puede ser mucho más ominoso: la advertencia de que se ha convertido en blanco de violencia.
El diminutivo “güerita” coloca a las mujeres de piel más blanca y de clase social más alta en una posición que es a la vez de superioridad, frecuentemente inalcanzable, y de vulnerabilidad, con frecuencia extrema. En el mundo social mexicano, las güeritas habitan las pantallas de la tele y se exhiben en los espectaculares de la calle, se pasean en los espacios de privilegio y ahí se convierten en imposibles objetos de deseo para buena parte de la población. Sin embargo cuando se suben al metro o incursionan en espacios no tan “reservados” (que por otro lado les pertenecen plenamente) corren el riesgo de convertirse en víctimas de acoso y agresión sexual. Tras nuestra implacable violencia contra las mujeres, además de los complejos machistas y de las prácticas patriarcales, de la impunidad legal y de la complicidad vergonzante de tantos varones, se agazapa también este fantasma racial y de clase: la distinción brutal entre la élite bonita y la mayoría que no lo es, la arrogancia de la primera transformada en resentimiento de la segunda. Ésta no pretende ser ningún tipo de justificación, simplemente una radiografía de nuestras escisiones fenotípicas y sociales.
Por eso podemos decir que lo que da la fuerza social al término “güero” es la distinción que confirma, la manera en que nos recuerda en que hay mexicanos que lo son y otros que no.
Claro que existen los “güeros de rancho”. Esta expresión es el equivalente nacional de la brutal categoría de white trash (basura blanca) con que se desprecia en Estados Unidos a los blancos pobres, una clase baja que no tienen ni siquiera el encanto multicultural de la diferencia racial. Sin embargo, su carácter paradójico también comprueba que los rubios pobres son considerados excepcionales en nuestro país, y en su honor nos encanta tejer leyendas de prolíficos invasores franceses y de curas poco célibes.
(En el artículo de K de Kapitalismo discutiremos los colores de piel que asume la desigualdad económica en México, y la increíble y triste historia de la niña güera que pedía limosna en Guadalajara.)

H de Homogeneidad racial

A fines del siglo XIX los varones educados, adinerados, serios e inteligentes que tenían que tomar esas determinaciones decidieron que si México quería participar en el “concierto de las naciones civilizadas” como las potencias de Europa y de América del Norte, y también como el emergente imperio japonés, debía aspirar a alcanzar la homogeneidad racial que los caracterizaba. Según las palabras de nuestros políticos e intelectuales, y de acuerdo con las acciones de los regímenes porfirista y revolucionario a lo largo de más de cien años, homogeneizar racialmente a México en una nación mestiza era indispensable para que pudiéramos progresar.
Según dice el lugar común de nuestra historia, y celebran muchos intelectuales, esta ansiada homogeneización del pueblo mexicano se ha logrado de manera exitosa por medio del mestizaje. Sin embargo, esto no es más que una ilusión o, peor, una mentira.
No pretendo negar que el México de 1970 era significativamente más uniforme que lo que era la nación de 1850, aunque en los últimos 50 años se ha vuelto nuevamente diverso. Pero esta gran confluencia no tuvo casi ningún componente biológico o racial efectivo. Ni en ese siglo (ni antes en la historia de México) se juntaron grandes números de mujeres indígenas y hombres europeos y tuvieron hijos racialmente mestizos. La mezcla racial es una leyenda de la historia nacionalista y una ideología de poder en nuestra sociedad, no una verdad histórica (ver Mestizaje).
La unificación de México entre 1880 y 1970 no fue racial. Se logró en primer lugar por medio del idioma. La educación y la administración pública, así como los medios de comunicación, atacaron de manera sistemática a las lenguas indígenas que hablaba la mayoría de la población e impusieron sin cortapisas el español como la única lengua del país (ver Español, lengua nacional). También se logró por medio de la generalización de la ideología liberal entre la población y de las ideas de ciudadanía individual y de progreso económico que la sustentaban. Otro componente fue el guadalupanismo católico.
La gran unificación fue producto, sobre todo, del desarrollo del capitalismo: de la industrialización urbana y del crecimiento de las haciendas y minas en el campo, de las grandes migraciones que produjo la modernización. También fue resultado de las guerras extranjeras, civiles y revolucionarias que hicieron moverse y transformaron a la población.
Sin embargo, la unificación de la lengua, la política, la religión y la economía mexicanas no produjeron nunca, y menos ahora en el siglo XXI, una sociedad realmente homogénea, ni en lo racial, ni en lo lingüístico, ni en lo cultural. El número de mexicanos que hablan una lengua materna distinta al español crece cada día. Igualmente conviven en México muchas maneras diferentes de concebir la política y la participación ciudadana más allá del individualismo y de los partidos políticos. Además nuestro territorio está poblado con una amplia gama de grupos sociales (“indígenas” y “mestizos”) que han encontrado maneras de crear y de defender ámbitos económicos y sociales que escapan a las leyes de la ganancia y la acumulación capitalista. La milagrosa supervivencia de la milpa de autosubsistencia, pese a los ataques incesantes de las reformas neoliberales de los últimos 20 años, es un ejemplo de ello.
El problema con el proyecto de la homogeneización racial mestiza no es que haya fracasado: en realidad nuestras élites nunca quisieron construir una nación de iguales, sino reproducir las diferencias que garantizaban su poder, y modernizar a la mayoría indígena de la población para apropiarse de sus tierras y convertirla en una masa manejable de trabajadores del campo y la ciudad.
El problema es que sigue vivo. A nombre de las supuestas ventajas de la homogeneidad se niegan derechos a los indígenas y también a las mujeres, a las minorías sexuales, a las diferentes religiones, a todos aquellos que no correspondan a los ideales patriarcales y excluyentes de la élite. Los defensores de la homogeneidad no se cansan de buscar y denostar las diferencias condenables que siguen existiendo en México. A nombre de la falsa homogeneidad mestiza y de la pureza democrática, los intelectuales no dejan de despreciar y descalificar las formas de hacer política de la mayoría de la población como clientelares y corporativas (como mostraron en Horizontal Alejandra Leal y Antonio Álvarez Prieto). Cuando en 2006 el politólogo Carlos Elizondo afirmó que en México existen dos “repúblicas” contrapuestas, una moderna, individualista, democrática, eficientemente capitalista y obediente de la ley y la otra atrasada, corporativa, clientelista, aferrada a la economía informal y fuera de la legalidad, no proponía un pacto entre dos formas distintas de ser mexicano, sino clamaba por la eliminación de la república que consideraba inferior. Ya hemos visto la retórica racista que llegan a adoptar en nuestro país los discursos modernizadores que preconizan la necesaria desaparición de grupos y prácticas “caducos”, es decir que son diferentes a los que los intelectuales pretenden tener.
En suma la homogeneidad racial (y cultural) mexicana es una fantasía de una élite ilustrada, y de unos gobiernos autoritarios, que quieren decidir cómo deben ser todos los mexicanos y que transforman la pluralidad y las diferencias sociales, políticas y culturales que nunca han dejado de existir en nuestro país en defectos y en amenazas. Es una forma de intolerancia que se disfraza de modernidad.
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