sábado, 17 de enero de 2009

Afrooaxaqueños, la etnia olvidada: Vladimir Campos Gallardo (14:30 h)

Vladimir CAMPOS GALLARDO


Resulta difícil comprender que puedan existir origines africanos dentro de la cultura mexicana, podría incluso parecernos sorprendente la afirmación de John M. Lipski en el sentido de que la población de hasta vísperas de la independencia y en algunas ciudades (por ejemplo Acapulco, Mazatlán y Veracruz) la población negra era mayoritaria. Ya en el siglo XVI la población africana en México era considerable y para finales del XVIII adquiría proporciones significativas en casi todo el país. Además de las importantes poblaciones africanas y afrodescendientes en las principales ciudades mexicanas la colonia contaba con las inevitables comunidades de cimarrones, algunas de las cuales han sobrevivido hasta la actualidad: Yanga, Mandinga, Cuajinicuilapa, aunque con poca presencia afromestiza. Las restantes comunidades afromexicanas se ubican en áreas geográficas poco visitadas en comparación con los grandes focos turísticos; se encuentran sobre todo en la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero y también en el interior del estado de Veracruz.

Sin duda desconocemos totalmente que haya un legado africano dentro de nuestra historia, sin embargo debemos comprender que si existe y que incluso llegamos al extremo de negarles sus raíces y mas aún su identidad. En la actualidad como anteriormente lo hemos mencionado existen una serie de comunidades afromexicanas a los largo de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, que incluso hablan un “español inintelegible, que surge precisamente porque estaban aisladas del país. Al decir de estudiosos en la materia no es un lenguaje “inintelegible”, sino que reflejan las huellas lingüísticas del aislamiento y el abandono socio cultural. En general los rasgos lingüísticos pertenecen al macrodialecto “costeño”, entendiendo esto último como el conjunto de dialectos de una región, que incluye no sólo la costa del Caribe sino también la costa del Pacífico, desde Baja California Sur pasando por Acapulco hasta llegar a la Costa Chica de Oaxaca.

Los estudiosos de la cuestión indígena en México han dejado en lo oscuro una presencia, la de los negros, los esclavos africanos y sus descendientes. Los esclavos africanos traídos como fuerza de trabajo estuvieron presentes en cualquier lugar donde hubo actividad económica, sean minas, haciendas, trapiches, obrajes, etc.; es decir, en todo el país. “El hombre de mezcla fue, en gran parte, producto del ayuntamiento del español con la india, del negro con la india y, secundariamente, del español con la negra…” Las uniones de español y negro con india no contaron, en la mayoría de las ocasiones, con la sanción social ni con el respaldo legal. En tales condiciones los padres carecían de derechos, obligaciones y lealtades para con los hijos y, por tanto, no se hallaban compelidos por la sociedad ni por la ley a reconocerlos y ponerlos bajo su guarda y protección. La india quedó a cargo del producto de mezcla, de su crianza, socialización y endoculturación”. Frecuentemente, los afrodescendientes, entre otros hombres de mezcla, fueron absorbidos y se asimilaron a los grupos indígenas; el proceso de integración fue tan completo que muchas veces les correspondió conservar los patrones culturales nativos. Uno de los factores que facilitaron esta integración fue la similitud entre las cosmovisiones africanas y las americanas. En la actualidad, la presencia de los afrodescendientes entre los indígenas puede observarse en muchas manifestaciones culturales: danzas de negritos, Cristos negros como objetos de culto, jaripeos, música, etc. En La Zandunga se escucha “Zandunga, tú eres tehuana, / negra de mi corazón”; El Feo (frecuentemente cantada en zapoteco) dice por ahí: “Si alguien habla de mí en tu presencia / dile que yo soy tu negro santo”; y Tehuantepec recurre a la “música de una marimba maderas que cantan con voz de mujer”, la marimba instrumento de origen africano. En estas tres canciones identificadas como auténticamente indígenas están las huellas de la negritud. Curiosamente, la legislación oaxaqueña alude a las comunidades afromexicanas, considerando a los afrooaxaqueños como una etnia.

Muchos de los pueblos de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca –de los municipios de San Marcos, Las Vigas, Cruz Grande, Copala, Marquelia, Juchitán, Azoyú, Igualapa, Ometepec y Cuajinicuilapa, en Guerrero; y de los distritos de Jamiltepec y Juquila y del municipio de San Pedro Tututepec, en Oaxaca–, comparten en la actualidad rasgos distintivos, tanto idiomáticos como culturales, que son percibidos como propios y se podrían resumir en el ser costeño. Comparten, además, fenómenos históricos y sociales comunes, siendo el mestizaje entre indígenas americanos, africanos y europeos uno de los fundamentales. Estas características comunes convierten a sus individuos en una etnia, cuya denominación más aproximada es la de Costa Chica.

