lunes, 29 de octubre de 2007

Historias del racismo a la mexicana

Masiosare 413 ° SABADO 19 DE NOVIEMBRE DE 2005

Monumento al racismo



Ilustración: Maricruz Gallut

Cuando visité por primera vez San Cristóbal de las Casas, Chiapas, me llamó la atención una piedra tallada con la figura de un indio en la esquina de un edificio colonial. Pensé que se trataba de un homenaje a algún personaje histórico.

Cuando pregunté a un taxista sobre aquel monolito empotrado en la pared me respondió con ironía: "Es una piedra vieja que se labró para mostrarles a los indios cómo debían vestir para poder entrar a la ciudad real. Si no respetaban esa ley, los azotaban y encerraban en la cárcel. Ahora entran como quieren, pero no pueden andar por las banquetas, deben ir por la calle porque son como animales. Es para que no se les olvide que no son como nosotros, gente de razón".

Miré a los indios que se aventuraban por las calles de la ciudad, andaban casi siempre descalzos, se movían rápido, como sombras.

Más tarde vi como una mujer chamula vestida con una típica falda de lana negra y blusa azul caminaba descalza por una acera en el centro de la ciudad colonial. Iba distraída hablándole en su lengua a su hijo que cargaba con un rebozo en la espalda.

Un comerciante coleto salió agitado de su negocio y le dio alcance. "Pinche india mugrosa ­le gritó­, vete de aquí, hueles a animal, ustedes no saben bañarse, no lavan su ropa, están llenos de piojos. Vete a tu pueblo, aquí nomás afeas nuestra ciudad. Ya saben que no pueden andar acá. ¡Andale, lárgate pinche mula!", le espetó al tiempo que le dio un empujón para bajarla a la calle.

La pequeña mujer cayó al suelo entre las carcajadas del hombre alto de cinturón piteado y botas, con aspecto de ganadero. Trastabillando se alejó sin decir una palabra, humillada y vejada, como era costumbre en esa ciudad. Eso era normal.

Años después, volví a ver aquella piedra tallada. Sentí escalofríos al recordar aquella escena. Me llamó la atención que la ciudad se había poblado de indios que caminaban por las banquetas a pesar del temor y la desconfianza que mostraban al pasar frente a los comercios.

En el zócalo algunas indígenas, con timidez, ofrecían a los turistas muñequitas y magníficos bordados. Al poco tiempo, aparecieron unos policías municipales, morenos y de rasgos como ellas, que las perseguían para decomisarles sus escasas mercancías. Supe que no tenían permiso para vender artesanías en la ciudad, salvo en el atrio de la iglesia de Santo Domingo, donde la diócesis de Samuel Ruiz les permitía hacerlo. Los indígenas estaban obligados a malbaratar su trabajo a los comerciantes del lugar, que las vendían a precios exorbitantes a los turistas. La sanción por infringir esa regla la pagaban con la cárcel durante varios días.

Un día, las vendedoras indígenas se organizaron para enfrentar y desafiar al ayuntamiento, gobernado por un "auténtico coleto", como se autoidentifican las familias mestizas que se dicen descendientes del fundador de San Cristóbal, Diego de Mazariegos. Por esas fechas, 1992, el monumento del conquistador fue derribado durante una manifestación indígena. Este hecho anunciaba lo que venía: el levantamiento zapatista y la recuperación de la dignidad de los indios, que hoy se han apoderado de la otrora ciudad colonial. Si bien el desprecio de los caxlanes (mestizos) continúa, los indígenas ya no se dejan maltratar y se muestran orgullosos de lo que son.

La piedra del indio mudo sigue ahí, como parte de un monumento colonial, cuya historia hoy tadavía se recuerda con vergüenza.

(Jesús Ramírez Cuevas)



En un lugar de la Mancha...

Lupita es una joven morena, bajita, rolliza. De familia oaxaqueña, tiene una forma coloquial de hablar "cantado", típica de los barrios periféricos de la ciudad de México.


Ilustración: Cintia Bolio

Hace tres años entró a trabajar como auxiliar de contaduría en el restaurante "Un Lugar de la Mancha", en Polanco, lugar al que son asiduos políticos y periodistas.

Su trabajo se desarrolla en el sótano del espacioso lugar, una casona de dos pisos ubicada en la calle de Esopo (enfrente de la embajada cubana) que tiene librería y salones para eventos. Ahí, en el área administrativa, transcurren sus jornadas laborales sin contacto con los clientes.

El pasado mes de abril, Lupita tuvo la mala fortuna de subir al restaurante en el momento equivocado. Al pasar por la librería, se detuvo a atender a un cliente que le solicitó información sobre un libro, justo en el momento cuando llegaba la dueña del lugar.

Lilí Dayán, cincuentona, blanca, y de origen judío, es una mujer que gusta de los lujos. Ha impuesto la costumbre, por ejemplo, de que los trabajadores formen una valla para recibirla cuando llega. "Como si fuera miembro de la realeza", cuenta un ex empleado de la librería.

Ese día, la mujer enfureció al ver a Lupita atendiendo a los clientes. Cuidando poco las formas, le dijo a su empleada que no debería estar ahí, que su lugar estaba en el sótano y que se fuera "a donde no la vieran". Después se dirigió al encargado de la librería. "Es la última vez que la quiero ver tratando con un cliente. No sabe ni hablar", le dijo.

Lupita, quien terminó llorando en el sótano, sigue trabajando ahí, mientras que algunos de los empleados que atestiguaron la escena (y que narraron esta historia) terminaron por presentar su renuncia.

