jueves, 15 de septiembre de 2011

Racismo en México: una deuda histórica (más)

Por Ismael Flores

Hoy se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial; efeméride que la celebraran en su pueblo, porque en México no somos racistas. Al contrario, nos rasgamos las vestiduras y agitamos el puño en el aire por el maltrato del que son víctimas nuestros connacionales en los países del primer mundo. Racistas los ingleses —decimos—, que nos pintan como sombrerudos flatulentos; los gringos que, literalmente, cazan a quien parezca mexicano (sea o no ilegal); los españoles que, sin más ni más, te detienen por ser un presunto terrorista, (cuando realidad estudias tu doctorado).


Sí, racistas los otros, porque en nuestro país somos a todo dar, una explosión de sonrisas a lo United Colors of Benneton en un pantone donde predomina el café; crisol de culturas, hermanos —insértense aquí unos golpes de pecho y, tal vez, un pacto de sangre— de América Latina. Una nación con raíces, amigos del mundo y… demás frases hechas propias de los videos de propaganda turística que de alguna forma inaudita nos vendan los ojos ante una realidad en exceso desagradable: en México no toleramos —ni mucho menos, consideramos iguales— a las personas de otra raza, sean de ascendencia africana, indígena, asiática o centroamericana. El color de la piel y los rasgos físicos pesan como pocas cosas en nuestro país.


La discriminación racial es una enfermedad que como nación contrajimos dese la cuna. Por mucho que nuestro patrioterismo bicentenario nos impida aceptarlo, mucho de lo que somos —tanto en lo bueno, como en lo malo— se gestó en esa laguna mental de nuestros programas educativos: el periodo colonial. Tras la derrota de los pueblos indígenas y el asentamiento de un gobierno altamente burocrático (cáncer que terminaría hundiendo a la Corona Española), la sociedad novohispana comenzó a formarse alrededor de un complicado sistema de privilegios basados en la ascendencia racial, donde los españoles peninsulares ocupaban el puesto más alto de la pirámide económica y los esclavos importados de África el escalafón más bajo.

Al igual que en el resto de la colonias alrededor del mundo (África, Asia e incluso Norteamérica), la adscripción a determinada raza signaba las posibilidades del individuo dentro de su entorno, de ahí la fuerte necesidad por establecer un “sistema de castas” donde se pudiera catalogar a los individuos a partir del “humano modelo”, es decir, el español peninsular (los nacidos en España). Ellos, al ocupar el peldaño más elevado, podían aspirar a los cargos más altos dentro del gobierno y la jerarquía eclesiástica, mientras que los criollos (españoles nacidos en América), por ser considerados “nativos”, eran designados a puestos más insignificantes. Y de ahí, hacia abajo, las cosas se ponían peores, hasta llegar al nivel de esclavitud.

A pesar de una guerra de Independencia y una posterior Revolución, en México el sistema de castas sigue interiorizado en nuestras mentes. Atengámonos a la definición de “racismo” que publica el CONAPRED, inspirada en los estudios del sociólogo Anthony Guiddens:

Atribución de rasgos de superioridad o inferioridad a una población que comparte ciertas características heredadas físicamente. El racismo es una forma específica de prejuicio que se centra en las variaciones físicas que hay entre los pueblos. Las actitudes racistas se vieron fortalecidas durante el periodo de expansión colonial de Occidente, pero parece que también subyacen a los mecanismos de prejuicio y discriminación que se dan en muchos contextos de las sociedades humanas

En nuestra cultura el tono de piel claro es asociado a un estatus económico alto, mientras que las tonalidades oscuras son referidas a un nivel bajo. El estereotipo de belleza dominante también gira en torno al estereotipo caucásico: piel rosada, ojos claros, cabellera lacia y rubia como el oro (quien lo dude cuente cuántas cabelleras de peróxido se cruzan en su camino diario; será una cifra elevado, lo prometo). Y aunque muchos digan que es un modelo entrado en desuso, observe con cuidado la televisión y la publicidad: ¿dónde están las morenas?

Y en la práctica —según la última encuesta del CONAPRED— más de la mitad de los mexicanos percibe que las personas son insultadas en la calle por su color de piel, además de que el 23.3% de nuestra población no estaría dispuesta a compartir casa con personas de otra raza. Y aunque en México habitan más de 450 mil personas de ascendencia africana, su participación en la vida del país no es reconocida, al contrario, es invisibilizada, propiciando la violación de sus derechos.

Como en los doce pasos de alcohólicos anónimos, el primer paso es reconocer que hay un problema. Cuando dejemos de hacer la aclaración (ridícula) de moreno CLARO, logremos reconocer las diferencias entre un nahua y un mazateco en vez de dedicarles un genérico “indios”, cuando el sudamericano querido y peleado deje de ser la argentina o el chileno “porque son güeros” y el descendiente de africanos sea para el común de la población alguien que no se llama Memín Penguín o se apellide “Sandía”, entonces y sólo entonces estaremos un paso adelante en la construcción de una nación más equitativa y comenzaremos a sanar y saldar heridas y deudas históricas.