lunes, 5 de noviembre de 2007

Minorías invisibles y olvidadas

Julián Sánchez
El Universal
Miércoles 28 de marzo de 2007

EL CIRUELO, Oax.- "Las minorías no tienen posibilidades, pues en toda sociedad son olvidadas y la de México no es la excepción", dice el sacerdote misionero Glyn Jemmott, quien trabaja en esta localidad del municipio de Pinotepa Nacional.

Para él falta mucho para que el afromexicano sea parte del diálogo, ahora se encuentra en la "invisibilidad, es el ausente, e incluso, no figura en el mapa".

Anallely Rodríguez Torres, junto con sus compañeras Anahí Torralba Loredo y Dania Bracamontes Salinas, cuya escuela se compone de dos cuartos y un aula con techo de palma, coinciden en que una vez que terminen sus estudios, uno de los retos no sólo será irse a otro lugar a estudiar o trabajar, sino enfrentarse al rechazo y la discriminación.

"Nos ven mal, cuando llegamos a ir a otro lado se nos quedan viendo, y nos dicen: ´Esa cubanita´ y no nos creen que somos mexicanas, pero sí nacimos en México, aquí, en El Ciruelo", dice Anallely.

Anahí y Dania intentan matizar: "Pero también hay gente que dice que somos guapas, que tenemos buen cuerpo, que somos muy alegres y que bailamos bien".

Reconocen que sus oportunidades son limitadas. Por ello se van a otras ciudades o a Estados Unidos.

"Quisiéramos una mejor escuela, más espacios para que estemos los jóvenes, como una cancha de futbol rápido, una mejor biblioteca y que mejoren los servicios en nuestra comunidad."

Una broma real

En comunidades de Oaxaca, Guerrero y Veracruz, en las que hay afromestizos o afromexicanos, es popular un chiste: "En el día no nos quieren ver y en la noche de plano no nos ven".

Glyn Jemmott recuerda cuando a plena luz del día le hizo la parada a cinco taxis en el DF, sólo el último aceptó que se subiera.

"No quisiera pensar que fue por ser negro, pero realmente, ¿qué pudo haber sido?".

Los niños lo perciben diferente. "Yo estoy contento", dice El Bolillo, un pequeño de cinco años, que rara vez come carne, leche y huevos. Junto con él está cerca de media docena de niños. "Somos la banda del caribeño", dice.

Ser morenos o negros no les parece extraño. "Así somos la mayoría de aquí", dice El Chato, el mayor del grupo que estudia el tercero de primaria.

Para Marisela Juárez, ama de casa con siete hijos, la realidad es otra. "Estamos dejados de la mano de Dios. Nos faltan muchas cosas, es muy difícil darle de comer a mis hijos, comemos maíz, pero luego ni eso", dice en la entrada de su jacal, donde duermen dos puercos y un perro desnutrido.

http://www.el-universal.com.mx/nacion/149706.html