Todos los grupos humanos –aun aquellos denominados “razas”– son móviles, sujetos cambiantes, en los cuales la migración, el mestizaje, el intercambio y los enfrentamientos son inherentes a sus formas de organización. En el caso de la Costa Chica, las poblaciones indígenas prehispánicas locales –mixtecas, zapotecas, acatecas, cuahuitecas, ayacachtecas, amuzgos, huehuetecas, cintecas, nahuas, tuztecas y yopes– entraron en contacto con los castellanos alrededor de 1521. En su búsqueda de oro, los conquistadores recorrieron todo el territorio nacional, asentándose en San Luis de la Costa –hoy Acatlán– en 1522. Se sabe que con éstos venían esclavos negros africanos. Durante el proceso de colonización, convencidos ya los españoles de la necesidad de hacer producir la tierra y, por lo mismo, de quedarse a vivir en la Nueva España, introdujeron esclavos negros africanos para servir de capataces de los americanos y, más tarde, como mano de obra; según Aguirre Beltrán, “Los negros introducidos al país procedían principalmente de dos grandes grupos raciales, sudaneses y bantús”.

La Costa Chica es un extenso corredor que en su porción mas septentrional nace en Acapulco, Guerrero y corre en dirección sureste hasta Huatulco, Oaxaca, presenta cierta homogeneidad en términos geográficos, pues son comunes para toda el área los paisajes de lomeríos suaves, sabanas, planicies costeras, pié de monte y sierra. Los perfiles altitudinales de transectos a lo ancho de la región comparten estas condiciones fisiográficas para cada uno aunque varíen en forma; pero dicha homogeneidad se derrumba en el terrero de las relaciones sociales, pues hablando de la porción oaxaqueña existen algunas formaciones o complejos culturales interactuando en diversos grados de proximidad geográfica y cultural: tales son los grupos Amuzgo, Mixteco, Afromestizo, Tacuate, Chatino, Zapoteco y Mestizo. Desgraciadamente el grupo etnolingüístico Mexicano de Pochutla, asentado en el corredor Huatulco-Pochutla-Tonameca desapareció a principios del siglo XX y junto con sus últimos hablantes, toda la tradición oral que pudiera servirnos para reconstruir la relación entre el hombre chichimeca y sus formas de relación con el medio y vida marítimas. Podemos ubicar aquí dos subregiones, una denominada Mixteca de La Costa y la otra, su vecina, la Zona Negra como se le llama, ambas dentro de los Distritos de Jamiltepec, y parte de Juquila, Oaxaca. La primera es caracterizada por su población indígena, con fuerte pendiente civilizatoria mesoamericana que implican su relación cercana con la tierra y el maíz; y la segunda por agregados de población negra, introducidos en la región durante el siglo XVI como esclavos o capataces de las haciendas estancieras.

Como hemos podido apreciar a lo largo de nuestra historia existe una influencia digna de considerar de la raza negra, su fenotipo es inconfundible, aunque no aparecen como tales en los censos, documentos oficiales, libros de enseñanza básica, ni forman parte de la conciencia colectiva. A diferencia de los indígenas (quienes a pesar de la discriminación y el racismo que padecen, existen y son reconocidos como una de las raíces de lo mexicano), los descendientes de africanos que llegaron, nacieron y se mezclaron con europeos y americanos, son completamente invisibles.

"Vivimos en una sociedad pigmentocrática", dice por su parte Sagrario Cruz-Carretero, antropóloga de la Universidad Veracruzana quien se identifica como parte de una población negra, que, según sus palabras, enfrenta el "estigma" de ser negra y a veces ni siquiera estar consciente de ello.

De acuerdo con datos estadísticos, menos de 2 por ciento de la población mexicana tendría origen africano, muchos mexicanos parecen ignorar de hecho que haya personas de origen africano en el país y con frecuencia los tratan como si fueran "indocumentados centroamericanos" y los someten a experiencias "humillantes". Atacamos sus prácticas culturales y espirituales, su patrimonio cultural e intelectual e ignoramos su historia; parece que en nuestro estado no existieran, volteemos y analicemos. Ellos también son Oaxaca.

http://www.adnsureste.info/index.php?news=8879