(Daniela Pastrana)


El cadenero

Viernes por la noche. Era el cumpleaños de Gabriela y habían quedado de festejarlo en el Mambo Café, en Avenida Insurgentes, frente al WTC.

Reticente, Antonia fue. El lugar, una especie de antro para burócratas en busca de desfogue de viernes por la noche con música de Thalía y Rebelde, no era su idea de un buen reventón.

Antonia ­pantalón de mezclilla, playera, nada de maquillaje y despeinada­, llegó como a la una y media de la madrugada, cuando sus amigos ya habían entrado.

Un clásico cadenero, alto, musculoso y vestido de negro, le da la bienvenida:

­Ya está lleno.

­Pero tenemos una reservación. Mis amigos me están esperando adentro.

­Pero ya está lleno. Ya no puedes entrar.

­Al menos déjame entrar a decirles. Me están esperando.

­No.

Antonia le marca a sus amigos. Nadie contesta.

­Nadie oye, ¿cómo quieres que les avise?

­¿Qué?, ¿quieres que le baje? ­pregunta, burlón, don Cadenero.

Llegan dos chavas ­mini falda, ombligueras. El cadenero las deja pasar.

­¿No que estaba lleno? ¿A ellas por qué las dejas entrar y a mí no? ¿Qué tienen ellas que no tenga yo?

Don Cadenero simula no haberla oído y conversa con el que está a su lado.

Ella sigue hablando al aire, hasta que un hombre flaquito, probablemente de la administración del antro, se acerca y disimuladamente la deja entrar. La recibe un nauseabundo hedor a sudor y gritos veinteañeros de "¡y soy rebelde!..."

(Tania Molina Ramírez)



"Una cosa es ser moreno"

Antes de ser derrotado en los comicios de 2001, Alfredo Anaya, aspirante a la gubernatura de Michoacán, se lanzó contra su adversario, Lázaro Cárdenas Batel, con un argumento cargado de racismo, pues la esposa de Cárdenas es cubana... y negra. "Hay un gran sentimiento de que queremos ser gobernados por nuestra propia raza", dijo el candidato.

Por esos días, The New York Times entrevisó a una de las seguidoras del priísta, María del Carmen Díaz, ama de casa de 40 años, quien se hizo eco de las expresiones de su candidato, sin la necesidad de cuidarse como él: "El color de la piel de la señora Coffigny la identifica como una extranjera", sentenció. La reportera Ginger Thompson le preguntó qué significaba eso en una entidad con gran población indígena. La señora Díaz respondió: "Una cosa es ser moreno. La raza negra es algo diferente".



Los mayas según las señoras de Mérida

La negación del otro puede ser extrema. Los mayas peninsulares en Cancún y Mérida "no existen", y cuando se les reconoce son mayitas y nacos. Según mujeres de clase media y alta, habitantes del norte de esta última ciudad, mestizo es un término para designar a los indígenas mayas, quienes pueden ser caracterizados como: "toscos", de "rasgos muy burdos", "superticiosos y cerrados", "carentes de cultura", "salvajes", "gente no civilizada", "atrasada", "de comprensión lenta", "ignorantes", "gente humilde", "sinvergüenzas", "flojos", "acostumbrados a la pobreza". Los estereotipos positivos suelen atribuirse a personas de edad, "de buenos sentimientos" y "muy honrados", posiblemente porque pueden ser menos contestatarios y dispuestos a aceptar condiciones de trabajo desfavorables que los jóvenes rechazan, por lo que se dice que "ya tienen muchos vicios", léase que defienden más sus derechos.

(Alicia Castellanos Guerrero, UAM-Iztapalapa. "Exclusión étnica en ciudades del centro y sureste").



El desprecio a los indios viene de lejos

Refranes que vienen de la Nueva España y otros acuñados en el siglo XIX fueron recopilados por el investigador Herón Pérez Martínez en "La identidad étnica en el refranero mexicano". Aquí una muestra:


Ilustración: Félix León Coronel

• A barbas de indio, navaja de criollo.

• ¡Ay, Chihuahua, cuánto apache, cuánto indio sin huarache!

• Cuando el indio encanece, el español no aparece.

• Está como verdolaga en huerto de indio.

• Indio con puro, ateo seguro.

• Indio, pájaro y conejo, en tu casa, ni aun de viejo.

• Indio que suspira no llega bien a su tierra.

• Indio que mucho te ofrece, indio que nada merece.

• Indio que quiere ser criollo al hoyo.

• Indio que va a la ciudad vuelve criollo a su heredad.

• Indio que fuma puro, ladrón seguro.

• Indios y burros, todos son unos.

• La pujanza del dinero hace al indio barrigón.

• Más seguro, más marrao, dijo el indio.

• No hay que darle la razón al indio aunque la tenga.

• No hay indio que haga tres tareas seguidas.

• No te fies de indio barbón, ni de gachupín lampiño, de mujer que hable como hombre, ni hombre que hable como niño.

• No tiene la culpa el indio, sino que el que lo hace compadre.

• Pa' que sepas lo que es amar a Dios en tierra de indios.

• Para un burro, un indio; para un indio, un fraile.

• Para el caballero, caballo; para el mulato, mula, y para el indio, burro.

• Pareces burro de indios, que hasta los tamales te cargan.

• Pendejos los indios que hasta para miar se encueran.

• Si es indio, ya se murió; si es español ya corrió.

• Tanto dura un indio en un pueblo, hasta que lo hacen alcalde.